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Información
ambiental, medios y actores
Escenas
de una desconexión anunciada
Gustavo
Cimadevilla
Universidad
Nacional de Río Cuarto
Resumen
La
experiencia mediática de las últimas décadas advierte una
mayor atención a las cuestiones ambientales. Se reconoce un
buen número de mensajes que alertan y consignan un vivir más
cercano a lo ecológico, aunque los actores no parecen cultivar
ese rumbo ni los medios siguen líneas de acción regulares o
consecuentes. ¿Resulta plausible entonces esperar algo de esas
instancias para que prospere una mayor sensibilización sobre el
tema? En investigaciones recientes centramos nuestro trabajo en
algunos puntos sensibles a esta problemática. Esta presentación
discute esos resultados y analiza la relación
medios/sociedad/ambiente a partir de la espectacularización y
desconexión que caracterizan las experiencias y los
tratamientos mediáticos.
1. Introducción
La
experiencia mediática de las dos últimas décadas advierte que
la problemática ambiental comparte la agenda de los grandes
temas. A disposición figura un buen número de mensajes que
alertan y consignan un vivir más cercano a lo ecológico,
aunque los actores no parecen cultivar ese rumbo más exigente y
menos cómodo. Tampoco los medios, puede afirmarse, siguen líneas
de acción regulares o políticas editoriales consecuentes para
ocuparse de la problemática. ¿Resulta plausible entonces
esperar algo de esas instancias? ¿Esperar algo de los medios de
difusión respecto de la construcción de percepciones y
predisposiciones acordes a un vivir más armónico con el
ambiente?
En
investigaciones recientes centramos nuestro trabajo en algunos
puntos sensibles a esta problemática. A través del análisis
de contenido de prensa escrita regional (diario Puntal,
provincia de Córdoba, Argentina) y las “rutinas
productivas” del medio, particularmente nos interesamos en
conocer el tratamiento que a la temática ambiental se daba.
Posteriormente enfocamos sobre la audiencia de lectores un
estudio que procuraba analizar cuál era su percepción sobre
esos asuntos y qué relaciones podíamos establecer con los
resultados anteriores.
Considerando
esos estudios y otros antecedentes de investigaciones
latinoamericanas (particularmente de Brasil y México) que los
contrastan, en este trabajo avanzamos en una discusión que nos
permite plantear la lógica de actuación de los medios de
difusión colectiva y la trama de relaciones que tejen con la
audiencia cuando es la problemática ambiental la que los reúne
en torno a la producción y consumo de noticias.
En ese marco se explicita brevemente el enfoque que se tiene
sobre el denominado “desarrollo sustentable” como escenario
que da cabida a la problemática ambiental y el papel que tienen
los medios para sensibilizar a sus audiencias, así como la
concepción que se tiene de ellas. Finalmente se esboza una hipótesis
acerca de cómo la espectacularización y desconexión
permiten caracterizar lo central en la relación
medios/sociedad/ambiente.
2. La emergencia de la sustentabilidad
A
fines de los años ´80 y en los ´90 la problemática ambiental
ocupó la atención de incontables organismos, movimientos y
actores que estudiaron, reflexionaron y en muchos casos
sugirieron -ante un cúmulo de diagnósticos preocupantes- una
serie de medidas y propuestas tendientes a modificar los modos
vigentes de interacción y explotación del ambiente. Nuestro
Futuro Común -o el denominado Informe Brundtland-
(WECD, 1991) es, quizás, el documento que más se ha citado.
En
el ámbito específico de las agencias estatales, expertas en
pergeñar y ejecutar proyectos de "desarrollo" en esa
línea, en el ámbito de las ONGs y de los profesionales
privados que participan del mercado que en torno a la problemática
se genera, esas propuestas vinieron de la mano del concepto de
"sustentabilidad" que se impuso de manera generalizada
como síntesis de un nuevo paradigma.
Pero
en tanto al hablar de
“desarrollo”
–para nosotros entendido como una concepción que legitima una
modalidad de intervención- lo “sustentable” aparecía por añadidura
como calificativo obligado, obvio y de expectativa común para
los problemas percibidos para la época,
las acciones que pretendían operacionalizarlo no
lograban mayores resultados, eficacia y coherencia.
El
concepto y lo que representa, por “generoso”, a decir de
Canuto (1996), fue aceptado tanto por ambientalistas como por
empresarios y fue erosionando su contenido. Edgardo Lander
se lamentará, al respecto, expresando que aún cuando la
humanidad hoy está en capacidad tecnológica de destruir toda
forma de vida,
“parece que es muy poco lo que gobiernos, organizaciones
internacionales y transnacionales están dispuestas a hacer
(…)”. Por que “hay una insólita capacidad de
desarrollar discursos paralelos o esquizofrénicos…” en
torno a sus propuestas, agrega el autor (Lander, 1995:113). De
ese modo, entre las agudas críticas a los ortodoxos modelos de
desarrollo económico de los ´50 y las consensuadas propuestas
de búsqueda de sustentabilidad de los ´90 no parece haber, en
la práctica, mayores diferencias, en tanto la ambivalencia y
ambigüedad del discurso cubre el territorio verbal y domina la
escena.
