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La
tragedia de la deshumanización tecnológica.
Estudio
sobre el síntoma cibernético desde la Teoría Crítica*
Paula
Lenguita**
Resumen
Para
comprender la especificidad política de la tecnología,
reconstruimos los momentos de crisis y resignificación del
ideal de progreso social. En particular, hallamos en la utopía
cibernética un modelo de control y abstracción del
intercambio, que materializa un orden instrumental de lo social.
Según
la Teoría Crítica, la naturaleza de esa mediación técnica se
vincula con la tragedia de la entreguerra, posibilitando ocultar
en la racionalidad cibernética la irracionalidad de la guerra.
En fin, este trabajo revisa dicha crítica a la emergencia
cibernética, para señalar los supuestos ideológicos que
convalidarán el futuro de la informática.
Palabras
claves: tecnología,
crítica, racionalidad
Introducción
En
este artículo realizamos una reconstrucción del problema de
la mediación técnica, desde las perspectivas que han
determinado su naturaleza. En el enfoque de la Teoría Crítica,
hay una contribución reveladora sobre la emergencia de la utopía
cibernética.
Dicha
utopía se exhibe bajo una proposición por demás audaz.
Mediante el recurso de la analogía, se postula una equivalencia
entre el hombre y la máquina. Se alude a este contenido
artificial con el señalamiento de “aquello que tienen en común”,
según su propia definición. De modo que, la cibernética
reconoce una simetría entre ambos elementos, aparentemente, una
expresión inversamente proporcional a la promovida por Marx
para el caso de la mercancía.
En
el empleo de esta analogía entre el hombre y la máquina (a
partir de la equivalencia entre los circuitos nerviosos y los
circuitos electrónicos) se fundamentan los postulados de
la disciplina cibernética,
y se aprecia su propósito político (afianzar a los siempre
presentes argumentos a favor del progreso tecnológico)
Sobre
esa premisa, que iguala al hombre con la máquina, se apoya un
segundo postulado, tan o más radical que el anterior. Este
derivado produce una abstracción de la información, entendiéndola
tan sólo como una transmisión de datos, y su
consecuencia, una artificialidad de la comunicación.
Otra
artificialidad que supera a la anterior y sin embargo la
contiene: aquí también tanto vale que en los extremos del
intercambio se hallen máquinas o personas. Además llega a
estimular el absurdo cuando afirma que las máquinas puede
“comunicarse entre sí” (esta aseveración ha prosperado más
allá de lo imaginable, como lo demuestra la actualidad de
Internet, en donde se considera a las computadoras dialogando,
sin la intervención humana)
Indudablemente
desde sus orígenes, semejante premisa –indirectamente- no ha
dejado de provocar diagnósticos desalentadores sobre el
progreso, así concebido (entre los cuales, se encuentran los
aportes de la Teoría Crítica) Por tal razón, se verán en los
lineamientos originales del diagnóstico de Frankfurt, venidos
de estos pensadores marxistas, los recursos fundamentales para
actualizar una crítica social sobre la tecnificación
creciente, a la que estamos sometidos.
Concretamente,
ese juicio sobre la racionalidad instrumental, como
categoría determinante del desarrollo humano, tiene que ser
enmarcado de manera correcta. Para luego ser discutido en el
marco de lo que fue el preámbulo de la dominación informática,
en tiempo del nacimiento de la cibernética. En definitiva, un
abordaje sobre el síntoma que descubre la “enfermedad” de
la tecnología, sigue vigente en función de la especificidad
histórica que lo contienen.
El
síntoma cibernético
La
informática debe su emergencia a ciertos postulados radicales
que la antecedieron. En los ideales de la cibernética se hallan
las raíces utópicas de la informática, ideales que no han
claudicado desde su constitución.
La
cibernética es una disciplina dedicada al control de los
intercambios entre organismos vivos, máquinas y organizaciones.
