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HACIA UNA REESTRUCTURACIÓN EPISTEMOLÓGICA DE

LOS MODELOS DE COMUNICACIÓN

 

Carlos Emiliano Vidales Gonzáles

Universidad Latina de América

 

Los recientes estudios sobre el campo de la comunicación han vislumbrado problemáticas concretas como su objeto de estudio, su cualidad interdisciplinar y la reflexión sobre el contexto institucional de su producción científica. Conjuntamente con la aparición de nuevas líneas de investigación, se hace necesario una constante revisión no sólo de sus objetivos y desarrollo, sino de los planteamientos epistemológicos bajo los cuales están cimentadas las principales teorías de la comunicación, en concreto los modelos de comunicación.

El problema fundamental sobre los modelos que han tratado de explicar la naturaleza del fenómeno de la comunicación, es que han tendido a convertir en estáticos a los elementos de un proceso que se caracteriza por ser dinámico y complejo, al tiempo que han convertido en lineal las relaciones que se establecen entre cada uno de éstos, los cuales  no sólo intervienen en las relaciones de comunicación (o de intercambio de información) sino en el proceso mismo de la comunicación.

Teniendo como marco el VII Congreso ALAIC y el VIII IBERCOM, cuyo tema central es la “formación e investigación en comunicación en América Latina: balance, corrientes y perspectivas”, el presente trabajo se inserta como una propuesta de reestructuración epistemológica de los modelos de comunicación,  basado en las nociones del código, el tiempo, el proceso de significación y las relaciones que se dan entre ellos. Esto, tomando en cuenta lo que han propuesto diversos autores desde el paradigma de la complejidad, la semiótica de la comunicación y la teoría general de sistemas.

 

El proceso de la comunicación

 

La forma lineal con la que se ha tratado de explicar el fenómeno de la comunicación, ya desde los modelos de Shannon y Weaber y el paradigma de Lasswell, nos dan muestra de la simplificación de un proceso que, al tratar de ser explicado, sufre la peor de las ataduras, es decir, la eliminación de su naturaleza dinámica. Una vez que introducimos la noción de la relación concomitante comunicativo-humano, podemos comenzar a explorar los elementos que hacen de este binomio una manifestación que escapa a los modelos comunicativos con los que ha tratado de ser analizado. La comunicación, una vez desarticulada su linealidad, se transforma en un fenómeno complejo al incluir en su desarrollo y práctica la noción de movimiento, es decir, que deja de ser estática en forma, acción y momento específico, lo cual nos lleva a pensar en una reestructuración de los modelos con los que ha sido explicada. Pero al tratar de elucidar un nuevo modelo, es necesario la incorporación de elementos diferentes a los que convencionalmente se han venido utilizando.

La incorporación del “proceso” de la comunicación como concepto, nos da muestra de que no estamos hablando de una estructura rígida o estática, sino de una  dinámica que acompaña al acto comunicativo, “el diccionario define el proceso como cualquier fenómeno que presenta una continua modificación a través del tiempo, o también como cualquier operación o tratamiento continuos”(Berlo, 2000:21). En este primer asomo entendemos las dificultades que presentan las estrategias de acercamiento y los intentos por simplificar un fenómeno que es mucho más complejo que la simple esquematización de su forma de accionar.

La enumeración de todos aquellos elementos que intervienen en el proceso de comunicación dificultan la tarea de explicar un fenómeno complejo. La comunicación, al igual que la gran mayoría de las manifestaciones del ser humano, presenta una complicación intrínseca en su forma directa de praxis:

La sociedad es producida por las interacciones entre individuos, pero la sociedad, una vez producida, retroactúa sobre los individuos y los produce. Si no existiera la sociedad y su cultura, un lenguaje, un saber adquirido, no seríamos individuos humanos. Dicho de otro modo, los individuos producen la sociedad que produce a los individuos (Morin, 2003:107)

 

Así, epistemológicamente hablando, los individuos serían los primeros en producir a la sociedad que los produce a ellos en un segundo momento. Esto es de vital importancia, sobre todo al tratar de definir los elementos que intervendrán en el proceso, sus relaciones y sus posibles estados concretos.