Pero
igualmente vale reconocer que la noción pasó a tener un carácter
de valor casi “universal” que, como en otros casos, no
necesariamente se entiende del mismo modo por los distintos
agentes ni refiere a los mismos objetos, relaciones y
situaciones, pero encuentra detrás de sí una fuerte adhesión
que marca huellas en el discurso de la época.
En
ese “todo” el disparador sin duda es el ambiente y no surge
de una crisis aislada, como bien sugiere el Informe Brundtland
(WCED, 1991), si no que involucra a diversos disturbios de carácter
sistémico. Por ello, su tratamiento es complejo y global, si es
que se entiende que la problemática sobrepasa fronteras y
nichos sociales, aun cuando los costos y responsabilidades
reproduzcan las diferencias de distribución de poder y dominio
que internamente las sociedades contienen en su seno, o que el
propio principio de organización social permite y soporta.
Y
justamente por eso es que Jiménez Herrero (1996:75) advertirá
que: “La sostenibilidad no puede convertirse en un
fundamento absoluto, sino en un principio específico que
permita conseguir el fin último de lo que realmente se quiere
hacer sostenible”. En ese sentido, se supone que ni la
pobreza ni la injusticia en el mundo deben “sostenerse” por
más tiempo. Aunque el uso indiscriminado del concepto con
frecuencia lo vuelva confuso o contradictorio,
según lo planteamos en el texto que amplía esta presentación
(Cimadevilla, 2004b).
Pero ante ese escenario lo
cierto es que los medios de difusión colectiva en general
parecen haber dado un mayor espacio a la problemática. De ese
modo el “desarrollo sustentable” como referente discursivo
se ha constituido fundamentalmente como una especie de valor.
Como un horizonte poco preciso pero lo suficientemente
significativo para la época para constituirse como sentido
hegemónico e instrumento ideológico para la intervención. Y
en ese marco es que su uso soportó un número siempre creciente
de aprehensiones y apropiaciones y por tanto un cuadro también
creciente de posiciones y tensiones no siempre reconciliables.
Por ejemplo, entre las que resultan de: i)
la oposición economía – ecología; ii)
las que devienen de los tiempos de artificialización y
generación natural; y/o iii) las que resultan de la intrínseca
irresolubilidad de las racionalidades que se niegan y oponen,
entre otras.
Por
tanto, tensiones que se manifiestan básicamente en el terreno
de la lucha por la legitimación de los órdenes que involucran.
O lo que, a nivel simbólico, Escobar (1995) situa como “diálogo”
o confrontación de los discursos.
3. Modernidad y mediatización
Frente
a esa confrontación el escenario es el de la sociedad moderna
como sociedad mediática. Esto es, en la que se advierte que los
canales de relación social aparecen fuertemente
artificializados por mecanismos que salvan espacios y distancias
y ofrecen nuevos lenguajes de vinculación. En ésta, la irrupción
de lo que hoy conocemos como medios de difusión colectiva (para
otros medios de comunicación social, o simplemente medios de
comunicación) es clave. Sociedad moderna y sociedad mediática
son, en ese sentido, una moneda de dos caras articuladas. La
comprensión de una requiere de la consideración de la otra y
viceversa, y en ella la renovación de los discursos e imágenes,
como nos consta, es continua.
Pero
en tanto “información y creencia están ligadas”, según
afirma Debray (1995), vale reconocer que las lecturas acerca de
la capacidad de penetración de los medios para obtener adhesión
y consolidar o mudar creencias ha ido variando conforme la
sociedad y el conocimiento sobre lo social se fueron
problematizando. De un modelo lineal tipo causa-efecto
(generalmente vinculado al conductismo y una lectura estímulo-respuesta,
mensaje-conducta) a otro con mayor consideración de variables
(causas -filtros personales o interpersonales- efectos), para
finalmente llegar a un salto cualitativo y pasar de una
interpretación de efectos a corto plazo a otra interpretación
de consecuencias de los efectos a largo plazo. Esto es, donde se
sostiene que no es una comunicación determinada la
responsable de impactar en la audiencia, sino que ello resulta
de una larga secuencia de relaciones y consumos mediáticos a
nivel de incidencia en los modos en que se interpreta la
realidad mediatizada).
Así planteado, un punto crítico
en ese recorrido es no sólo cómo se ha concebido el poder
de los medios, sino cómo se han conjeturado las
audiencias. Desde esa perspectiva, la vigencia de una lectura de
efectos a corto plazo en los dos primeros modelos indica que los
receptores fueron vistos como sujetos pasibles de ser
manipulados (en la lectura conductista) o al menos persuadidos
(en la lectura relativista). Y en ese sentido, concebir a los
efectos en tanto incidencias de corto plazo, implicaba suponer
que determinada acción mediática –en tanto estímulo-
generaba una respuesta de comportamiento que era totalmente acrítica
en el primer modelo y relativamente pasiva en el segundo. Pero
ante esas explicaciones a veces simplistas, en donde las
audiencias reflejaban la pasividad y masificación de la
sociedad concebida para la época –como la que entre otros de
manera tan inquietante relatara Ortega y Gaset [1930]-,
se fue gestando la idea de que los individuos no eran sólo caja
de depósito de mensajes, sino más bien decodificadores
complejos.