La palabra -que proviene del griego kyberneees
(“timonel” o “gobernador”) fue aplicada por primera vez
en 1948, por el matemático estadounidense Norbert Wiener, quien
anunció los objetivos de tal método de control, en estos términos:
“Toda
la materia referente al control y teoría de la comunicación,
ya sea en la máquina o en el animal” (Wiener, 1988: 41)
Norbert
Wiener nació en 1894 y murió en 1964. Fue consagrado como el
fundador de la cibernética debido a que sistematizó ideas
hasta allí dispersas. Razón por la cual, su interpretación
revela no sólo los márgenes científicos de esta disciplina,
sino los trazos de un ideal de progreso que la contienen, como
estrategia de dominación.
Tal
rumbo fundacional, en la intervención de Wiener, se sintetiza
en una reformulación clave de su sistema de principios.
“La
información es información, ni materia ni energía” (Wiener,
1960: 216)
En
este sentido, la información es concebida de manera abstracta,
como una entidad mensurable y plausible de ser tratada matemáticamente.
En tanto tal es la unidad fundamental de todo proceso de
intercambio. Si bien en el siglo XIX se comenzó a perfilar este
paradigma, entendiendo a la comunicación como algo más que el
transporte de materia (a partir de los desarrollos en los
transportes: ferrocarriles, naves y aeroplanos) el proyecto
cibernético hace materialmente posible el sentido moderno de
“transporte de signos”. De tal modo, la utopía cibernética
configura un salto epistemológico de la comunicación, en tanto
esencia de las cosas, como ha anticipado Philippe Breton
(1995)
El
orden de la cibernética
Volviendo
a Wiener, siendo profesor de matemáticas en el Instituto de
Tecnología de Massachussets, y mientras se dedicaba a la
investigación de técnicas de defensa antiaérea, se interesó
por el cálculo automático y la teoría de la realimentación.
Desde allí, y bajo el amparo de la ley de la termodinámica,
concibió mecanismos de control que contrarrestan los efectos
desequilibrantes de todo intercambio.
El supuesto sobre el cual se erige esta concepción es el
siguiente: en condiciones de variabilidad creciente, todo
intercambio provoca una tendencia natural hacia la desorganización.
Por lo tanto, todos los esfuerzos de Wiener estuvieron en
conferirle orden al caos.
En
tal sentido, la convivencia del mismo objetivo en la Teoría de
los Sistemas y en la cibernética ha promovido la emergencia de
una Teoría de la información (Bertalanffy, 1984), que
desarrolla dicho principio de control sobre el intercambio (Shannon;
Weaver, 1949) Todos estos sistemas de referencia convergen en el
mismo supuesto: cada entidad organiza su
especificidad con relación a otras, y su complejidad se reduce
a reconocer la interrelación necesaria entre las dos.
Con
ese objetivo manifiesto, la cibernética llegó a afirmar
ciertas analogías entre el hombre y la máquina. La más
significativa es aquella que piensa la automatización de las
rutinas humanas. Por ejemplo, las formas de control humano, las
formas rutinarias del cerebro, pueden reproducirse a través de
los artificios cibernéticos. Aquí la automatización asume un
sentido bien amplio. Facultando a la máquina del poder de
corregir sus propios defectos, otorgándole así una dimensión
autónoma de retroalimentación (feedback) que antes no
tenía (Ladrière, 1962)
En
ese sentido, la cibernética es un cuerpo teórico que permite
restituir un orden perdido. En términos de disminución de la entropía,
se emplean herramientas para intervenir en la conducta, sea ésta
del hombre o la máquina. Dicho reconocimiento no se detiene
frente a datos de diverso origen, así la comunicación se
vuelve la categoría principal del conocimiento, y se opera
sobre ella, no ya como una instancia esencialmente humana sino,
interpretándola como una mediación, en abstracto.
“En
el futuro, desempeñarán un papel cada vez más preponderante
los mensajes cursados entre hombres y máquinas, entre máquinas
y hombres y entre máquina y máquina” (Wiener, 1988: 16)
Entre
sus objetivos se puede descubrir uno noble, el esfuerzo por
mejorar los métodos y las técnicas de transmisión de
información, alcanzándose así un máximo de velocidad y
fidelidad en los intercambios. Pero sus intereses ocultos están
en la analogía sobre la que apoya esos recursos. Una
equivalencia que permite controlar respuestas, en función de
pautas estables de comportamiento, entre entidades distintas: la
máquina y el hombre.