En el esquema tradicional de la comunicación encontramos los tres principales elementos (emisor-mensaje-receptor) que intervienen en el proceso comunicativo y, aunque aparece como modelo extremadamente simplificado, sobresalen las capacidades de re-significación y re-semantización de dos de los elementos (emisor/receptor y receptor/emisor), los cuales tienen la posibilidad de establecer una relación de bidireccionalidad con el mensaje emitido/recibido. Si entendiéramos al proceso de la comunicación como un simple intercambio de información, estaríamos asumiendo como estático un proceso que se genera desde un sujeto que se encuentra inmerso en un espacio social concreto, el cual influye directamente en su capacidad cognitiva, de semiosis, deconstructiva, pero sobre todo de generación de realidad. Así, el hecho de entender al proceso como estático, funcionará como mera herramienta de análisis para momentos específicos.

Durante el proceso de la construcción de la realidad (y del pensamiento), se observan distintas fases cuyo orden estructural no tiene nada que ver con su orden de mención. En primera instancia se encuentra la observación del fenómeno u objeto, al tiempo que surge el primer problema epistemológico, es decir, la noción y aplicación de la opinión como elemento explicativo (Bachelard, 2000). Y aunque se considere a la opinión como primera categoría, habría que esquematizarla en fases comprensibles y cuestionables. Durante este momento se encuentra la sensibilidad y su utilización como mediador entre el objeto y la abstracción (en este caso de la opinión). Bajo la lógica del proceso hermenéutico ha de consolidarse la geometrización partiendo de la destrucción de la noción previa que se habría de tener sobre el objeto estudiado.

 

 

 

 

Se trata de desfragmentar la realidad objetiva para entender un proceso que integra diferentes elementos dependiendo del grado y tipo de complejidad a la que se enfrente: proceso cibernético, interpersonal, mass mediático, intrapersonal, relación sujeto-objeto, relación objeto-objeto, etcétera. Lo cual implica que la multimodalidad de las posibles construcciones teóricas que se puedan suceder en torno al proceso mismo de la comunicación, formularán necesariamente un modelo base sobre el que se puedan articular los diferentes discursos que se generen sobre un fenómeno determinado.

Más allá de un estudio comunicativo que pretenda establecerse como precursor de un conocimiento objetivo de una realidad específica, habría que entender que la comunicación se presenta aquí como el elemento articulador de un proceso que pareciera caótico a primera vista (aunque el caos no es en realidad la falta de orden, sino un orden distinto o del cual desconocemos su lógica). Los diversos acercamientos que se intenten hacer sobre la teoría rectora de la comunicación, invitan a una forma específica de construcción de conocimiento y a la interacción y puesta en escena de éste, y en relación a lo anterior, el proceso que hemos intentado explicar partiría de la realidad desfragmentada hacia un proceso de comunicación integral, el cual, tendría en forma potencial la posibilidad de convertirse en conocimiento objetivo. Así, la desfragmentación tendrá estrecha relación con la reestructuración epistemológica (nuevo criterio) que estamos planteando.

 

Un nuevo criterio epistemológico

 

Para entender a la comunicación como fenómeno complejo y su necesidad de plantearla en términos de semiosis comunicativa, es necesario partir de los modelos comunicativos existentes para no sólo entender el proceso de significación del entorno comunicativo, sino el proceso de generación del mismo proceso de semiosis (significación).

Imaginemos un caso hipotético para establecer una posible guía en la generación y establecimiento de nuestro análisis. Un sujeto “X” va caminando por la calle y al intentar atravesar una esquina encuentra en la banqueta opuesta un cartel blanco con un círculo negro en el centro. Sobre este ejemplo podemos desprender que:

·     Independientemente de lo que el sujeto “X” crea o interprete que se signifique aquel cartel, ha habido un proceso de semiosis (significación);

·     En el proceso de semiosis ha intervenido un factor “social” que funciona como banco de datos previos al encuentro mismo con el cartel y como fuente primaria en el proceso de significación.