Al
abandono de la concepción de individuo-masa cargado de
pasividad e indiferencia se sumó entonces la idea de que las
audiencias no se constituían tan solo a instancias de ciertos
mensajes y con absoluta “desnudez”, sino que por el
contrario estaban expuestas de manera continua a los flujos de
la industria mediática armadas de ciertas capacidades. En ese
momento en que los estudiosos sobre los efectos de los medios se
orientan por relativizar y limitar la capacidad de su
influencia, las audiencias pasan a concebirse como
“activas”. Esto es, dando lugar a la pregunta “qué hace
la gente con los medios”, en lugar de la tradicional “que
hacen los medios con la gente”.
Con
esa consideración, al suponerse a las audiencias como activas
se puso en escena a otros elementos de interés y pasó a
entenderse que los actores que deciden su consumo de medios y
que ponen en juego sus intereses de recepción y esquemas de
decodificación actúan fundamentalmente a partir de capacidades
cognoscitivas (antes que reactivas, destacadas para interpretar
la pasividad). Ese nuevo enfoque permitió re-orientar los
interrogantes hacia los contextos de socialización de los
individuos y grupos, pero también a las dimensiones
socioculturales que explican, antes que las homogenizaciones,
los procesos de diferenciación de las audiencias.
Ello
supuso focalizar la atención particularmente en el impacto que
las representaciones simbólicas de los medios tienen en la
percepción subjetiva de la realidad social, a decir de Adoni y
Mane (citado en Wolf, 1994), y a su necesaria participación
como constructores de realidad. O, a nuestro decir, como
co-constructores, en tanto sumamos a esa escena el papel que
tienen otras instituciones, grupos y la propia experiencia del
sujeto para, como advierte Thompson (1998), ser partícipes del
armado y desarmado –codificación y decodificación- de lo que
es la definición de realidad que se vive. Por tanto, de evitar
suponer que sólo por la existencia y actuación de los medios
es que resulta posible tener una definición de realidad
determinada.
4.
Prensa y audiencia, contenidos y rutinas de
un estudio de caso
Ahora
bien, en investigaciones recientes, como dijimos, centramos
nuestro trabajo en algunos puntos sensibles a la problemática
desarrollada. A través del análisis de contenido de la prensa
escrita regional (diario Puntal) y las rutinas
productivas del medio nos interesamos en conocer el tratamiento
que a la temática ambiental se daba y cuál era la percepción
de la audiencia sobre esos asuntos. En ese sentido, el supuesto
con el que se trabajó es que no hay relaciones causales
directas entre las agendas que ofrece el medio y sus
tratamientos y los modos específicos con el que la audiencia
percibe los fenómenos. Pero sí se supone que las coincidencias
que se encuentran remiten a identificar cuáles son las
percepciones hegemónicas en ese ambiente social.
En ese marco, el primer estudio
–que implicó el seguimiento y análisis de una muestra
correspondiente al período de un año de publicaciones- permitió
considerar que: a) La mayoría de las noticias publicadas era
de reducida extensión; b) éstas no respondían a un patrón de
sección fija; c) ni a una regularidad establecida; d) en
general se originaban a partir de condiciones climáticas
adversas; y e) el razonamiento más aplicado en su producción
asociaba los perjuicios de los fenómenos meteorológicos a las
fuerzas de la naturaleza (razonamiento que denominamos
“naturocausal”).
Por
otro lado, el estudio de las rutinas productivas
-llevado
adelante a través de entrevistas realizadas a los periodistas
productores de la información- permitió establecer que los
niveles de producción respondían a criterios de simplificación
laboral, a una priorización del tema vinculado a su posible espectacularización y a una concepción de la temática
filtrada por imágenes y razonamientos que se apoyaban en
informaciones de circulación mediática globalizada, más que
en el análisis particular de las circunstancias ambientales de
la región.
Desde
esa perspectiva, concluimos que:
i)
El material publicado (que casi en su totalidad corresponde al género
noticia) no sigue un patrón editorial específico vinculado a
alguna intencionalidad instrumental (mayor conocimiento sobre un
problema; instalación de una preocupación a nivel social,
divulgación de rutinas de acción o valoración frente a
determinada circunstancia), sino que más bien su inclusión
resulta del valor de centralidad que pueda tener la temática en
un momento dado.
Su tratamiento se caracteriza, por otro lado, por un recargado
de códigos que potencia la “espectacularidad” en torno a la
“fuerza de la naturaleza”.
De allí que las frecuencias más altas acerca de las temáticas
publicadas giren en torno a las condiciones climáticas y sus
efectos “dañinos”, “molestos”, “inhibidores” de
actos; o, en su forma extrema, “destructivos” para con las
obras del trabajo humano (pérdida de cosechas, destrucción de
caminos, infraestructuras, etc.).
ii)
Por otro lado, también concluimos que el tratamiento
comprensivo de las relaciones que se establecen entre los
posibles antecedentes causales y los consecuentes ambientales se
apoya mayoritariamente en razonamientos denominados
“naturocausales”.