El
control del intercambio
A
partir de la moderna noción de información, la materia y los
signos pueden ser manipulados de modo idéntico. Por esa razón
toda práctica comunicativa se vuelve el objeto primordial de
los estudios en la posguerra. Sobre ella se han edificando un
sinfín de teorías, que son actualmente las señas de los propósitos
cabales de la intervención tecnológica.
Luego
de la Segunda Guerra Mundial se buscó desarrollar cerebros
electrónicos, es decir, ciertos artefactos cuyos mecanismos
de control automáticos permitiesen la dirección de equipos
militares sofisticados (tales como los visores de bombardeo) No
curiosamente, tal entelequia vio la luz en los tiempos del
desencanto, que llevan la marca de una tragedia de la cual se
ocuparon los hombres de la Teoría Crítica. Indudablemente,
desde su origen la cibernética fue una estrategia para
conservar el orden capitalista, admitiendo nuevos rumbos en pos
de solventar el ideal del progreso técnico.
Si
bien la finalidad de la cibernética era demasiado ambiciosa
para alcanzarse. Pensaba que tal modo de obrar permitiría
articular distintas disciplinas (la matemática, la antropología,
la psicología, la biología, la neurología, la lógica) bajo
su órbita, y así extrapolar sus ideas a toda forma de
conocimiento conocido. La tarea de la cibernética ha quedado
concluida. Ha alcanzado una sistematización de concepciones, tímidamente
presentes antes de las guerras, que en su nombre se materializan
sin dificultades aparentes. Este es el soporte material sobre el
cual se refunda la idea de progreso, y la técnica vuelve a ser
el anclaje sobre el cual representar el cambio social.
Por
tal razón, su ambición de refundación sobre las ciencias no
se discutió lo suficiente. Apresuradamente se la empleó para
resultados técnicos deslumbrantes. Con sus analogías se
produjeron una serie de artefactos de presurosa aceptación. Se
inventaron bajo su égida, tanto robots como computadoras. Tal
vez por su pronta aplicación material, los destellos de esa
utopía dejaron de ser estudiados como un campo disciplinar
específico. La cibernética fue quedando en el olvido pero no
así sus ideas.
El
haz de disciplinas científicas que nacieron con la cibernética,
y dentro de ellas las ciencias cognitivas (cuya estrella es la
inteligencia artificial) y la teoría matemática de la
información, trabajaron en artefactos que actualizaron la
abstracción de la información. Según
la cibernética, la información es estadística por naturaleza
y se mide a través de las leyes de la probabilidad (entropía) Su
consecuente, la informática, se apoya en dichos supuestos para
concebir un método de tratamiento, automático y racional.
Pero,
además, la transformación que provoca la analogía del hombre
con la máquina interviene también en la concepción del hombre
como tal. Lo hace, específicamente, en torno a la concepción
de la comunicación y también respecto a otra forma de
intercambio, como es el trabajo (Avila Guzmán, 1998).
De
la utopía a la política
Mediante
los supuestos de analogía y simetría, entre el hombre y la máquina,
se han promovido tempranamente ideas sobre “fin del
trabajo”. Así emerge una concepción firme pero marginal
sobre el sujeto de la producción, que pudo explicitarse, a
todas luces, más tarde. Ante la evidencia manifiesta de la
crisis del pleno empleo, y bajo la letra de uno de los gurús
del mundo empresarial norteamericana, Jeremy Rifkin a través de
una argumentación plagada de ideas inconexas y poco
referenciales recrea viejas ideas. Su interpretación revisa
aquella embrionaria pretensión de la cibernética sobre la
prescindencia del trabajo, en el desarrollo capitalista
post-industrial (Rifkin, 1997), quizás sin saberlo.