Ahora bien, si al mismo ejemplo le agregamos que el sujeto “X” se encuentra acompañado por un sujeto “Y” quien asume que el cartel en realidad “no quiere decir nada”, entonces el proceso comunicativo se ha complicado. Ahora no sólo intervienen los elementos que hemos mencionado, sino que se ha sumado un sujeto más (Y) quien se ve afectado por los mismos elementos que el sujeto “X”. Los factores que intervienen se han duplicado y es necesario entender que esto se sucederá de forma exponencial de acuerdo al número de sujetos que pudieran llegar a intervenir. Para entender esto, es necesario dejar a un lado la estructura cognitiva individual, y las formas de idiolecto.

Hasta este momento sólo hemos hablado de la intervención de los sujetos, no hemos hablado nada del cartel ni de sus cualidades significantes, pero una vez que los sujetos se han puesto a discernir lo que pudiese significar (primero de forma individual antes de socializar el discurso), el cartel sufre una constante re-semantización de su significado. A esto hay que agregar que dicho proceso se verá afectado directamente por un espacio social, es decir, aquél donde queramos situar a nuestros actores. 

 

 

 

En esta primera geometrización de un proceso de significación y comunicación, encontramos varios elementos importantes: los sujetos, el detonador del proceso y el proceso mismo, todos actuando de forma simultánea. En lo que concierne a la posibilidad que existe de tener “n” cantidad de significados, debe de entenderse como  posibilidad ilimitada pero finita.

Para la formulación de un modelo específico [multimodal] de comunicación se impone como necesaria la reconfiguración del espacio social. Dicho espacio, determinará fuertemente lo que llamaremos el código.

El código, entendido como aquellas reglas socialmente aceptadas o convencionalmente nombradas que permiten la univocidad[1] de los mensajes, al tiempo que permiten la codificación y decodificación de los mismos, se inscribe como la primera de las guías en nuestro análisis. En el caso que hemos venimos señalando, el código no sólo es la lengua en que se verbalizan los posibles significados, sino aquello que rige la distribución espacial del (los) objeto(s) en el cartel, aquellas convenciones sociales-culturales y la cualidad de ambivalencia[2] que cada uno de los sujetos posea. Así, podrá haber elementos que cobrarán mayor importancia no por su existencia, sino por su ausencia.

Aún con la afirmación de Jean Baudrillard que “en cuanto se supone una relación ambivalente, todo se desploma. Porque no existe código de la ambivalencia. Sin código, ya no hay codificador ni decodificador, las comparsas levantan el vuelo. Tampoco hay ya mensaje, puesto que éste se define como emitido y recibido” (Baudrillard, 1999:216), podríamos argumentar algunas consideraciones importantes. (i) Los requisitos necesarios para la comunicación es que sea puesto en juego más de un código -como en la noción de texto para Julia Kristeva (1978) o Roland Barthes (1999)- es por eso que es muy difícil entender su desaparición. (ii) O bien, se habla de elementos identificables como s-códigos (sistemas-códigos)[3] que se articulan bajo la misma lógica del código rector, o de elementos que evidentemente pertenecen a otro código. En el ejemplo que hemos venido señalando, el sujeto “X” está leyendo un código icónico con reglas y disposiciones específicas, al mismo tiempo están interviniendo nociones culturales y espaciales (territoriales). Esto en combinación con lo que le sucede al sujeto “Y” al socializar el proceso de semiosis personal, es decir, de atribución de significado. Evidentemente se podría entender como: a)“X” y “Y” con el mismo código cultural (lenguaje) significando un mismo código visual; b) o, “X” significando el mismo código visual que “Y”, pero con un código diferente (dos nacionalidades diferentes, capacidades intelectuales dispares, diferencia de edades muy marcadas, etcétera). (iii) Por otra parte, se podría argumentar que lo que se está entendiendo como elementos o funciones de ambivalencia, podrían ser los límites del código, y estaríamos enfrentados a un código incompleto o que no alcanza para explicar ciertos sistemas de significación[4]. (iv) Finalmente, podríamos argumentar que la necesidad de explicar a la comunicación a través de nociones de pluricódigo, conllevan dos fuertes implicaciones: a) que el punto de encuentro entre un código y otro sea tan sutil que se le comprenda a éste como un solo código;  y b) que ciertos lenguajes estén tomando supremacía sobre otros y, se entienda a algunos de ellos como articulador o rector del proceso, es decir, como código y no como elemento.

