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Estudiantes
espectadores y constructores
Jerónimo
León Rivera Betancur
Comunicador
Social Periodista de la Universidad de Antioquia, Altos Estudios
en Dirección Escénica para Cine y Televisión (EICTV Cuba), Magíster
en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana.
John
Jaime Osorio Osorio
Comunicador
Social Periodista y Especialista en Periodismo Investigativo de la
Universidad de Antioquia, Magíster
en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana.
Uriel
Hernando Sánchez Zuluaga
Comunicador
Social Periodista de la Universidad de Antioquia, Especialista en
Gerencia de la Universidad pontificia Bolivariana y Magíster en
Educación de la Pontificia
Universidad Javeriana.
“Las
imágenes hablan por sí solas” y “una imagen vale más que
mil palabras” son algunas de las ideas más frecuentes cuando se
trata de definir la relación que existe entre el espectador y la
imagen que mira. Esta
visión ha sido revisada e incluso refutada por autores como
Jacques Aumont, que en su libro La Imagen
pondera el papel de la imagen en sí misma, pero reivindica el
papel del espectador como un ser pensante que no se limita a
recibir mensajes y, simplemente, decodificarlos.
Históricamente,
se ha considerado espectador a quien asiste a un espectáculo y,
de manera más general, a quien mira. Cuando el espectador tiene
la oportunidad de mirar, se hace consciente también de que puede
ser mirado y de que en lo que mira también puede verse a sí
mismo. No es
gratuito, por tanto, que la palabra espectáculo que viene del latín
spectarum tenga la misma raíz etimológica del término espejo.
El
espectador es un sujeto activo en el proceso de la comunicación
mediática y a pesar de que quien propone la imagen sugiere un
sentido a partir de la construcción que realiza, es el espectador
con sus experiencias, emociones y conocimientos, quien la dota de
sentido a partir de su propia subjetividad.
La
institución educativa, por su parte, asume que todo estudiante
posee características propias de un perceptor, entendiendo de
acuerdo al término que no sólo recibe, si no que además
comprende un mensaje. La calidad de alumno sumerge a los sujetos
en un proceso de aprendizaje, que en buenas condiciones, los lleva
a percibir, pero al mismo tiempo los hace construir, componer y
organizar su mundo.
Un
alumno, de acuerdo a la concepción inicial del término, es quien
es alimentado (alere) o asume el rol de hijo adoptivo (alumnus).
Es claro entonces que el alumno recibe el alimento de la
enseñanza para transformarlo y digerirlo gracias al aprendizaje,
pero sería ingenuo pensar que su único alimentador es el
docente, pues el conjunto de nutrientes (y de desperdicios) lo
obtiene de muchas fuentes, entre ellas una de las más importantes
es la de los medios de comunicación audiovisual.
Siendo
así y, particularmente, desde la utilización de la imagen
audiovisual en el aula, podemos comprender al estudiante como un
espectador. Pero será igualmente necesario despojarnos de la idea
preconcebida del espectador como un sujeto receptor, pasivo; muy
al contrario, debemos entrar en su concepción como co-autor,
reconstructor y conformador de una obra. El espectador es un
hacedor; y si bien construye sobre la oferta de otro, no es menos
cierto que arma un rompecabezas con su propia concepción del
mundo, sus personales perspectivas y sus procesos de aprendizaje o
asimilación. El espectador es también un constructor de la obra
que percibe y a través de ella se construye a sí mismo.
Asumir
al estudiante como espectador es ir más allá de pensarlo como
mero receptor. La recepción implica el punto de llegada, la función
antena, la posibilidad de recibir. De otra parte, la función del
perceptor es más amplia, menos cercana a la máquina y más
compenetrada con el ser humano y sus cinco sentidos en acción de
asimilación y aprehensión del mundo; además, lleva de modo implícito
a la elaboración mental, al análisis y la síntesis para que
finalmente el sujeto convierta la información del exterior en
procesos mentales que le permitan interiorizar y transformar
conocimiento.
La
percepción, es pues, fundamento del espectador y sin embargo, de
un modo aun más profundo, con la elaboración mental el
espectador moderno es parte de la construcción de la obra, del
mensaje, del espectáculo. En una lectura estructural del mensaje
percibido, el espectador decodifica, entiende, comprende y
posteriormente reconstruye los elementos presentes en la imagen
generando un proceso de análisis abordado desde múltiples
perspectivas que le permitirá llegar a la interpretación, añadiendo
sus experiencias y conocimientos para dar sentido a lo que ha
visto.