Más
allá de las actualizaciones recientes, esta imagen de un mundo
sin trabajo se ha iniciado con la pretensión cibernética de
suplantar la actividad humana. Con la invención del robot se
alcanzó tal objetivo, ya que se produjo un artefacto que imita
a la perfección algunas actividades del trabajador en las fábricas.
El salto creativo fue tan grande que sus proyecciones no dejan
de provocar modelos sociales firmemente asentados. La llegada
del robot y, más aún, la computadora ha materializado viejos
alegatos cibernéticos a favor de suplantar el comportamiento
humano, imitando algunas actividades motrices y mentales.
Por
lo tanto, son dos las transformaciones culturales que impulsa la
utopía cibernética, indivisibles de su sistema de referencia:
la comunicación que todo lo controla y el trabajo humano que se
vuelve prescindible. Ambos son los escenarios sobre los cuales
se edifica esta renovada idealización del progreso. Al no
debatirse suficientemente los ideales cibernéticos, muchos de
sus dichos fueron consagrados toda vez que fueron implementados.
La
tragedia de la primera mitad del siglo pasado fue un terreno fértil
para los propósitos expansionistas de la cibernética, y el
dominio de la informática aprovechó esa integración acabada
para consagrarse. Inversamente, ese pasaje de la utopía a la
política de la informática fue el hemisferio sobre el cual se
sostienen la Teoría Crítica. La tragedia también fue el
puntapié inicial para la condición de posibilidad de un
pensamiento fraternalmente crítico sobre el devenir.
El
mismo Wiener hace mención a esta catástrofe. Para justificar
la ventaja estratégica de su obra hace una mención explicita
de los peligros de la industrialización. Wiener plantea que el
progreso, en clave industrial, se ha convertido en hecho a
controlar, producto de la contaminación ambiental y la
explotación fabril:
“Hemos
modificado tan radicalmente nuestro ambiente que ahora debemos
cambiar nosotros mismos para poder existir en ese nuevo medio”
(Wiener, 1988: 44)
Sus
intenciones eran nobles, cuestionar los embates de la
contaminación ambiental y la explotación fabril (con lo cual
se anticipó a las críticas subsiguientes) Sin embargo, no
puede considerarse ingenua su visión sobre el desarrollo
potencial del devenir capitalista.
Como
los hombres de Frankfurt, también Wiener desconfiaba del poder
de la automatización en manos de los más poderosos. Pero su
desconfianza no alcanzó como para claudicar en su empresa.
También, como otros, sabía que el recorrido de su obra no podía
detenerse, lo importante era entonces darle un sentido político
a su criatura.
Por
su carácter político, la cibernética no es sólo un objeto
estudio epistemológico o informático, como quedó evidenciado
en estas líneas. Es una entidad sociológica en la medida en
que justifica intereses particulares en nombre de su neutralidad
valorativa. El seno de los desarrollos militaristas
norteamericanos, que le dan sentido y trascendencia, están sus
objetivos y resultados concretos, que fueron modificando frente
a los cambios estratégicos de la década del sesenta.
El
recorrido realizado de los cerebros electrónicos hasta la
computadora personal muestra un siempre presente propósito político,
que ha persistido más allá de la utilidad de los resultados técnicos.
Con algunos elementos históricos se puede señalar el carácter
decontextualizado de los principios cibernéticos y su
materialización en artefactos concretos. Tanto en el caso de la
cibernética como de la informática es llamativa su consagración
ideológica antes que la empírica. Los ideales que ambos
desarrollos manifiestan han sido discutidos mucho antes que sus
resultados instrumentales concretos.
Un
dispositivo del poder
Cuando
Wiener escribió, la computadora electrónica ni siquiera era
una realidad (lo estaba siendo) y ciertamente la idea de una
“comunicación entre máquinas” podía sonar disparatada
para cualquier persona en la década del cincuenta.