Los diferentes significados del proceso de semiosis, sin importar si son entendidos como verdaderos o falsos, son sometidos y devenidos por un código común que explica y direcciona su funcionalidad dentro del proceso comunicativo. Es evidente que los sujetos inmersos en la percepción-significación-socialización del (posible o supuesto) significado, están tácitamente poniendo en común o haciendo en común un código. Así, el primero de los elementos del proceso comunicativo se activa, no antes, ni después, ni durante el proceso, sino que se da de manera simultánea. Aún con todo esto, la relación entre elementos o entre sistemas dentro de un mismo código develan tres categorías específicas:

“La disposición en un sistema vuelve COMPRENSIBLE un estado de hechos y lo vuelve COMPARABLE a otros estados de hechos, con lo que prepara las condiciones para una posible CORRELACIÓN de signos o códigos. Proporciona un repertorio de unidades estructurado en un conjunto de modo que cada unidad se diferencie de la otra mediante EXCLUSIONES BINARIAS. Por tanto, un sistema (o s-código) tiene una GRAMÁTICA INTERNA” (Eco, 2000:69).

 

Las nociones de “comprensible”, “comparable” y  de “correlación”, hacen referencia directa a la forma y a la figura del código que se plantea como eje articulador entre las tres. Sus relaciones no son de causa, sino que se consideran como relaciones  de interdependencia.

Para el proceso de la comunicación humana, el código no sólo tiende a entenderse como implícito, sino que pocas veces es realmente entendido en sus verdaderas dimensiones. Por lo cual puede difícilmente explicarse como un mismo texto (o mensaje) puede ser cambiado de lenguaje o trasladado de un código a otro (del visual al habla para nuestro caso). Tal consecuencia y extensión de la noción de código lleva a complejizar el proceso de la comunicación al convertir a la gran mayoría de sus elementos en dinámicos, mutables e intercambiables entre los mismos sistemas que intervienen. Los sujetos “X” y “Y” no sólo traducen un lenguaje visual en un lenguaje verbal, sino que transforman los elementos visuales en nociones abstractas, al tiempo que intercambian los códigos visual-verbal en primera instancia y personal-social en segunda. 

 

 

 

 

Esta descripción y esquematización es indudablemente de un proceso primario de comunicación al situarlo únicamente bajo la lógica del código y sus transformaciones. Para este momento es importante señalar que las nociones de “emisor” y “receptor” que se consideraban importantes para el primer modelo, no funcionan para la explicación de modelos más complejos. La dinámica del proceso no sólo debe ser entendida como la posibilidad de intercambio de elementos dentro del sistema, sino la posibilidad del cambio de códigos y, por ende, de los subsistemas que funcionan dentro del mismo. El círculo  de color negro dentro del cartel blanco puede funcionar como elemento principal dentro del código icónico y dentro del sistema de colores al interior de éste, pero una vez verbalizado puede ser más importante la forma. Evidentemente los sistemas han cambiado, y puede entenderse que (i) un elemento del sistema que era de suma importancia para la semiosis dentro de un código específico (icónico), puede no serlo para otro sistema u otro código (verbal); o bien (ii) que este fenómeno se debe a la constante de pluricódigo para los procesos comunicativos.

Algunas consideraciones sobre sistemas semióticos, como el desarrollado por Iuri M. Lotman en su ensayo Un modelo dinámico del sistema semiótico, al describir las cualidades y características del sistema, establece seis pares de conceptos que funcionan como elementos correlacionales o dialécticos, es decir, que establecen relaciones que pueden también ser entendidas como concernientes al código, así, dichos pares: sistémico/extrasistémico, univoco/ambivalente, núcleo/periferia, descrito/no descrito, necesario/superfluo y modelo dinámico/lenguaje poético (Lotman, 1997), son ya una noción de código.  Todos estos pares se suceden de forma conjunta durante un proceso comunicativo, entendiéndose no la suma de todos ellos, sino todo ellos de manera simultánea. La relación entre lo sistémico y lo extrasistémico no se da a razón de causa-efecto o de oposición constante, sino que se da en relación mutua de interdependencia e interpretación. Las posibilidades de entender algo como extrasistémico tienden a guiarse de acuerdo a tres consideraciones principales: (i) a la utilización de metalenguajes en tanto  que la descripción sea una autodescripción; (ii) al concepto de inexistencia o inexistente; y (iii) a lo alosemiótico o perteneciente a otro sistema semiótico. Bajo estas tres premisas, configuramos sustancialmente un grado de oposiciones que funcionan como reglas implícitas de discurso y que proporcionan la primera noción de “orden”. Algo que esté funcionando como explicación del mismo sistema, lo inexistente o lo alosemiótico, no puede pertenecer al sistema y tiene que ser transferido y colocado en su contraparte, por lo que se puede entender un orden de posicionamiento lógico de acuerdo a nociones básicas binarias.

