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Implicaciones
éticas y socio-tecnológicas de los prodigios de la red de redes
Fernando
Villalobos G.
Doctor
en Ciencias de la Educación. Profesor asociado de la Escuela de
Comunicación Social de la Universidad del Zulia. Investigador
adscrito al Centro Audiovisual de la Universidad del Zulia.
Maracaibo, Venezuela. Email: fvillalo@cantv.net
Resumen
El
objetivo central del presente papel de trabajo es analizar el tipo
de relación que el hombre ha mantenido con la técnica a partir
del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación
(TIC), y proponer una reflexión sobre los límites éticos
impuestos a éstas. También muestra una aproximación teórica a
las dimensiones éticas del
poder de la técnica y de la imposibilidad de conformar un
criterio preciso y único de tecnociencia y
de la acción para decidir sobre proyectos humanos capaces
de satisfacer las
necesidades cada vez más imperativas
del poder técnico que el mismo hombre creó. Se hace especial
hincapié en aspectos relacionados con la dimensión ética de las
Tecnologías de la Información y la Comunicación y el tipo de
saberes y capacidades que se derivan de su introducción, uso y
transformación, especialmente Internet,
que ha provocado profundos cambios en la práctica profesional del
periodismo.
Palabras
clave: Tecnologías de la Información y la Comunicación,
Tecnociencia, Internet, Periodismo.
Introducción
En
los actuales momentos la técnica se encuentra arropada por un
cierto reduccionismo en su conceptualización y respectiva
apreciación, lo cual se evidencia la percepción por parte de la
sociedad de que sólo tiene acceso a ella un cierto grupo de élites,
y no es más que el producto de factores que han influenciado al
hombre contemporáneo en la conformación de sus valores,
intereses y formas de pensamiento.
De
igual forma, otro elemento determinante de esta concepción
tecnocientífica es el representado por la superestructura social,
es decir, todo el aparato económico, político
y cultural, que
involucra no sólamente a la técnica, sino a la industria y a las
ciencias de la naturaleza, en un recíproco condicionamiento que
ha marcado la consciencia humana, moldeada por las formas de
pensamiento y de comportamiento dictadas por la cultura de cada
tiempo, conformando así una consciencia social que refleja la
convicción de que sus perspectivas culturales son únicas,
naturales y racionales, o por lo menos más comprensibles.
Parafraseando
a Gehlen (1984), hoy día el hombre no escapa a este fenómeno,
pues existen formas de pensamiento que han sido desarrolladas en
función de un saber técnico que ha invadido dominios que no le
son propios a la técnica, y que por lo tanto no se ajustan a
ella. Se puede afirmar que tanto la estructura, forma cómo
trabaja y los modos predilectos de acción de la consciencia, se
han convertido en constantes
históricas de la cultura contemporánea,
en la que se develan contenidos y formas de representación
de realidades y relaciones en
que es interpretada esa realidad socio-cultural.
Las
tecnologías de la información, especialmente Internet, han
provocado profundos cambios en la práctica profesional del
periodismo, potenciados por una nueva mirada multimediática y
digital en el quehacer del periodista de hoy. Mientras que muchas
instituciones universitarias se contentan con formar periodistas
anclados en un modelo pedagógico tradicional, que aun no ha
entendido las implicaciones, alcances y limitaciones, tanto de carácter
técnico como social y ético del uso de Internet desde su práctica
educativa. Hoy las universidades que disponen de las avanzadas
tecnologías de información y comunicación están en capacidad
de ofrecer a sus egresados una
formación acorde con
la era digital del periodismo.
Más allá de esta situación, ya muchas empresas periodísticas
han comprendido la necesidad de estar presentes en el
ciberespacio, sin mucha reflexión sobre
los efectos éticos, sociales y culturales que su inclusión
en Internet supone.