La
computadora pasó de ser una calculadora potente a un medio de
producción y comunicación mucho después que se la aceptara
como un dispositivo de control y ejecución, sustitutivo de la
actividad humana. En la década del sesenta, las computadoras
eran monstruos que consumían la electricidad de una ciudad
entera como Filadelfia para hacer un cálculo matemático
relativamente complejo en varios minutos, y los robots una
figura imaginaria poderosa como la del astronauta que iba a
conquistar el espacio. Sin embargo, los principios cibernéticos
estaban involucrados en las consideraciones teóricas sobre el
devenir capitalista (en pie de igualdad con los peligros de la
energía atómica y la llegada del hombre a la Luna) Con lo cual
su función política es precedente de sus consecuencias tecnológicas.
En
esta precoz divulgación, se halla la novedad de la ciencia al
servicio de la dominación (Habermas, 1992) Esta supuesto señala
cómo los intereses políticos se independizan de las
limitaciones técnicas de toda innovación. De otro modo no se
podría entender la razón de que grupos libertarios
norteamericanos fundaran un movimiento llamado Computer for
the People, con la convicción de que las computadoras, que
en sentido estricto no existían, abrirían una alternativa
democrática ante la omnipresencia del poder del Estado y el
Capital.
Evidentemente,
la utopía cibernética es el escalón inicial de un largo
recorrido de la dominación informática, su reconocimiento y líneas
de continuidad permiten evaluar los entrecruzamientos entre
tecnología y política desde el siglo pasado hasta el presente.
La
máquina cibernética fue pensada para manipular información.
Por intermedio de un programa, que fija las metas y calcula las
operaciones a realizar, su centro de cálculo ejecuta la tarea.
Con este dispositivo, evidentemente, la analogía artificial del
hombre con la máquina ya se completó. Y con ella se consagró
un modelo de racionalidad, que es la insignia del dominio tecnológico.
Recuperando
a Frankfurt
En
los hombres de la Teoría Crítica, esta preocupación sobre la
dominación fue una interpretación consecuente y derivada de
los desvíos de Marx.
Para
ser más precisos, en un primer momento la pregunta sobre la
dominación estaba contenida en el esquema clásico del
marxismo. Pero, la discusión sobre la praxis revolucionaria
enseguida mostró sus dificultades, y contradicciones con los
hechos. En la década del treinta, se advirtió cuáles eran los
obstáculos para el desarrollo del conflicto de clases
(Lenarduzzi, 2000) La profundidad de los desajustes con Marx fue
tan grande, que inhabilito el reconocimiento de un sujeto
revolucionario. Con este equivoco, también se debió operar una
revisión de la dominación.
Así
se inicia un segundo momento en la cual el devenir ya no era próspero.
El diagnóstico desalentador sobre el progreso enseña
claramente las consecuencias de esta reinterpretación.
Puntualmente, se piensa en una sociedad que se integra a partir
de un círculo cerrado de ejercicio centralizado de la dominación,
control cultural y conformidad cultural.
De
tal modo, la dominación sale de la esfera económica para
transitar rumbos más amplios. Este avance conceptual sobre las
formas de dominio se sintetiza en la obra crítica de Horkheimer
y Adorno. De tal modo, se piensa que la racionalidad
instrumental no es una modalidad propia del capitalismo, sino un
principio de intervención que expresa la naturaleza social de
la técnica.
Horkheimer,
luego de seis años de ser director del Institut für Sozialforschung
publica
un ensayo, que definiría de tal manera los objetivos de la Teoría
Critica (Horkheimer, 2000) Allí revisa los recorridos de la
teoría tradicional, pasando de la filosofía griega a la
cartesiana y de allí a las ciencias naturales modernas. El
reconocimiento de una actitud contemplativa y subordinada del
mundo lo lleva abocarse al control instrumental. Abandonado así
una teoría preposicional sobre los resultados y corroborativa
de la existencia. Frente a la cual propone una teoría crítica,
que debe su apelativo a los métodos empleados por el propio
Marx
En
ese marco, asume el hecho que las condiciones materiales de
existencia condicionan las prácticas y, para comprobarlo no se
puede emplear principios filosóficos que contaminan los hechos.
Su fin no es, como en el otro caso, la acumulación de
conocimiento sobre le mundo sino establecer las condiciones para
la emancipación del hombre de sus fuentes de esclavitud.