En consecuencia, lo unívoco y lo ambivalente funcionan como pares dialécticos de orden estructural; a diferencia de lo sistémico/extrasistémico, no hacen referencia directa a un orden, sino a un estado de “aparición”, es decir, a la lógica del momento temporal de discurso y a su función de “veracidad”. Y al funcionar de manera conjunta hacen evidente una estructura específica sobre la que se sucede el acto comunicativo, o bien, un código bajo el cual se da el proceso mismo de la comunicación humana.

Ya desde 1968 cuando salió a la luz La estructura ausente, Umberto Eco, haciendo referencia a la complejidad del código, apuntaba que éste no podía ser un simple sistema de oposiciones que pusiesen orden a un sistema de entropía muy alta, ni tampoco podía ser que por él mismo se estableciera una equivalencia entre cada uno de los términos del sistema. Todo lo cual apuntaba a que el código fuera: a) El sistema de las unidades significantes y sus reglas de combinación; o b) el sistema de los sistemas semánticos y de las reglas de combinación semántica de las distintas unidades; o c) el sistema de sus aparejamientos posibles y las reglas de transformación de uno a otro; o d) un repertorio de reglas circunstanciales que prevé diversas circunstancias de comunicación correspondientes  a diversas interpretaciones (Eco, 1999).

Aunque ya se había mencionado la cualidad convencional del código, poco se había hablado de su naturaleza de oposiciones y transformaciones, así: “un código como langue se ha de entender como una suma de nociones que por razones de comprensibilidad se pueden indicar como competence del parlante, pero que en verdad constituiría aquella suma de competencias individuales que forman el código como convención colectiva (Eco, 1999:122)”.  Lo anterior, si es trasladado a un momento específico de comunicación, se entenderá a la convención como implícita de la socialización de la semiosis “personal”.

Lo que hemos descrito hasta este momento son las cualidades y características del código, pero habrá que considerar que más de dos de éstos intervienen necesariamente en un proceso comunicativo, estableciendo relaciones entre ellos, entretejiendo y dándole forma a los mensajes que serán transmitidos y puestos en diferentes relaciones. En este sentido, a) para que exista un proceso de comunicación, es necesario que estén más de dos códigos en juego, b) al tiempo que cada uno de sus elementos es intercambiado o puesto en un nivel jerárquico diferente. Así, el código es como un elemento latente del proceso de comunicación cuya verdadera importancia no recae en su existencia dentro del proceso, sino en las relaciones que genera, es decir, el acto mismo de codificar es más importante que el código mismo.

Para el análisis del proceso de comunicación es importante tomar en cuenta al tiempo o noción temporal. Dicha noción temporal contempla  dos tipos de tiempo. (i) El tiempo diegético, es decir aquel con el que comprendemos el transcurso temporal de un discurso, independientemente de su naturaleza; y (ii) el tiempo que llamaremos “circular”, es decir, aquel que interviene como elemento de análisis presencial. Este último posee dos características específicas: su propia ambivalencia y la equifinalidad. Lo cual nos puede llevar a considerarlo como el constante recordatorio del conocimiento preexistente que, cualquiera que sea el camino que se decida seguir, inevitablemente nos llevará al tiempo presente del análisis. Ambas nociones temporales están en estrecha relación con el código y los actores que, por convención, establecen un significado.

La forma temporal tiene que ser entendida como simultaneidad concomitante, por la interdependencia entre los tiempos (co-temporales), sin entender la posibilidad de tiempos paralelos. 