1.-
La antropología como base de la ética
La
ética presupone la presencia de dos elementos esenciales, por un
lado la acción, y el otro representado por el respeto a la
dignidad y a la diversidad en que se manifiesta la eticidad. Por
tanto, se dice que la ética formula normas para la acción
humana, sólo que tal formulación exige una definición previa de
la naturaleza de los agentes humanos, constituyendo así la base
antropológica de la ética. Por ello se puede afirmar que es a
partir de tal formulación donde precisamente todo comienza, ya
que un mero esbozo de cualquier cuestionamiento ético siempre
encontrará dificultades para su aplicación, sobre todo en la era
de la información cuando la naturaleza y alcance de las tecnologías,
entre ellas las TIC, han vuelto más cualitativas las dimensiones
de la acción humana y corroe
las premisas antropológicas en que se apoyan los
principios de la ética tradicional.
Al
respecto es importante conocer cómo fue posible llegar a este
estado, pues se sabe que todas las formas éticas, conocidas hasta
hoy, tenían en común las siguientes premisas: la condición y
naturaleza humana es intemporal; el bien humano era inmediatamente
determinado, y el ámbito
de acción, y de responsabilidades humanas se encontraba
cuidadosamente delimitado.
Como
sustenta Hans Jones (1994), estas premisas perdieron toda validez,
siendo incuestionable la repercusión de ese factor en la condición
moral del hombre como efecto de ciertos comportamientos de los
poderes del ser humano, que han hecho posible la transformación
de la acción humana, lo que trae como consecuencia lógica
cambios en la acción ética, y advierte que no se trata
de una simple modificación de sentido ajustado a nuevos
objetos de acción o a la aplicación de reglas sostenidas como válidas.
La alteración de la acción humana tendrá que contar con el
factor de la
naturaleza cualitativamente nueva de algunas acciones técnicas y
abrir otras dimensiones del significado ético, para lo cual no
existen modelos precedentes en los cánones de la ética
tradicional.
2.-
Los poderes de la técnica moderna
Para
Jonas (1994), los poderes de la era de la información son los de
la técnica, porque a lo largo de su historia el hombre nunca ha
estado desprovisto de la técnica. Estos nuevos poderes de la técnica
moderna afectan la actuación humana, o dicho de otro modo,
descubrir lo qué
hace que esa acción sobre su dominio sea tomado de forma
diferente a su entendimiento a través del tiempo. Esto significa
revisitar la historia, en particular
los cimientos de la ética, a saber: todo lo que tuviese
que ver con el mundo no humano era éticamente neutro; el
significado ético pertenecia al trato directo del hombre con el
hombre, incluido el trato consigo mismo, mientras que la identidad
del hombre era considerada constante en esencia y en sí misma, no
un objeto susceptible de ser remodelado por la técnica.
De
acuerdo con lo anterior, cualquier acción sobre cosas no humanas
no constituye la esfera de lo auténtico y estrictamente
ético, o el
hecho de esto último no podía traspasar nunca
la esfera de la relación de los hombres. Más
allá de esto,
se trataba de una ética
de la contemporaneidad, ya que
el alcance de sus prescripciones
se reducía al ámbito de la relación con el prójimo en
tiempo presente.
El universo ético está compuesto por las ideas contemporáneas
y sus horizontes de futuro confinado al horizonte espacial
del interior de los agentes de acción, en un radio donde
toda la moralidad antigua se articula a éste situándolo en los espacios más característicos de
la ética tradicional, marcada por una concepción
antropocentrista.
Por
el contrario, la moderna intervención tecnológica del hombre
sobre su entorno, ha alterado
radicalmente la biosfera social retirando su anterior cualidad de
telón de fondo seguro y perenne, como
condición para posibilitar la propia acción humana.
Surgirá así, una nueva prescripción ética que debe erigirse a
favor de la naturaleza, y no
sólamente en busca del bien humano. Por otro lado, lo
imprevisible de los cambios provocados por la acción de la tecnología introducen una dimensión
temporal de la ética, y a
título de ejemplo se puede referir a casos de manipulación
tecnológica de la naturaleza hacía el interior del individuo, o
sea, la manipulación biológica
de las especies con efectos no sólo en los progresos de la biogenética
al romper los límites tradicionales
de duración de la vida humana que constituían referentes seguros
e inmutables de la ética tradicional.