Si
el estudiante es un espectador es también un buscador de espectáculo
o por lo menos un asistente a él. Es preciso, entonces, cargar de
significación la idea de espectáculo, particularmente desde la
imagen al servicio de la educación en las aulas y a través de
las didácticas. No puede ponerse en duda, que al asistir y
participar de una clase en la cual se utiliza la imagen como
mediación, el estudiante es parte de un espectáculo, que se
inscribe en la modernidad –quizás posmodernidad- como opción
nueva de formación.
Un
espectáculo es una función o diversión pública celebrada en un
teatro, en un circo o en cualquier otro edificio o lugar en que se
congrega la gente para presenciarla. Es también un conjunto de
actividades profesionales relacionadas con esta diversión. En
esta acepción el espectáculo se observa, se presencia. Al espectáculo
se asiste, se va, el espectáculo se espera, y como tal es la
posibilidad del sujeto pasivo que espera para ver; espera lo que
le ofrecen, aquello que le dan o le muestran. El espectáculo,
además, se reviste de diversión pero sin interés alguno por la
formación o el cultivo de otras bondades del asistente.
Pero
otro significado de la palabra espectáculo nos dice que es la
cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación espiritual y
es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole
deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o
nobles.
Este último significado de espectáculo resulta más cercano al
aula, a la puesta en escena que se presenta cuando estudiante y
maestro dan nacimiento al encuentro pedagógico como trabajo en el
aula o clase. Se trata de un espacio que atrae la atención y
mueve el ánimo, y a la vez propicia la contemplación espiritual.
Y la acepción de espectador aquí presentada reclama la atención
del sujeto, con lo cual el espectador es mucho más que el
asistente a espectáculos públicos: es un sujeto que se concentra
y cifra su atención en un objeto de interés; por lo tanto busca,
anhela, se entrega a dicho objeto por un lapso. Entre el
espectador que pone atención y el espectáculo como contemplación
espiritual que genera afectos vivos o nobles, se encuentra el
estudiante como espectador y constructor a través de la imagen.
Para
los estudiantes de hoy el placer y el espectáculo parecen ir de
la mano. Los tiempos actuales –de la imagen, según muchos teóricos-
son también tiempos del hedonismo (tema que merece un abordaje
aparte). Y en medio de todo esto, aparece el espectáculo como
oportunidad y el espectador como educando, como discente que se
refugia en las tendencias de su época para instruirse. Para el
estudiante la imagen audiovisual en el aula, y aun más, fuera de
ella, implica un acercamiento a la diversión y un gusto; aunque
seguramente también lo asume como un acercamiento a la facilidad
pasiva sin mayores esfuerzos lectores o constructores. Sin
embargo, esto no implica que no haga sus propias, voluntarias o
involuntarias construcciones mentales al ejercer la función de
estudiante como espectador.
En
esta línea conceptual debe rescatarse también la relación entre
espectáculo y fiesta, que a su vez, mantienen elementos comunes
con el rito y la celebración. Se trata de una relación armoniosa
y profunda en la construcción del espectador, pero en su
constitución educativa es preciso diferenciar fiesta y espectáculo.
La fiesta se encamina a la celebración y la ruptura momentánea
de los ordenes; mientras que el espectáculo valora la puesta en
escena, el ofrecimiento a la vista y a los sentidos.
Muy
al contrario esta relación erige la posibilidad de la socialización
como proceso formador y su disfrute como acto educativo. Al señalar
este mismo peligro Bettetini afirma que: “como la fiesta del
espectáculo ha sido sustituida por la espectacularización
indiferenciada de la feria, así el espectador de los medios
atribuye características festivas a su consumo; pero se trata de
una fiesta que renuncia programáticamente a la instancia
comunitaria y que se resuelve en la gratificación de una clausura
individualista; una fiesta solitaria, más cerca de la evasión o
del viaje de la sobredosis que a cualquier forma de ritual
implicador, religioso o seglar”.
Para este autor las festividades se han transformado en difusión
de conocimientos sin finalidad y homogeneizados por el consumo;
además, plantea que el conocimiento mismo se ha transformado en
presupuesto de poder, económicamente cuantificable y rentable.