Así, tanto el tiempo como el código, vuelven dinámico el proceso de comunicación y convierten a los elementos primarios (emisor-mensaje-receptor) en un obstáculo epistemológico que tendrá que ser vencido. El emisor puede ser simultáneamente el receptor, no antes ni después, sino al mismo tiempo, así, el mensaje no puede ser entendido como elemento estático o mediador, porque en realidad se da de la misma forma, es decir, de forma simultánea. Entender al proceso de comunicación como un sistema simultáneo no presenta dificultades al momento de ser esquematizado, porque evidentemente serían esquemas separados (tiempo/código/elementos). Lo complejo sería llegar a pensarlo todo de forma simultánea, es decir, tal cual se sucede el fenómeno.

Al describir al código y al tiempo dentro del proceso de la comunicación, estamos identificándolos como elementos principales del sistema, al tiempo que recuperamos la dinámica del mismo.

 

 

Elementos y modelo

 

Para fines analíticos, seguiremos con el ejemplo planteado al principio y haremos un corte sincrónico del proceso que se ha seguido, los elementos que han intervenido y sus posibles relaciones.

1. Las condiciones de significación tienen que ver directamente con lo que denominamos espacio social, es decir el espacio donde “X” (sujeto) y “Y” (sujeto) se encuentran interactuando con el cartel (objeto/mensaje). Cada uno de estos tres elementos es un s-código (subsistema) que más tarde será socializado y regido por uno código (sistema) general. No hablamos de un emisor ni un receptor, sino de ambos (“X” y “Y” ) de forma simultánea que significan un mensaje (el cartel), todo esto en un tiempo determinado.

2. Es necesario que existan más de dos códigos en juego para que podamos estar hablando de un proceso de comunicación. En nuestro caso, están en relación el código social de la lengua, el icónico, el señalético, normas y valores, etc., que influirán directamente en el proceso de semiosis de cada sujeto. Esta condición implica que no existe una jerarquía definida de los códigos, sino que éstos pueden ser intercambiados de posición jerárquica  de acuerdo al caso específico que se estudie. De igual manera, las reglas y los elementos que los conforman pueden sufrir un reacomodo semántico y sintáctico. El círculo (elemento icónico) puede ser importante para el código icónico, pero al ser transferido dicho elemento al código verbal, puede no ser de relevancia, transfiriendo su nivel de relevancia (posición jerárquica) a la forma, tamaño, color, etcétera.

3. El tiempo implica la equifinalidad y la ambivalencia del proceso. Aún con la idea de la simultaneidad, es necesario que el proceso, por su dinámica-movimiento, requiera de la noción de un “antes” y un “después”, es decir, de un transcurso temporal, pero dicho tiempo tiene que ser simultáneamente concomitante (en interdependencia).

4. En el proceso que hemos descrito, se hacen plausibles las relaciones objeto-objeto, sujeto-objeto, etcétera, además de todas aquellas que involucren medios electrónicos de comunicación y formas de comunicación interpersonales (de masas).

5. El proceso de comunicación al que hemos hecho referencia, se inscribe en un nivel primario de complejidad, no porque los niveles hagan referencia a una cantidad de complejidad, sino a modos o cualidades de complejidad. Así, aunque las relaciones que se establecen entre los elementos de este primer sistema son de simultaneidad, habrá que tomar en cuenta que este sistema estará en relación con muchos otros sistemas isomórficos y no isomórficos. 

 

 

 

Descomponiendo el código y el tiempo (para este caso)

 

 

Así, dirigimos la discusión de los modelos de comunicación hacia la recuperación de su cualidad dinámica y compleja, no porque se intente construir un modelo totalizador de los diferentes fenómenos comunicativos, sino porque es importante estudiar a la comunicación como lo que es, un fenómeno complejo.