“Horkheimer
concibe la crítica como una forma de praxis social” (Leyva,
1999:73)
Una
vez distanciada la teoría crítica de la teoría tradicional,
su propósito será ocuparse enteramente de las formas de
dominio instrumental. El sentido de la dominación se comprende
a partir de la crítica a una razón instrumental, que tiene una
génesis determinable históricamente.
“Cuando
se concibió la idea de razón, ésta había de cumplir mucho más
que una mera regulación de la relación entre medios y fines:
se la consideraba como el instrumento destinado a comprender los
fines, a determinarlos” (Horkheimer, 1973: 21-22)
Esa
“tragedia” de la razón sobrevivió a su tiempo, tal como
apuntó la perspectiva de Max Weber, que ahora se integra a
Frankfurt.
La
tragedia según la Teoría Crítica
La
deuda de los padres fundadores de la Teoría Crítica es tanto
con Marx como por Weber, cuando se alude a la idea de abstracción,
en tanto racionalización de todos los ordenes sociales, bajo la
inversión de los medio y los fines. Los temas abordados por
Adorno y Horkheimer no (burocratización, la pérdida del
sentido y dominación) no hacen más que ratificar dichas
herencias. Con lo cual se afirma el abandono de las
determinaciones de los fines últimos de la existencia
“La
razón se ha convertido en instrumento” (Horkheimer, 2000: 32)
En
Dialéctica de la Iluminismo, la tesis sobre la
racionalización instrumental, en tanto tecnificación de la
vida social, encuentra su justificación en que el iluminismo se
vuelve positivismo. Y en ese sentido, el concepto mismo de técnica
es transformado en su sentido antropológico clásico y llevado
a una forma negativa derivada de la dominación.
Si
la razón, como núcleo de la Ilustración, se erigió
fundamentalmente contra el mito y la religión –y en ello
reside la apuesta por la libertad de la que hablan nuestros
autores--, la tragedia de la razón está en la conversión de
ella como mito. Su argumentación avanza, y afirman que
directamente el proceso de hominización, antes de la conversión
mítica de la razón en el pasaje de la Ilustración al
Positivismo, es razón instrumental. En parte su carácter
permanente está dado por el propio desarrollo humano.
“Desde
el momento en que el hombre suspende la conciencia de sí mismo
como naturaleza, todos los fines por los cuales se conserva en
vida, el progreso social, la incrementación de todas las
fuerzas materiales e intelectuales, e incluso la conciencia
misma, pierden todo valor, y la sustitución de los fines por
los medios, que en el capitalismo tardío asume rasgos de
abierta locura, puede descubrirse ya en la prehistoria de la
subjetividad” (Adorno; Horkheimer, 1992: 73)
Dicho
de otro modo, todo proceso de abstracción, que está en el núcleo
mismo de la noción antropológica de técnica, es la base de la
propia destrucción humana. Por ello, este destino irrefrenable
de la irracionalidad del progreso, no puede hallarse tan sólo
en un momento histórico específico. Esta apreciación hace de
Adorno y Horkheimer pensadores negativos sobre el devenir.
La
deshumanización de la Razón
Al
buscar el mal de la Ilustración, hallan un Apocalipsis desde el
principio de los tiempos, en el cual la racionalidad
instrumental es su signo. De la pretensión de la Teoría Crítica
por realizar el compromiso con la emancipación humana,
entendiendo a la teoría como praxis, ya no quedan rastros.
“Este
tipo de razón eterniza y consolida el antagonismo, mediante la
opresión de o contradictorio y su exclusión de todo análisis
científico, y se internaliza en los individuos que sufren su
yugo adquiriendo un carácter de tipo ideológico, que evita su
propio desenmascaramiento: La razón opresora impone
violentamente la identidad del desarrollo técnico-económico al
desarrollo humano” (Ramírez Martínez, 2000: 61)
Se
aniquila el valor normativo de la razón y en su lugar queda,
como único criterio, su valor operativo. En otros términos, se
trata de una razón técnica en tanto dominio, no ya sólo de la
naturaleza como lo pensó Marx, sino también de los hombres. La
Ilustración deja de ser el correlato cultural de la burguesía
en ascenso para transformarse en el epicentro de todo el
pensamiento occidental, bajo la utopía de la Razón. Aquí se
manifiesta el síntoma crítico de Frankfurt sobre los
recorridos de tal racionalidad.