Se
plantea de este modo, un espectáculo en su dimensión de
divertimento, pero elevando su función educadora. No pretende
este texto caer en la salida facilista de tomar el espectáculo
vacuo como reemplazo de la responsabilidad educativa y formativa
que implica la búsqueda de los postulados pedagógicos. La
recepción del espectáculo se asume como puesta en escena para el
enriquecimiento de los participantes y su celebración festiva,
como encuentro ritual a favor del conocimiento, como elaboración
colectiva para el aprendizaje, encuentro de propuestas del modo
seductor que la mente humano aprecia a través de su curiosidad,
la misma que lleva a la investigación y al conocimiento. Así, el
conocimiento es alegría, fiesta y el espectáculo es celebración
que la posibilita: “Tradicionalmente, la noción de espectáculo
ha estado siempre acompañada de la fiesta. Ha sido siempre la
instancia festiva, la motivadora de las ocasiones del espectáculo;
al mismo tiempo, la manifestación espectacular ha sido siempre
vista como una ocasión de fiesta. La raíz
terminológica ‘fast’, de la que se puede hacer derivar
la dicción ‘fiesta’, se refiere a los actos lícitos
consagrados por lo divino, y se contrapone a ‘ius’ y a
‘mos’, donde lo lícito está justificado, respectivamente,
por la institución política y por las costumbres, por la tradición
ética.”
Bettetini
plantea que “desde el teatro del renacimiento hasta el
socialista, del barroco al de la vanguardia histórica, todas las
manifestaciones escénicas que se han sucedido sobre el escenario
del mundo han sido siempre proyectadas y vividas como ocasiones de
fiesta”.
Y completa este autor con una idea más cercana a los
audiovisuales: “también el cine se había constituido como un
lugar nuevo de festividad social, del consenso colectivo en la
excepcionalidad de una ocasión lúdica, del rito de iniciación
de una imaginería de masas, legitimada y asumida por todos…”
La
educación, sin embargo, ha sido casi lo diametralmente opuesto.
Esta idea, no obstante, contradice la evidencia de que la
clase puede ser una acción teatral, una puesta en escena y así
se reviste, en mayor o menor medida, de espectáculo.
Como
puesta en escena, acción teatral y espectáculo para la observación
que genera afectos vivos y nobles, la clase y en ella la proyección
de la imagen audiovisual en el aula, exigen del estudiante la
activa participación como espectador.
Esto
quiere decir que se concentra en un objeto que atrae su atención
para mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor. De
otra parte, exige del docente la tarea del maestro…y también la
del maestro de ceremonias, el actor, el que dirige y pone en
escena, el que seduce con sus conocimientos y a la vez permite que
el estudiante se luzca en su propia actuación, en su puesta en
escena, para que todos juntos construyan la obra. Cabe recordar de
nuevo con Bettetini que “en la Edad Media al director de la
sacra representación se le llamaba ‘festero’; los
coordinadores de los espectáculos eran festivamente definidos
como ‘Meneur de Jeux’, ‘Regens Ludi, ‘Magister Ludi’;
después llegaron el ‘jefe de los cómicos’, el director artístico,
el ‘director’. Hoy en el teatro, en el cine y en la televisión
ya no se hace fiesta, ya no se juega, sino que se produce: y quien
tiene lo hilos del entramado es un consejo de administración, un
comité político de gerentes, un manager, un centro de
marketing”.
A esto sólo queda que el espectáculo encuentre en el
conocimiento, en la pedagogía y en la didáctica su verdadera
función al servicio de la educación.
LA
RUTINIZACIÓN MATA AL ESPECTACULO
El
discurso de los medios es dinámico, seductor, siempre contemporáneo,
y actualmente rítmico, sonoro, exótico. Es una permanente puesta
en escena de miles de rostros y palabras. Los medios son polifacéticos,
múltiples, contrastados y contrastadores. Adormecen y alucinan
hasta hacer creer que sólo dentro y a través de ellos se
encuentra la realidad. Es la locuacidad de los medios la que los
convierte en lo que son para sus espectadores.
Siendo
así, el estudiante está sometido a un discurso impositivo y
avasallador propio de la dinámica de los mass media: la pantalla
es la única que habla, que muestra, que ofrece, y a ésta no se
le puede contestar, no se le puede rebatir, ni siquiera se le
puede preguntar y aun sí se hiciese sería igual que no hacerlo,
no pasaría nada, no pasa nada, nadie escucha, son una canal de
una sola vía. Los medios audiovisuales –y en general podría
decirse que la totalidad los medios masivos de comunicación- son
dictadores, impositivos. Frente a su poder hay muy pocas
alternativas para el perceptor, quizás la de cambiar el canal es
una de ellas, y aun así, esto no lo equipara frente al medio y su
avasalladora univocidad. No hay interlocución, no existe en términos
equitativos un diálogo, una verdadera interacción comunicativa.