3.-
Política y tecnociencia
Es
motivo de preocupación la relación entre la propia lógica
interna de la técnica y
la de los procesos científicos que surgen asociados a ella, ya
que la búsqueda de fines técnicos, por esencia deterministas, se
distinguen de la libre discusión de los proyectos humanos que
caracterizan a las sociedades democráticas.
A
este respecto, Jonas (1994) compara el tipo de manipulación simbólica
como fuente de manipulación ideológica y el de la manipulación
tecnológica, propia de la técnica moderna, y su preocupación
llega a tal punto que no teme oponerse a la tiranía
utópica de la tecnociencia, vista como un macrosujeto,
conformado por un consejo de sabios, constituidos en
una especie de guardianes de una ética de la investigación
científica. Sin embargo, considera la intervención de la
libertad de investigación como un mal menor cuando compara las
posibles consecuencias de un desarrollo científico sin freno,
conduciendo hacia un
potencial conflicto entre la técnica y la política, o dicho de
otro modo, a un conflicto de legitimidad entre dos diferentes
esferas del conocimiento y de la actividad humana: política y
tecnociencia.
Ciertamente,
la tecnociencia no es ni podrá ser democrática, pues la
formulación de leyes universales y necesarias de una realidad físico-química
o biológica no van por la misma vía que el consenso mayoritario
a través del cual, democráticamente, se conduce un proceso de
decisión. Habrá que reconocer, entonces, que existe un antes y
un después de la investigación que escapan a la lógica
tecnocientífica y que los proyectos de investigación y la
aplicación de sus resultados no pueden ser subsumidos
unilateralmente a la racionalidad científica, sino que
debe responder a otros tipos de racionalidades, sobre todo políticas
y económicas. Y es que la facultad ética sólo existe en el
hombre, tal y como éste se constituye natural y culturalmente, de
allí la necesidad de preservar la relación hombre-naturaleza-cultura.
La
noción de tecnociencia derivada de la ciencia básica o empírica,
universal y cultivada por pequeños y selectos sectores de la humanidad, comenzó a
aparecer paralelamente
al desarrollo industrial. Esto resultó en aplicaciones de dicho
conocimiento en bienes y servicios de tipo económico, sociales
y culturales. La tecnociencia, a través de sus
aplicaciones, también incorporó su propia racionalidad (Piezzi,
1994).
La
tecnociencia, entonces, constituye una verdadera potenciación
entre ciencia y tecnología, expresada a nivel socioeconómico,
puesto que va estructurando su propia autonomía dentro de la
sociedad. No está, en principio, manipulada por las fuerzas
externas del sistema, sino que se maneja en función de su
creatividad, construyendo sus propias relaciones con la cultura y
el mundo. Son sistemas que interactúan,
permanentemente, con el ámbito social.
Las
tecnologías y sus prodigios tecnocientíficos no están aisladas,
pero llevan su propio ritmo y podrían ser consideradas
subcomponentes tradicionales de la cultura
moderna, apoyadas en sistemas autónomos con sus propias
leyes, donde predominan los criterios de universalidad,
planetarización, abstracción, impersonalidad y sistemacidad en
contraposición con lo concreto, lo dado, lo vivencial y lo
existencial de las culturas tradicionales, sean éstas locales o
regionales. El hecho es que la tecnociencia no ha logrado
desarrollarse en su totalidad sin evitar la tentación del
aislamiento respecto a la vida y los problemas sociales.
Todo
esto ha llevado a pensar en la abstracción de valores, con
criterios y acctitudes alejadas de una concepción antropológica
y holística, al no plantearse el problema de los valores y no
tener una visión
humanista del desarrollo y constituirse en herramienta eficaz del
engranaje político y económico.