Esto es, en el planteo genérico de que la naturaleza se
comporta de acuerdo a sus propias leyes y con independencia de
los efectos que eventualmente pueda generar la sociedad sobre
sus dinámicas. De ese modo, la información refuerza cierta
concepción determinista acerca de que “lo que produce la
naturaleza” es independiente del accionar humano y éste último
está librado a sus fuerzas, movimientos y contingencias. No hay
espacio, de ese modo, para una mayor reflexión acerca del carácter
de interacción permanente que ejercen ambos subsistemas y de la
responsabilidad que le cabe a la sociedad en los modos que
establece la relación.
En ese sentido, un dato interesante es que si se consideran las
fuentes más consultadas el listado es encabezado por organismos
oficiales y públicos, con lo cual resulta al menos posible
plantear que muchas de esas argumentaciones vienen avaladas o
inducidas por “especialistas” de órganos socialmente
legitimados para emitir opiniones expertas. Ello por cierto no
significa que los especialistas desconozcan los tipos de
interacciones probables entre sociedad y naturaleza, sino
que quizás no los problematicen o argumenten lo suficiente, de
modo que los planteos resulten decodificables para el gran público
y en consecuencia los periodistas no los consideran.
Pero ¿por qué
–insistamos- la mayoría de los razonamientos que se
aplican en los tratamientos noticiosos son naturocausales
si se hacen permanentes consultas a los expertos? La consideración
de las rutinas productivas del medio también permite aclarar
ese punto. El diario no tiene especialistas, confirman los
periodistas, tampoco tiene una sección fija o rutinas de
producción establecidas para estos tratamientos. La
discontinuidad y la oportunidad de la noticia por su valor de
espectacularidad –accidentes, desastres, contaminaciones con
perjuicios demostrados, etc.- revelan que los tratamientos
ad-hoc no se valen de cierta experiencia acumulada, por tanto,
de cierta especialización o fuente de criterios frente a la
problemática. Claro que el hecho que las fuentes y apoyos de
expertos auxilien la tarea abre interrogantes acerca de este
descuido en la complejidad que merecen las relaciones puestas en
juego. Pero las noticias son pequeñas, los informes esporádicos
y los recortes y condicionamientos de espacios en muchos casos
seguramente operan para dar paso a la simplificación,
expresaran los entrevistados. Al mismo tiempo que se
afirma que las supuestas evidencias locales o regionales les
sugieren que los problemas no son tantos, o tan graves, o tan
acuciantes o presentes. Son del futuro, son de otras
regiones, son de la industria –que allí no se tiene-, son de
escenarios lejanos,
o son comparativamente menos importantes para ocupar los
espacios que se llevan otros temas. Si van en tapa es porque
van a causar impacto o cierta polémica que es lo que interesa
al lector. Si no venden ni seducen, ¿por qué han de
instalarse en la agenda del editor?, se preguntan los
periodistas.
Las buenas producciones, como
sabemos, requieren tiempo, recursos e investigación y también
avales. La nota corta, la muestra espectacular de la fuerza de
la naturaleza frente a la impotencia humana es la que se impone.
Lo naturocausal es, en ese caso, más que una
simplificación conciente, la consecuencia de buscar la imagen más
adecuada para tentar al lector sin comprometerle ni
comprometerse. Lo descarga de culpa, le evita también la
reflexión y no compromete al editor. Está todo ahí, en la
propia imagen o en el dato crudo de cuántas hectáreas menos
hay para la producción o de cuántos recursos se perdieron
frente al fuego devastador o la impertinencia de las
inundaciones. Con lo cual, no es cosa que aparentemente se
vincule a lo que se hizo o pueda hacer para resolverlo. Es la búsqueda
de equilibrio –a decir de Thompson (1998)- la que entre la
información mediática y la experiencia cotidiana desconectada
del problema termina imponiéndose sin exigir nada.
Pero
si percibimos que la agenda ambiental de la prensa local se
resume a noticias pequeñas, visibles, espectaculares,
pero azarosas y discontinuas, y con tratamientos simples y básicamente
naturocausales, la pregunta en torno a los lectores se
circunscribe a si ¿hay coincidencias con la agenda del público?
Los principales resultados
relevados permiten observar que:
i) Seis de cada diez lectores
conservan el hábito de lectura del periódico desde hace al
menos diez años. El diario, por tanto, tiene una especie de
“audiencia cautiva”. ii) La frecuencia de lectura promedio
es de 3 ó 4 días por semana. iii) Más de la mitad de los
lectores tienen hábitos de lectura vinculados a una determinada
sección del diario, entre las que prefieren deportes y
policiales. iv) Los temas ambientales suelen ser de interés
para una quinta parte de la muestra, aunque no como preferencia
de primer orden. v) Los jóvenes de hasta 30 años y los más
instruidos tienen una mayor inclinación a la temática. vi) En
general, el impacto de memorización de las noticias sobre
cuestiones ambientales es muy bajo cuando la pregunta es genérica.
vii) Y por otro
lado esa memorización aumenta cuando la pregunta es específica
sobre ese tipo de noticias, aunque asociadas a otros medios,
generalmente el televisivo (dos terceras partes de los casos).
viii) Así, las temáticas y problemáticas recordadas y
comentadas refieren en la mayoría de los casos a situaciones de
carácter global o internacional (por ejemplo la contaminación
o falta de agua en el mundo; la erupción de un volcán, el
deterioro de la capa de ozono, entre otras); en segundo lugar
regional (como el de los incendios en las sierras, por ejemplo);
y en una mínima expresión de carácter local (micro-basurales
o roedores en ambientes faltos de higiene en la ciudad de Río
Cuarto).