Para
algunos teóricos modernos, la comunicación ha dejado atrás la
influencia de los clásicos modelos de comunicación con los
cuales se inició la investigación en la comunicación de masas,
particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. Aun así, y
en circunstancias como las actuales, es imposible negar la
evidente dominación de los medios sobre el sujeto, la determinación
de su impacto y la puesta en marcha de los modelos más ortodoxos
de las teorías de comunicación en una vía.
La
teoría hipodérmica – inicialmente expuesta para la propaganda
y la persuasión- contempla uno de los modelos a través de los cuáles
es posible explicar la posición de dominación del medio sobre el
sujeto y la escasa defensa que éste tiene frente al primero. La
idea de una aguja hipodérmica remite a la inoculación, inyección,
y por supuesto al concepto de flujo en una sola vía, un solo
camino, sólo una dirección. La hipodérmica atraviesa, penetra
en la piel, descarga un contenido en el interior de las membranas
vivas del sujeto, bajo la dermis, en el músculo o en su sangre.
Tiene la posibilidad de entrar, penetrar, apenas sí hiere
levemente la piel, deja mínimas marcas de intromisión, no
natura, en el cuerpo. Esta aguja tiene la posibilidad de
introducir en el sujeto una información y generar cambios en el
funcionamiento del sistema receptor.
La
hipodérmica es un conducto minúsculo y en un solo sentido; la
presión ejercida al oprimir el émbolo de la jeringa, que se
desliza por un cañoncillo, hace que un líquido salga a través
del conducto de la aguja y se introduzca en el cuerpo del
receptor. La aguja
hipodérmica se halla, pues, conexa con un sistema completo que le
ofrece la jeringa. Son un sistema, un conjunto funcional de un
proceso que alguien ha puesto en marcha para la jeringación de
algo, es decir, para introducir algo en el sujeto, sin que esto
pueda devolverse o regresar por el mismo camino.
Pero
la hipodérmica puede utilizarse también para absorber o extraer
y, aun así, es de un solo sentido y quien determina la utilización
del sistema define su circulación en una u otra dirección según
las necesidades del caso. Así mismo, es comprensible que el
sujeto receptor presente una respuesta a la inoculación. Esto
significa que su organismo responde al efecto del líquido (¿medicina?)
que se le ha inyectado. En cualquier caso, se trata de un efecto
previsto por quien inyecta con la hipodérmica.
Tomando
las palabras de autores como Mauro Wolf cuando explica,
justamente, la teoría hipodérmica es posible hacerse a una idea
más clara sobre la anarquía de los medios: “La postura
sostenida por dicho modelo se puede sintetizar con la afirmación
de que ‘cada miembro del público de masas es personal y
directamente atacada por el mensaje”.
Nótese que Wolf hace referencia a un ataque de los medios hacia
el receptor. La expresión viene del Latín attacare (battaglia
– comenzar la batalla) que en su primera acepción quiere decir
acometer, embestir con ánimo de causar daño; y quiere decir
también emprender una ofensiva y decidirse a una acción. Pero la
expresión deriva también –según lo dice el DRAE- de la
expresión árabe tákka (del árabe clásico thika: cinta para
ajustar una prenda) y traduce atar, abrochar, ajustar al cuerpo
cualquier pieza del vestido que lo requiere. De este modo, los
medios, acometen acciones contra el individuo, lo atacan, lo
afectan, y de igual modo, lo atan, lo abrochan, ajustan a su
cuerpo sus propios mensajes, lo que ellos han definido sujetarle
como ropas.
La
televisión experimenta, igualmente, un proceso de
des-espectacularización, de rutinización, que ha llevado a que
no sea ya un espectáculo (entendido como acontecimiento), si no
un acto de la vida cotidiana emitido por el aparato televisor, que
hace mucho tiempo se convirtió en un mueble más de la casa,
parte del decorado. Según
Giovanni Bechelloni, la televisión rutinizada ya no es el lugar
del espectáculo, salvo ocasionalmente, “la televisión
rutinizada se transforma en lenguaje con el que se habla, se nos
representa la sociedad”.