[Horkheimer]
“ya no consideraba la subestructura económica como el punto
crucial de la totalidad social. Prestaba, en cambio, cada vez más
atención a la racionalización tecnológica como una fuerza
institucional, y a la racionalidad instrumental como un
imperativo cultural (...) Al señalar los diversos aspectos en
que el capitalismo avanzado había impedido el cumplimiento de
las profecías de Marx acerca de su colapso, manifestaba un
escepticismo más profundo sobre las posibilidades de cambio que
iba a aumentar con el paso de los años” (Jay, 1991: 273)
Por
lo dicho, Max Horkheimer fue, quizás, quien más acotada y
precisamente planteó el problema de la técnica, en el contexto
de la Escuela de Frankfurt. Sin embargo, su consagración se
descubre más tarde. Justamente en sus herencias no
condescendientes. Las generaciones de Frankfurt que continúan
la insignia crítica de Horkheimer analizan las consecuencias
negativas de la racionalidad instrumental. Por lo tanto, si bien
se ocupan de los mismos señalamientos que Horkheimer, sus
razonamientos lo abandonarán. Pero, sin con ello dejar de
contener la negatividad del devenir, aunque sea para combatir
sus consecuencias.
Los
recorridos hechos por la cibernética refuerzan y convalidan
esta interpretación política sobre su intervención en la
sociedad. La utopía de la Razón se apoyó en la cibernética,
y, más precisamente, en el énfasis puesto en la no-identidad
del sujeto con el objeto. Sobre esta premisa se han avanzado los
principios instrumentales de la simetría y la analogía, que
organizan toda la idea de control sobre la información.
“Se
produce racionalidad respecto a los medios e irracionalidad
respecto al existir humano” (Horkheimer, 2000: 103-104)
Claramente,
Horkheimer había advertido de los peligros de esta
escisión en el propio campo de la crítica. Declarando que, si
bien deben reconocerse de manera independiente la relación del
hombre con el mundo, esta separación debía reconocer el
contexto político en el que sostenía. De modo que, plantear
una separación “absoluta” y definitiva podía provocar
ventajas a la dominación del capitalismo. Tal como lo hizo la
cibernética. Como se supone en Razón y auto-conservación
(Horkheimer, 2000) una distinción así construida actuaría a
favor de la dominación al “poner el conocimiento al
servicio de los medios de producción”.
Síntesis
de una racionalidad
En
Dialéctica de la Ilustración se desarrolla estas
tendencias desalentadoras, de la contradicción entre las
fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción.
Imbricación dominante que objetivada en una conciencia
social destructiva (por ejemplo, en el caso del fascismo, se ha
empleado una maquinaria institucional al servicio de la muerte)
Para
sus críticos, esta forma de interpretación ve su desventaja en
la propia reificación de la racionalidad instrumental.
Su utilidad explicativa está condenada por su uso univocó, según
piensan algunos. La obstinación con la que se la emplea para
argumentar la tendencia negativa del devenir, es lo que se
cuestiona como recurso reificado. Estos alegatos críticos han
propiciado también cuestionamientos sobre el cuerpo conceptual
que contiene a esa interpretación. A la Teoría Crítica se la
acusa de no contener una perspectiva para salir del encierro,
una alternativa para los condicionantes del capitalismo avanzado
y, por tanto, un cierre incómodo para la libertad.