Aunque se hayan descrito los elementos que intervienen en un proceso comunicativo elemental, es necesario mencionar que no sólo es su nombramiento lo importante, sino la relación entre dichos elementos. L. V. Bertalanffy afirma que el tema de la Teoría General de Sistemas es la “formulación de principios válidos para sistemas en general, sea cual fuera la naturaleza de sus elementos componentes y las relaciones o fuerzas reinantes entre ellos” (Bertalanffy, 2003:37). Con esto, podemos definir al proceso de comunicación como un sistema compuesto de muchos subsistemas que funcionan de manera simultánea, evidentemente todo aquello que sea utilizado como explicación del mismo, tendrá que ser entendido como metasistémico. Por lo que el mismo proceso como forma metafísica-conceptual de descripción, será un subsistema del fenómeno de la comunicación, y aquí habremos descrito tan sólo la célula misma del fenómeno. De esta manera, habrá que identificar cómo este pequeño fenómeno que hemos descrito se pone en relación con los demás subsistemas isomórficos y no isomórficos. Una vez hecho esto, será necesario establecer las relaciones entre sistemas, lo cual nos llevaría a la posible creación de modelos multidimencionales y territoriales de intercambio entre sistemas comunicativos (por ejemplo en América Latina). Por lo tanto, no se puede estudiar a la comunicación en ningún momento o estado como un fenómeno en equilibrio, si acaso, se podrá entender como un fenómeno uniforme y dinámico, al ser considerado éste como sistema u organización, es decir, en estrecha relación a nociones como totalidad, diferenciación, orden jerárquico, dominancia, control, competencia, etcétera (Bertalanffy, 2003).

             

 

Referencias

Bachelard, Gaston (2000). La formación del espíritu científico. Contribución a un psicoanálisis del conocimiento objetivo, Siglo Veintiuno Editores, México.

Barthes, Roland (1999). El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura, Paidós (comunicación), Barcelona. 

Baudrillard, Jean (1999). Crítica de la economía política del signo, Siglo Veintiuno Editores, México.

Berlo, K. David (2000). El proceso de la comunicación. Introducción a la teoría y la  práctica, El Ateneo, Buenos Aires.

Bertalanffy, Ludwig Von (2003). Teoría general de los sistemas: fundamentos, desarrollo, aplicaciones, Fondo de Cultura Económica, México.

Eco, Umberto (1999). La estructura ausente. Introducción a la semiótica, Lumen, España.

-        (2000). Tratado de semiótica general, Lumen, Barcelona.

Jiménez, José Heliodoro (1994). La ciencia de la comunicación en América Latina, Ediciones Quinto Sol, México.

Kristeva, Julia (1978). Semiótica1, Espiral/ensayo, Madrid, España.

Lotman, Iuri M.(1996). La Semiosfera I, Cátedra, Madrid.

      -    (1997). La Semiosfera II, Cátedra, Madrid. 

Mejía, rebeca y Sergio Antonio Sandoval (Coords.) (2003). Tras las vetas de la investigación cualitativa. Perspectivas y acercamientos desde la práctica, ITESO, México.

Morin, Edgar (2003). Introducción al pensamiento complejo, Gedisa Editorial, Barcelona.

Vasallo de Lopes, Maria Inmmacolata y Raúl Fuentes Navarro (comps.) (2001). Comunicación: campo y objeto de estudio. Perspectivas reflexivas latinoamericanas, Eds. ITESO, Universidad Autónoma de Aguascalientes, Universidad de Colima, Universidad de Guadalajara, México.

 



[1] En este sentido, hay que entender a la univocidad como un texto que se puede “pensar bien” de varias maneras (Lotman 19997: 73).  Esto, en relación a la multiplicidad de significados que tanto el sujeto X como el sujeto Y pudiesen atribuirle al cartel (signo) que está sufriendo un proceso de semiosis.

[2] “El estado de ambivalencia es posible como una relación del texto con un sistema que en el presente no está vigente, pero se conserva en la memoria de la cultura y también como relación del texto con dos sistemas no ligados entre sí.” (Lotman 1997:75)

[3]Cuando se ven independientemente de otros sistemas con los que se los puede poner en relación, los s-códigos pueden considerarse como ESTRUCTURAS, es decir, sistemas (i) en que los valores particulares se establecen mediante posiciones y diferencias y que (ii) se revelan sólo cuando se comparan entre sí fenómenos diferentes mediante la referencia al mismo sistema de relaciones” (Eco,  2000:67).

[4] Un ejemplo muy claro es el sistema musical, en el cual el código se convirtió en una dificultad al tratar de establecer el significado del proceso de semiosis.

 


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