Para
todos los efectos, el hombre no es ajeno al cosmo que lo rodea, es
más bien un producto de el, en cuanto especie natural. La
solidaridad antropocósmica obliga a pensar de forma diferente a
la concepción antropocéntrica tradicional, ya que el lenguaje,
la consciencia, el pensamiento deben ser vistos como algo imanente
y propio de la evolución y no como algo de origen sobrenatural,
divino.
4.-
El hombre como objeto de la tecnología
La
acción del hombre sobre la naturaleza suscita dudas y posibles
riesgos inherentes a algunas de sus obras en el ámbito de lo no
humano. Ha llegado el momento de analizar esas intervenciones técnicas
potencialmente más amenazadoras, sobre todo las que el propio
hombre denomina como objetivos de la tecnología, y son
precisamente aquellas que llaman la atención por las reales
posibilidades de transformar, irreversiblemente, el entorno humano
a mediano o largo plazo.
Y
es que en la sociedad del conocimiento, de las tecnologías de la
información y la comunicación, de la biotecnología, de nuevos
materiales y de otras nuevas tecnologías en que los problemas
ligados a la regulación social muestran a la tecnología como una
nueva forma de control y manipulación que no pueden dejar de ser
considerados por su atractivo como métodos de control social,
como expresión de la globalización, toda vez que a partir la
mediación tecnológica se
conciben y diseñan
novedosas y sutiles formas y estrategias de información que
ocultan los modos de producción
ideológica multinacionales.
Tales
contradicciones ponen en entredicho la naturaleza misma del papel
del hombre dentro del sistema que él ha creado. Un sistema donde
interactúan la ciencia, la técnica y la política.
Antes
se pensaba que la ciencia era en sí misma buena, la técnica
ambivalente y la política mala. Hoy no hay separaciones de valor
entre ellas. Son las facetas de una misma realidad que llamamos
"tecnociencia". Ni la técnica está separada de la
ciencia, ni la ciencia es un puro juego de laboratorio, ni ambas
están exentas de la política. La ciencia es la búsqueda de
verdades objetivas en diferentes órdenes de la vida; la técnica
es un conjunto de procedimientos mentales -conocimientos- y
materiales -instrumentos- que sirve para hacer realizable lo que
es imaginable (es "ambivalente" según lo que realiza
sea de provecho o no
para la humanidad), mientras que la política es el conjunto de
criterios y decisiones que rigen el gobierno de la acción pública.
En
sus evoluciones y en sus interacciones, ciencia, técnica y política
se han interpenetrado y se han relativizado. Hay una ciencia
"mala", que es el cientificismo dogmático. Una técnica
que se convierte en un poder: la tecnocracia. Un sistema político
mejor: la democracia. Así, los antiguos valores cambian de signo:
de positivo a negativo y a la inversa. Todos son ambivalentes.
5.-
La información como sustancia del conocimiento científico
Con
el surgimiento de la sociedad de la información también emerge
un nuevo elemento substancial en el orden científico, tecnológico,
político, social y cultural que se conoce como la comunicación/información:
flujo y soporte al mismo tiempo. Una cosa es este último, es
decir, los productos de la tecnología, esos maravillosos
instrumentos como los ordenadores, la fibra óptica y las
superautopistas de telecomunicaciones; y otra cuestión diferente
es el tráfico de contenidos que por ellas circula. De este tráfico,
llamado información, hemos tomado conciencia hace apenas 50 años.
Este término, cuyo sentido corriente es sinónimo de
"noticia" o de mensaje, ha sido transformado por
Shannon, quien le dio un sentido preciso expresando matemáticamente
la "cantidad de información" transmitida por un
mensaje. "La información es información, no es materia ni
energía", escribió Norbert Wiener (1961), fundador de la
cibernética. La información es el contenido útil del mensaje;
por eso es, al propio tiempo, conocimiento y competencia de las
políticas culturales.