La percepción de la temática
casi como espectáculo y la desconexión de las noticias con las
referencias de la vida cotidiana y el propio entorno
caracterizan, entonces, ese consumo y relación.
5. Afinidades y convergencias con otros
estudios de la región
Pero
estos estudios también parecen concluir de modo convergente a
otros realizados en la región, que remiten básicamente a
algunos trabajos efectuados en Brasil y México. Visto en términos
comparativos, las investigaciones de Oliveira, M. (1991), Brandão
(1991), Oliveira, F. (1996), Targino y Teixeira (1996), Aguilar
Díaz (1996), Reigota (1997), Nether, (1998), Cunha Lemos et
alii (2000), Ivanissevich (2001), Massarani y Castro Moreira
(2001), Rygaard, (2002), López Adame (2003) y Martinez (2003);
y las apreciaciones de Silva (1982), Avila Pires (1983),
Amorim (1996), Giacomini Filho (1996),
De Freitas y Krohling Kunsch (1996) y Martínez Fernándes
(2001) –estudiando medios impresos de Porto Alegre, São
Paulo, Rio de Janeiro y el estado de Piaui, entre otros de
Brasil, así como en el caso mexicano de sus medios de difusión
colectiva en general-, permiten considerar una serie de
resultados y ópticas que en relación a cada uno de los tópicos
se muestran coincidentes.
Así,
se advierte que la temática ambiental aparece tratada por los
diversos medios de difusión que se analizaron en los estudios a
partir de criterios de circunstancialidad, simplicidad y búsqueda
de sensacionalismo. Las conclusiones se repiten: Las noticias no
se profundizan, continúan o proyectan más allá de lo que
importan por su valor de “noticiabilidad”. No hay políticas
editoriales explícitas en los periódicos para destacar las temáticas
ambientales. No hay periodistas especializados ni rutinas
productivas orientadas a favorecer su tratamiento. Más bien hay
momentos en que las claves noticiosas se mueven detrás de los
eventos que pueden causar impactos, seducir la atención de las
audiencias e instalar con buena posición al medio en su
competencia.
Los
razonamientos “naturocausales” mayoritariamente presentes en
los contenidos que se estudiaron, en las percepciones de los
periodistas que se relevaron y en los lectores entrevistados
tienen su relación con el “naturalismo” que destaca el
estudio de Reigota y en el “afeganistanismo” que plantea
Silva. Todos convergentes en un plano de desvinculación entre
las esferas de la “naturaleza” propiamente dicha y la
“naturaleza artificial” que destaca la acción humana como
parte intrínseca al ambiente. Hacia esa convergencia, entonces,
hay que apuntar la nueva discusión. No parece excepcional ese
rasgo de lecturas desasociadas. Preocupaciones semejantes
movilizaron a Lazarsfeld y Merton [1948]
y a los intelectuales de las escuelas críticas como Horkheimer
y Adorno [1947],
por citar algunos de los reconocidos en el campo de las ciencias
sociales.
La
espectacularidad en la que se envuelve el producto mediático y
la desconexión de las dimensiones que refieren a los fenómenos
retratados y advertidos en las propias rutinas productivas de
los medios, pero también en las percepciones relevadas en sus
audiencias, orientan la discusión a lo que parecen ser las
características fundamentales de las relaciones que se tejen
entre la sociedad / los medios / y el ambiente.
En
ese sentido parece plausible sostener como hipótesis que opera
cierta desconexión
entre la atención que se da a la temática –generalmente
vinculada a temas espectacularizables y lejanos, referenciados
por audiovisuales y asociados a problemas de gran escala como la
contaminación o destrucción del planeta- y la posibilidad de
percibir que ésta pueda asociarse también al ambiente
inmediato y la vida cotidiana. Por tanto, desvinculada también
de la propia acción diaria de aquel que se constituye en
audiencia.
En ese marco
“espectacularización” y “desconexión” remiten a las
preocupaciones por el modo en que se “naturalizan” los fenómenos
con independencia de las políticas y responsabilidades sociales
que por detrás las guían. Preocupaciones que la modernidad
presenciara desde los planteos críticos de Marx
(1986) a las discusiones de Lukács (1969), Adorno y Horkheimer
(1992) o los planteos audiovisualistas de Guy Debord (1976,
1997).