En
general, estos cuestionamiento insisten en señalar desventajas
analíticas, de una conclusión que apuntando sobre la pasividad
condena al potencial emancipador a la más firme negación. Como
señalan algunos de sus analistas:
“Los
avances de la técnica y la ciencia determinan una parte
fundamental de los ideales del capitalismo moderno y constituyen
la manera más acabada de expresión y contenido del
racionalismo que legitima un tipo de dominación, la legal
burocrática, que no es otra cosa más que una forma de imposición
de una misma razonen todo los campos” (Ramírez Martínez,
2000:56)
Más
allá de sus críticos, la posición de Horkheimer perfectamente
se puede aplicar para analizar la filosofía positiva de la
cibernética. Que tiene por objeto sobredeterminar el sentido
normativo de la racionalidad instrumental, convalidando una política
que evoca así un ideal de progreso.
“El
poder redentor de la negación se hallaba casi totalmente
ausente. En su lugar había quedado una parodia cruel del sueño
de la libertad positiva. La Ilustración, que había tratado de
liberar al hombre, irónicamente había servido para
esclavizarlo con medios mucho más eficaces que nunca. Sin un
mandato claro para la acción, el único curso abierto para
quienes todavía podrían escapar al poder embrutecedor de la
industria cultural consistía en preservar y cultivar los
vestigios de negación que aún quedaban” (Jay, 1973:445)
Según
esa interpretación crítica sobre la cibernética, la
experiencia humana es intervenida políticamente por la técnica.
Con lo cual, se reproduce invisiblemente una forma de
sometimiento en la cual el hombre pasa a depender de la máquina,
de modo permanente.
Por
tal razón, la crítica a la utopía cibernética puede hacerse
a partir de los desarrollos negativos de la racionalidad
instrumental. Advirtiendo los cambios operados sobre formas
ideológicas que emplearon la abstracción para sus objetivos.
Los señalamientos sobre el “trabajo abstracto” y los de
Horkheimer sobre “la racionalidad instrumental” son los
indicadores de este sentido crítico, que es necesario adoptar.
En síntesis, primero se operó sobre la actividad física e
intelectual del trabajador, para luego hacer lo mismo sobre los
mecanismos de control que gobiernan esa actividad.
“La
incidencia de la informática en la autoimagen que el hombre se
forma de sí mismo y en la modificación de sus modos de acción
es profunda y generalizada, pero siempre de carácter
instrumental-utilitario” (Prado, 1988)
A
través de su expresión más saliente (en el caso de la
computadora), la informática ha configurado un modelo de
interpretación política del hombre. Según el cual, lo coloca
en un lugar artificial, e incómodo como es el de la eficacia.
Este potencial político del rendimiento ha sido empleado en más
de un caso para justificar toda suerte de políticas: hemos señalado
ya la idea de la prescindencia del hombre en el trabajo.
En
conclusión, el síntoma de Frankfurt sobre el papel de la
tecnología discute la aceptación a-crítica de los supuestos
del progreso, develando los efectos no deseados de tal innovación
(la alineación y las consecuencias sobre el trabajo) La
tecnología materializa así una racionalidad instrumental que
pone al instrumento como el hacedor de los fines y al hombre su
consecuente. Si bien esta perspectiva es heredera de la crisis
de la modernidad, su revisión, en tanto poder modelizador de la
sociedad, permite conformar patrones menos reificados sobre la
intervención técnica. Por tanto, un recurso conciente y
alternativo sobre el progreso tecnológico.
Bibliografía
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Datos
de la Autora: Paula
Lenguita Socióloga (UBA). Profesora en Sociología (UBA) Magíster
en Investigación Social (UBA). Doctoranda en Ciencias Sociales
(UBA). Becaria del CEIL-PIETTE (CONICET) y CLACSO. Profesora de
Grado (UBA) y Postgrado (CLACSO) plenguia@hotmail.com
*
Algunas ideas expresadas en el presente trabajo forman parte
de la Tesis de Maestría, aprobada el año pasado en la
Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos
Aires.
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Socióloga
(UBA). Profesora en Sociología (UBA) Magíster en
Investigación Social (UBA). Doctoranda en Ciencias Sociales
(UBA). Becaria del CEIL-PIETTE (CONICET) y CLACSO. Profesora
de Grado (UBA) y Postgrado (CLACSO) plenguia@hotmail.com
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