Mientras
que, desde la tradición
teórica de la Escuela de Frankfurt se puede insistir en que la
industria cultural se presenta como una manifestación concreta de
la globalización, expresada en su impacto sociocultural y
comunicacional, que directa o indirectamente está relacionado con
la presencia de las tecnologías en telecomunicacionales, Internet
y los satélites, a escala planetaria
(Hernandez, 2002), puesto que la industria cultural tiene en sus
manos el poder técnico y económico, así como
la capacidad para
reproducir técnicamente sus productos culturales.
En
ambientes socialmente comprometidos, raramente se asume el devenir
de la ciencia y de la técnica como positivo. En esta época esto
se traduce en rechazo y desconfianza a eso que los periodistas y
políticos llaman las nuevas tecnologías de la información. Es
una reacción frente al optimismo exagerado del interés
neoliberal, que sostiene que este devenir, llamado progreso,
conduce a una mejora global, tanto en lo relativo a la humanidad
en sí misma como a la naturaleza en conjunto.
En
los inicios de la industrialización, el liberalismo descubrió en
la novedad tecnocientífica su auténtica alma. Es un modo de
hablar, pero el primer silbato de una máquina de vapor fue para
el capital el disparo de salida, el comienzo de la carrera frenética
para producir más y mejor, como nueva vía de enriquecimiento.
La
tecnociencia no es mala en sí misma: el problema es el ambiente
en el que se desarrolla. La tecnociencia no promociona por sí
misma la lucha y la competencia, no genera por sí sola abismos
entre ricos y pobres, no crea por sí sola conflictos éticos. Es
la ética basada en la competencia, una burda concepción de la
felicidad, la que manipula, financia y orienta la tecnociencia.
Confundidos
por la dimensión y alcance del cambio tecnológico, la cultura y
el pensamiento de nuestro tiempo abrazan un nuevo milenarismo. Los
profestas de la tecnología predican una nueva era, extrapolando a
las tendencias y formas de organización social la lógica
apenas comprendida de los computadores. La cultura y la
teoría postmodernas se recrean en celebrar el fin de la historia,
y en cierta medida el fin de la razón, rindiendo nuestra
capacidad de comprender y encontrar sentido, incluso a la asunción
implícita de la individualización y
la impotencia de la sociedad para actuar sobre su destino.
La
tecnociencia no decide sus propios objetivos. Es la sociedad la
que se los induce. Por ello hay que luchar primero para que la
sociedad se mueva según la ética del apoyo mutuo. La crítica
sistemática del método científico, cuyos límites son bien
conocidos y aceptados por la comunidad científica, y el rechazo a
la innovación técnica suelen provenir del miedo, de la
incapacidad de cambio, del conservadurismo. Mientras la sociedad
cambia, el investigador consciente del matíz que toman las cosas
y de las fuerzas que orientan su trabajo deberá iniciar la búsqueda
de nuevos horizontes, de una nueva racionalidad científica, que
primordialmente tome en cuenta
la diversidad, la complejidad, la alteridad con la idea de
construir los principios éticos de su propio quehacer.
En
este sentido, Manuel Castells (2001) se opone al nihilismo
intelectual, al escepticismo social y al cinismo político, y
confia en la racionalidad y la posibilidad de apelar a la razón
como forma de encontrarle sentido a la acción social
significativa, sin que nos veamos arrastrados por las utopías
aboslutas, y propone que todas las tendencias de cambio que
constituyen un nuevo y confuso mundo están relacionadas y que
podemos adjudicarles sentido a esa interacción.
En
efecto, el dilema del determinismo tecnológico posiblemente es un
falso problema, según lo afirma Kranzberg (1992), puesto que
la tecnología es un producto de la sociedad, y ésta no
puede ser comprendida o representada
sin sus herramientas técnicas.