Pero si esa naturalización es
parte constitutiva de la dinámica social –como afirman Berger
y Luckmann, 1978)-,
la preocupación en todo caso radica en cómo en la medida que
aquella se produce de manera continua también pueden
paralelamente plantearse “recordatorios” y marcos
contextuales que reubiquen a los actores sociales como hacedores
y co-responsables de esa “artificialidad natural”. Frente a
esa razón última, entonces, es que interesan las prácticas
mediáticas, sus tratamientos argumentativos y las
representaciones que repasan sobre las realidades que retratan.
6. Consideraciones Finales
Nuestras
observaciones indican que mientras los medios espectacularizan y
desconectan, la gente convenida en audiencia participa del
espectáculo desconectada. ¿Pero podría esta realidad presentársenos
de otro modo? Esto es, ¿podríamos esperar que los medios de
difusión ofrezcan otro perfil de “productos
comunicacionales”, más profundos y continuos, menos
estereotipados y exagerados y más respetuosos para con sus públicos?
Más ligados, en definitiva, a las realidades cotidianas y sus
contextos, donde cada espectador se pueda ver como actor con
responsabilidades ciudadanas antes que como un número de
audiencia o un saturado consumidor de imágenes y relatos. ¿Podríamos
esperar en ese marco que la problemática ambiental se instale
en la agenda sensible de las políticas de la industria mediática
y de la política de los actores sociales? ¿Pero por qué ésta
y no otras? ¿Por qué no la problemática de la desocupación
de los sub-ocupados, o la de la violencia del consumo retraído
o la de la marginalidad de quienes como minorías enfrentan
ciertas dolencias a veces no superables? Estudios como éstos
que enfoquen esas agendas ¿no llegarían quizás a nuestras
mismas conclusiones? ¿no advertirían un escenario de
desconexiones anunciadas?
La
realidad que se co-construye en las pantallas, tabloides y
parlantes se nos aparece, entonces, necesariamente como
poliedros de mil caras que aunque iluminadas por igual, se
opacan entre sí por la velocidad en las que se las pone a rotar
y por la indiferencia con las que se trazan sus perfiles. Todos
iguales, todos desfiguradamente importantes, todos
necesariamente efímeros.
Si la
fragmentación no es otra que la medida que resulta de las
complejidades que se edifican en la sociedad moderna y las
visibilidades siempre crecientes de las realidades co-retratadas
y co-creadas por la maquinaria mediática, no resultará posible
priorizarlo todo ni ocuparnos de todo con igual tesón. Parece
existir cierta condena, entonces, a una única convivencia
“real” con los asuntos que opera mediante instantáneas. Y
mientras así operan las políticas de los medios, así también
operan las políticas de los actores.
El camino
intermedio, ese que justamente penetra entre la pesadumbre del
intelecto y el entusiasmo y pasión de las causas para repintar
ese cuadro, requiere del fortalecimiento de las instancias orgánicas
que involucren a actores específicos, políticas expresas y
recordatorios cotidianos acerca de los falsos naturales.
Necesitamos, entonces, de los otros co-creadores que conviven
con los medios para ser partícipes activos como
“desanaturalizadores”, para decirlo casi en una versión de
relato.
Así, la
problemática ambiental, esa que preocupa pero no ocupa, espera
porque maduremos la inteligencia que, aunque capacitada, todavía
sigue cautiva en renegar de la propia vida.
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El periódico analizado se edita en la ciudad de Río Cuarto
desde 1980. Su área de circulación cubre toda la región
centro y sur de la provincia de Córdoba y por esa razón es
el más importante a nivel regional. La ciudad de RIO CUARTO
es la segunda en importancia en la provincia de CORDOBA,
situada en la región centro de Argentina. Los problemas
ambientales son de magnitud, por ejemplo, a nivel de
producción primaria, dada la continua y persistente
degradación de los suelos afectados por procesos de erosión
hídrica y eólica, entre otros.
Una discusión previa sobre estos estudios fue presentada en
el Coloquio Internacional Políticas de Economía,
Ambiente y Sociedad en Tiempos de Globalización
(Caracas, mayo de 2004), organizado por el Programa
Globalización, Cultura y Transformaciones Sociales,
CIPOST-FACES-UCV.
Concepción que legitima las intervenciones sociales sobre
la base de la búsqueda de progreso sustentado en el
principio de representación de los intereses que dice
promover. En ese marco el desarrollo es concebido como una
modalidad de intervención. La intervención por su
vez es entendida como un proceso -supra-abarcador- inherente
a la conformación y devenir de los grupos humanos que
pretenden imponer determinado orden al ambiente natural o
social como forma de superar sus problemas de existencia.
Toda intervención postula cierto orden que se procura
mediante la ejecución de un conjunto de acciones
socialmente significativas -directas o mediadas- que buscan
la transformación de determinado estado de realidad. La
distinción entre un estado de realidad deseado y otro no
deseado surge por comparación de valoraciones atribuidas
por la subjetividad de los actores sobre la base de parámetros
de valor socio-culturalmente adquiridos. Los valores son
generados, reproducidos e institucionalizados culturalmente
por los distintos conjuntos sociales en función de sus
condiciones de existencia. (Cimadevilla, 2004a)
Asociado ello, según el autor, al modelo “de desarrollo
industrialista y científico-tecnológico occidental y de
los patrones de consumo opulentos de los países
centrales” (Lander, 1995:113).