5.1.-
Las tecnologías de la Información y la Comunicación
A
partir de la década de los años setenta comenzó a configurarse
un nuevo paradigma tecnológico en torno a la introducción, uso y
transformación de las TIC, en interacción con la economía
global y a la geopolítica mundial al materializar nuevas formas
de producir, comunicar, gestionar y vivir.
No
obstante, sí la sociedad no controla la tecnología, por lo menos
debería orientar su desarrollo, sobre todo a través del consenso
entre los principales actores políticos, tanto locales como
internacionales, hacia un proceso capaz de cambiar el curso de las
economías en función del
bienestar común. En
efecto, la presencia o ausencia de capacidad de las naciones para
regular el cambio tecnológico definen en buena medida su
porvenir, puesto que las tecnologías representan la posibilidad
de las sociedades para transformarse, así como los usos que
deciden hacer de su haber tecnológico.
Las
tecnologías de la información están integrando al mundo en
redes globales y globalizantes de instrumentalidad. La comunicación
a través de interfaces telemáticas engendra un vasto despliegue
de comunidades virtuales. Sin embargo, la tendencia social y política
característica de finales del siglo XX apuntó hacia la
construcción de la acción social y política en torno a la
configuración de identidades primarias en busca de significados.
Si
se entiende que la identidad es un proceso mediante el que un
actor social se reconoce a sí mismo y construye sentidos en
virtud de ciertos y determinados atributos culturales.
Este proceso, de hecho, representa la exclusión
de referencias más amplias y gregarias, dejando paso a la
identidad como paradigma organizacional y comunicacional.
La
noción de paradigma tecnológico ayuda a organizar la esencia del
cambio en su
interacción con la economía y la sociedad (Pérez, 1983),
tomando en su conjunto los rasgos que constituyen el núcleo de
las TIC, como pilar de la sociedad de la información, que se
caracteriza porque son tecnologías que actúan sobre la información,
y no sólo información para actuar sobre las tecnologías como
era el caso de las revoluciones técnicas previas. También
representan una parte integral de todo comportamiento humano,
tanto individual como social, determinado por el medio tecnológico.
La
morfología de estas interconexiones encierra una lógica que
afecta todo sistema o conjunto de relaciones que se establecen a
través del uso de las TIC, necesaria para estructurar y darle
sentido a lo no estructurado aún, mientras se preserva su
flexibilidad, ya que
lo no estructurado representa la fuerza innovadora de la actividad
humana.
El
paradigma de las tecnologías de la información está basado en
la flexibilidad, pues, los procesos no son sólo reversibles, sino
que pueden modificarse e
incluso alterarse de forma ireversible, mediante el reordenamiento
de sus componentes. Lo que es determinante en la configuración de
este paradigma es la capacidad
para proponer variadas configuraciones, y constituye un
rasgo decisivo en una sociedad marcada por el constante cambio y
la fluidez organizativa.
Sin
embargo, se debe evitar un juicio valorativo asociado a este
aspecto del cambio tecnológico, ya que el principio de
flexibilidad puede ser una fuerza liberadora, pero también
representa una amenaza represiva si quienes reescriben las leyes
son siempre los mismo poderes.
Así
pues, es menester guardar cierta distancia entre la afirmación de
nuevas formas y proceso sociales propiciados por el uso de las TIC
y las consecuencias de exagerar las potencialidades de tales
desarrollo para la socieda, señala Mulgan (1991) , quien agrega
que sólo los análisis específicos y la observación empírica
serán capaces de determinar el resultado de la interacción entre
las TIC y las formas sociales emergentes.
Desde
una óptica distinta, centrada en la comprensión de las
complejidades, la simplicidad y el reconocimiento de la diversidad
se están realizando esfuerzos para localizar un espacio común
para la ciencia, la técnica y las tecnologías en la era del
conocimiento. Esta postura parece excluir todo marco integrador y
sistemático, ya que el pensamiento sobre la complejidad se
plantea como una herramienta para entender la diversidad, en vez
de proponerse como una metateoría unificada. Su valor epistemológico
reside en el reconocimiento del don de la naturaleza y de la
sociedad para descubrir cosas sin proponerselo. No es que no
existan reglas, sino que éstas son creadas y cambiadas en un
proceso constante de acciones deliberadas e interacciones únicas.