Y ese carácter de concepto
¨hecho a medida¨ fue el que en los inicios de los
´90 fue eje de discusión de uno de los eventos más
importantes que hasta el momento se ha realizado para
discutir las relaciones con el ambiente: la denominada Cumbre
de la Tierra.Así, si Rio 92 fue para algunos una ¨cumbre
sin compromisos¨ (Alonso Mielgo y Sevilla Guzmán, 1995),
una desilusión o ¨una serie de discursos universalistas
que ocultan las raíces del mal¨ (Baudrillard, citado en
tamales, 1995), para otros fue una oportunidad para lograr
consensos en torno a un ¨nuevo enfoque del desarrollo¨
(Pichs, 1994) o para decidir los pasos a seguir en torno al
¨desarrollo sostenible¨ (Barcena, 1994). Lo cierto es que,
además de explicitar la división de aguas entre el
optimismo del entendimiento multilateral y la crítica a la
insaciabilidad capitalista, Rio 92 fue quizás la vidriera más
efectiva para instalar global y mediáticamente la atención
sobre el ambiente.
Jan Servaes relata ese pasaje sosteniendo que en las
primeras discusiones (sobre una lectura hipodérmica) la
influencia de los medios se percibía como diabólica,
directa e inmediata. A partir de los 50, agrega el autor, la
investigación empírica estadounidense permitió hacer
crecer la opinión de que los medios impactaban menos de lo
declarado y eran menos decisivos de lo que por entonces se
postulaba. En los 60, en tanto, se llegó a “conclusiones
más realistas. Se planteó que los medios tienen cierta
influencia, pero ésta se manifiesta más en la confirmación
que en el cambio de las opiniones y comportamientos
existentes. Los medios son efectivos no tanto porque le
dicen a la gente cómo deben opinar sobre algo, sino más
bien porque le dicen sobre qué deben opinar”. (Servaes,
2002:4) Y esto posteriormente da lugar a una lectura más
compleja sobre los efectos de los media como consecuencias a
largo plazo.
Las “rutinas productivas” de los medios de difusión
colectiva refieren al conjunto de tareas que realizan las
empresas mediáticas para ofrecer sus productos informativos
o de entretenimiento. Su estudio permitió
“desideologizar” la investigación –diría Wolf,
1987-, en tanto centró su análisis en los diversos
factores cotidianos que inciden en la producción,
independientemente de la posición ideológica que sustenta
el medio.
En ese sentido concuerdan estas apreciaciones con los
estudios que señala Oliveira, F. (1996); Targino y Teixeira
(1996) y las caracterizaciones de Silva (1982).
Al respecto Targino y Teixeira también encuentran en su
investigación de cinco publicaciones diarias del estado de
Piaui (Brasil) que la información ambiental publicada
tiende a ser superficial y “circunstancial”, sin
responder a ningún criterio de prioridad para los medios
(1996:97). Nether (1998) en un estudio ampliado a los medios
impresos en general de Porto Alegre (Brasil), cuatro periódicos
comerciales (Correio do Povo, Zero Hora, Jornal do Comércio
y Gazeta Mercantil) y seis que considera alternativos,
encuentra que el espacio y tratamiento que dan a los temas
ambientales es escaso, superficial y discontinuo. Cunha
Lemos et alii coinciden con esa observación en el caso de
los dos periódicos principales de Porto Alegre (con
circulación en todo el estado de Rio Grande do Sul,
Brasil), Zero Hora y Correio do Povo. A igual
consideraciones llega Rygaard (2002). En estudios realizados
en México, López Adame (2003) y Martínez (2003) concluyen
de manera similar sobre esos tópicos.
Oliveira destaca en su estudio de 1991 que “el abordaje de
las cuestiones ambientales a través de la prensa parece
estar viciada a publicar solamente las catástrofes (…) lo
que fue destruido, contaminado o se convirtió en desierto
por la acción humana” (pág. 11). Impera cierto
“sensacionalismo” para tratar la temática, agrega Brandão
(1991:81). O se reflota cuando después de ciertos eventos
se convierte en moda (Avila Pires, 1983; Giacomini Filho,
1996). Observaciones semejantes destacan los estudios de
Aguilar Díaz (1996); Nether (1998), Rygaard (2002), Martínez
(2003) y López Adame (2003).
Asociado a ello, Marcos Reigota se refiere a esta tendencia
a considerar el medio ambiente con el término
“naturalista”, y lo vincula a las representaciones
sociales en donde la “primera naturaleza” (la naturaleza
“intocada” a decir del autor) tiene una importancia
mayor. En sus estudios con profesores de primero y segundo
nivel inscriptos en un programa de especialización en
“educación ambiental” encontró que cuando éstos ofrecían
una definición personal de medio ambiente casi todos mantenían
–en primera instancia- esa representación
“naturalista”. (Reigota, 1997) Por otro lado, en ciertos
informes de programas internacionales como el PNUD se
plantea que la concepción que se tiene de la naturaleza
opera a veces como dificultad para que las comunidades
colaboren en producir ciertas mejoras que promueven los
programas (por ejemplo en el Plan de Acción de Crecidas de
Bangladesh (Donnelly et al., 1998); y/o el caso de la
Reserva Manglares en Ecuador (Briones, 2002).
De un modo general, afirma Oliveira, F. (1996), los medios
no consiguen “traducir”
las asociaciones que deben considerarse en las interacciones
hombre-medio ambiente y viceversa.
Se da información que denuncia diversas situaciones
pero por lo que implica la denuncia y lo que ella provoca.
Pero no se contextualiza ni historia respecto a los hechos.
Los asuntos se olvidan rápidamente y los medios vuelven a
mezclar ciencia con columnas sociales, horóscopos y agendas
culturales (Oliveira, F., 1996:65). La “fragmentación”
a la que se subordinan los tratamientos de los temas
ambientales –expresa Assis Martins Fernándes (2001)- se
vincula directamente al interés mediático por captar
audiencias. Pasada la noticiabilidad de un evento, por
tanto, cesa cualquier atención específica a su entorno.
Igual consideración hace Rygaard (2002).
Algunos estudios, como el de Targino y Teixeira (1996)
muestran que muchas noticias son meras reproducciones de
textos producidos por las áreas de prensa de las
instituciones. De ese modo los diarios no contextualizan ni
profundizan las materias. Los profesionales del periodismo,
por otro lado, no suelen tener la preparación ni
experiencia suficiente para avanzar en esa línea, señala
Amorim (1996). En ese sentido la falta de profesionalidad
ante la temática quedó evidenciada, señala Fabiola de
Oliveira (1996), en la cobertura de RIO 92. El mega evento
ecologista del siglo XX promovido por Naciones Unidas tuvo
una visibilidad comunicacional extraordinaria, pero muchos
periodistas se circunscribían a divulgar los partes de
prensa oficiales, en lugar de generar sus propios productos
noticiosos. Consideraciones semejantes hace Cunha Lemos et
alii al referirse al “perfil de los formadores de opinión
relacionados a las cuestiones ambientales” (2000) y también
Rygaard (2002). Por su parte Ivanissevich (2001) y también
Massarani y Castro Moreira (2001) asocian los tratamientos
superficiales y hasta a veces erróneos de las publicaciones
a la falta de interés de los científicos por colaborar con
los medios. Esa resistencia, manifiesta la primera autora,
se debe a una razón simple: “Los científicos saben que
los diarios, revistas, emisoras de radio y televisión son,
antes que nada, un negocio con un producto para la venta”
(Ivanissevich, 2001).
Responden al “afeganistanismo”, plantea Silva (1982).
Esto es (en lengua portuguesa), a la tendencia a destacar
los problemas ambientales de lugares distantes, en lugar de
los locales.
La dificultad de pensar los temas ambientales de modo local
o incluso vinculado a la propia vida cotidiana de los
actores y sus posibilidades de mejorar las condiciones de
vida aparece relatado en diversos estudios. Algunos trabajos
como los de Diniz (2000) para el caso de São Paulo, Souza
Filho (2001) para Rio de Janeiro, Hess y Walo (2001) en
Tenerife, Donnelly
en Bangladesh (1998) o Carniglia en la pampa argentina (en
Cimadevilla 2002) sirven para advertir la complejidad de los
casos y el papel que la dimensión cultural tiene para
comprenderlos.
El concepto de desconexión no es similar, por ejemplo, al
de desanclaje de Giddens, quien con ello se refiere a
los despegues de las relaciones sociales de sus contextos
locales de interacción y su reestructuración en
indefinidos intervalos espacio-temporales (Giddens,
1997:32); sino que refiere a los procesos de carencia de
conexión entre experiéncias mediáticas y experiencias prácticas
que asociadas pueden resultar una fuente de tensión.
“A primera vista -dice Marx-, parece como si las mercancías
fuesen objetos evidentes y tribiales. Pero, analizándolas,
vemos que son objetos muy intrincados, llenos de sutilezas
metafísicas y de resabios teológicos. (...) El carácter
misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y
simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter
social del trabajo de éstos como si fuese un carácter
material de los propios productos de su trabajo, un don
natural social de estos objetos y como si, por tanto, la
relación social que media entre los productores y el
trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social
establecida entre los mismos objetos, al margen de sus
productores. (...) Lo que aquí reviste, a los ojos de los
hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre
objetos materiales no es más que una relación social
concreta establecida entre los mismos hombres”
(1986:37-38).
En el marco de una tradición
fenomenológica, como la que sigue Berger y Luckmann, la
reificación se postula como una característica
“inevitable” de las sociedades modernas, en tanto
condición necesaria para los procesos de construcción de
la realidad social. A través de la reificación, parece que
el mundo de las instituciones se fusiona con el mundo de la
naturaleza; “se vuelve necesidad y destino, y se vive íntegramente
como tal, con alegría o tristeza, según sea el caso”,
afirman los autores. (1978:117-19).
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