De
este modo la dimensión social del cambio tecnológico está
obligada a mantener la relación
propuesta por Kranzberg (1985) en el sentido de que la
tecnología no es buena, no es mala, ni tampoco neutra, es una
fuerza que penetra la
esencia de la vida y la mente, pero su efecto social responde
aún a la razón tecnocientífica y sus
mecanismos de control y expansión.
5.2.-
Internet: ¿prodigio de la era del conocimiento?
A
través de su historia, Internet, ha demostrado su capacidad para
transformarse y adecuarse a las múltiples necesidades de la
sociedad contemporánea, sobre todo aquellas relacionadas con la
satisfacción de necesidades de información y comunicación, en
virtud de que permanentemente
se desarrollan innovaciones y en consecuencia nuevas y mejoradas
herramientas de comunicaciones, introduciendo, así, novedosas
formas y prácticas comunicacionales que constantemente están
modificando sus funciones contribuyendo a reconfigurar la dinámica
informativa gubernamental, empresarial, cultural, educativa,
por tanto la apreciación que se tiene de su acción científico-técnica
sobre la sociedad. A esto no escapa
la industria informativa, ya que las aplicaciones de la red
de redes contribuyen a imponer
la convergencia técnica
que el uso de la Internet supone sobre la industria, los medios de
comunicación de masas, y en definitiva sobre la “industria
cultural” globalizada.
A
juicio de los investigadores
Octavio Islas y Fernando Gutiérrez (2003: 6), “el
formidable desarrollo de Internet como
medio de comunicación
inteligente todavía se encuentra inmerso en la exploración
y la experimentación, situación que le permite ajustarse a las
imaginativas exigencias de información, entretenimiento y consumo
de productos y servicios de más de 500 millones de usuarios en el
mundo”. Además, definen a la Internet como una compleja
innovación tecnológica abierta y acumulativa, a partir de la
cual los propios usuarios han producido e incorporado una gran
cantidad de aplicaciones y contenidos, rompiendo los modos
tradicionales de
percibir a las instituciones sociales que hasta entonces han
monopolizado el flujo de contenidos de interés para la sociedad
como la familia, el
gobierno, la iglesia, los partidos polÌticos, las instituciones
educativas y, por supuesto los medios de difusión masiva
convencionales (Islas y Gutiérrez, 2003).
Pero
muchos estudios e investigaciones sobre
los prodigios técnicos y científicos de Internet se
limitan a discutir aspectos relacionados
con sus beneficios y bondades, dejando de lado las implicaciones
éticas y sociales de su introducción, uso y modificación, sobre
todo en contextos como el latinoamericano, cuyos países tienen
muy pocas oportunidades de reducir y superar la brecha
tecnológica que los distancia de otras naciones con mayor
desarrollo tecnológico.
A
este respecto los investigadores venezolanos, Migdalia Pineda,
Johann Pirelas y Merlyn Lossada
(2000), señalan que la globalización es entendida, casi
unilateralmente, como una dimensión financiera, que además de
reorden las relaciones económicas, también incide en las políticas
de los estado, las políticas sociales y culturales, que agregadas
a los proceso s de integración económica evidencian un
recrudecimiento de las asimetrías y exclusiones socioculturales,
lo cual plantea escenarios complejos
expresados en un
espacio marcado por conflictos y tensiones entre la cultura
globalizada y las nacionales y locales. De modo que la concepción
de globalización deberá proponer alternativas conceptuales como
globalidad, propuesta
por autores como Moneta(citado
por Pineda et. al, 2000), y mundialización (Mattelart, citado por
Pineda et. al, 2000), para
quienes la globalidad incluye
las múltiples relaciones en
que la sociedad adquiere características de pluralidad y
diferencia, mas que de integración económica, mientras que la
mundialización propone un sentido más cultural que atienda las
dimensiones socioculturales locales, con el fin de configurar un
espacio-mundo caracterizado por la presencia de múltiples formas
de relacionamiento social.
La
conformación de ese espacio-mundo deberá
pasar, entonces, por tomar en consideración aspectos más
puntuales del comportamiento humano en su relación con el entorno
global, atendiendo a
las implicaciones de un mundo complejo, donde están presentes la
tolerancia, la diversidad, la otredad, la alteridad
y tomar distancia de la concepción
determinista del quehacer científico que hasta ahora ha
marcado el rumbo de las decisiones
políticas, económicas científicas, tecnológicas,
culturales y sociales de nuestro tiempo.
En
la era de la información y de las Tecnologías de la Información
y la Comunicación, lo social representa un rol de importancia
capital cargado de un potencial subjetivo que coloca al hombre
contemporáneo en un espacio globalizado poco tranquilo, lleno de
contradicciones, de asimetrías y penetrado no solo por las
relaciones económicas
y comerciales (Pineda, et
al, 2000).
Consideraciones
finales
La
reflexión sobre temas como la pertinencia de una nueva ética a
partir de la impronta de los prodigios tecnológicos tendrá que
apuntar su mirada hacia la evolución de la técnica y sus
reflejos en la cultura, la sociedad y el hombre, incluso a nivel
de las alteraciones producidas en sus propias estructuras de
significación.
También
es preciso analizar cuáles son y
cuáles serán los efectos de la acción técnica sobre el
hombre, en virtud de que éste y la naturaleza
se han convertido en objetos de la tecnociencia, así como
la necesidad de construir nuevos parámetros éticos para
responder a nuevos y desmesurados poderes técnicos que el
hombre posee y que ha creado.
A
partir de estas premisas es de suponer que la ética contemporánea
deberá atender la necesidad de convivencia, así como remarcar el
carácter universal de quienes en estos momentos sobrevivimos, o
en el mejor de los casos coexistimos, junto a las demás especies
y el cosmo.
En
un mundo como éste, de cambios incontrolados y confusos, la gente
tiende a reagurparse en torno a identidades primarias, como la
religión, posiciones étnicas, territoriales o nacionalistas,
donde los flujos globalizantes de riqueza, poder e imágenes, la búsqueda
de la identidad, colectiva o individual, se convierte en la fuente
fundamental de significación social.
No
obstante, la identidad se está convirtiendo en la principal, y a
veces única, fuente de significados en un periodo histórico
caracterizado por una amplia desestructuración de las
organizaciones, deslegitimación de las instituciones, desaparición
de los principales movimientos y actores sociales y expresiones
culturales efímeras. Es cada vez más habitual que la gente no
organice sus significados en torno a lo que hace, sino por lo que
es o cree ser. En esta condición de esquizofrenia estructural,
como señala Catells (2001)entre función y significado, las
pautas de la comunicación social, se someten a una tensión
mayor. Y cuando la comunicación se rompe, cuando deja de existir,
ni siquiera en forma de comunicación conflictiva, los grupos
sociales y los individuos se alinean unos de otros y ven en el
otro a un extraño, y al final como una amenaza. En este proceso,
la fragmentación social se extiende, ya que las identidades se
vuelven más específicas y aumenta la dificultad de compartir
significados.
Finalmente,
Internet se postula como una herramienta tecnológica que aporta
soluciones técnicas para un sociedad que deberá
apuntar esfuerzos para acortar las diferencias, las asimetrías
y diversas formas de exclusión social y cultural, ya que éstas
no serán resueltas
con salidas económicas y financieras, ni con decretar la democratización de la información y el conocimiento,
sino atendiendo las especificidades
y características propias y particulares de lo local y lo
nacional, en definitiva abordar el estudio de
sus implicaciones éticas y sociales desde la perspectiva
de una nueva racionalidad comunicacional.
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