Según
este autor, los estudios sobre audiencias en televisión han caído
en un fatal error al intentar domesticar el fenómeno, asumiendo
la televisión como un espectáculo y no como lo que en muchas
ocasiones es, un acto cotidiano sin referentes externos para su análisis,
una ventana a los ruidos de la calle. En otras palabras, la
rutinización del espectáculo mata al espectáculo como
acontecimiento.
Los
medios actúan pues como un discurso avasallador y una aguja hipodérmica.
Su mensaje se convierte en una inoculación a la cual el sujeto
apenas si puede resistirse huyendo de los mismos; pero con la
seguridad de que al estar expuesto será inyectado. Los medios
arrojan sutilmente su carga, y su mensaje es de un solo sentido
hacia el receptor. “Los medios elaboran discursos aplastantes en
los que no se ha terminado de analizar una imagen o un texto
cuando ya aparece otro. Es un discurso anárquico, pues aun cuando
no estamos de acuerdo con lo que dice, seguimos mirando la
pantalla”.
De ahí, tal vez, la poca capacidad de discusión
argumentativa del alumno en clase.
¿CULTURA
DE LA IMAGEN?
Más
allá de los modelos de una sola vía, los estudiantes están
sometidos a un peligro mayor del que implican los medios como
aguja hipodérmica. Además de contenido y calidad, se advierte el
problema de la cantidad y la sistematicidad. Hoy en día, los
estudiantes observan y perciben mayor cantidad de imágenes de las
que recibieron los estudiantes de dos o tres generaciones atrás.
De allí que reiteradamente escuchamos a teóricos de áreas como
la antropología y la educación hablar de “cultura de la
imagen”, un sonoro y sugestivo nombre con el cual han querido,
desde estas y otras ciencias, encasillar las heterogéneas
generaciones de jóvenes nacidos en las décadas de los 80 y los
90.
La
imagen, según Aumont, se construye, es un proceso del observador.
De allí que se pueda afirmar que el estudiante moderno construye
imágenes de sí mismo y de su mundo. Un espectador observa, pero
al mismo tiempo es constructor de su observación; recibe, pero de
igual manera selecciona; aprehende, y en la misma medida suelta,
deja; recoge, pero olvida y desecha. Un espectador es un crítico,
está siempre esperando por algo más y se permite dudar de lo que
ha recibido. El estudiante de hoy percibe y aprende, pero así
mismo organiza y construye como espectador.
Esas
características son producto de una exposición permanente a
millones y millones de imágenes. Una sobre–exposición,
resultado del contacto con medios como la televisión, el cine y
la Internet, que aleccionan a los estudiantes de las actuales
generaciones, al ejercer sobre ellos una especie de alfabetización,
o por lo menos un acostumbramiento a lo que podríamos denominar
los modos de la imagen y que, a la vez, obliga a los docentes a
tratar de comprender la alta velocidad de los procesos de captación,
asimilación e interpretación con los que crecen los alumnos.
Esto
no quiere que decir que los jóvenes de hoy sean más o menos
racionales o interpretativos que los de las generaciones que les
antecedieron: simplemente su manera de ver el mundo obedece a parámetros
diferentes. Para ellos, el ritmo de vida y el estilo de hacer las
cosas es tan fugaz y veloz como las imágenes que a diario reciben
a través de los medios. Esto, igualmente habla de una tendencia a
lo efímero, lógica consecuencia de dichas fugacidad y velocidad.
Así, el ejercicio intelectual por tratar de entender esa dinámica
y particularmente esas imágenes, es lo único que le permite a
los docentes conocer y comprender mejor por qué éstas influyen
tan poderosamente en las opiniones, en las reflexiones y en las
informaciones que posee el estudiante moderno sobre el mundo.
Cuanto
más expuesto a la imagen se encuentra sujeto, más alfabetizado
está por ella, más aconductado, es más preso del
acostumbramiento. Y en tal medida, no sólo contará con un
repertorio mayor de imágenes para filtrar su visión del mundo;
sino que más necesitado estará de un lenguaje y de unos procesos
de socialización sumados al modo de la imagen. El estudiante de
las actuales generaciones quisiera, a veces, contar con un control
remoto para pasar el canal en medio de la clase: cambiar de tema,
de ritmo, de musicalización, de tono, de voz, de colores, de
argumentos.
Si
resulta discutible que estos sean los tiempos de una cultura de la
imagen, es más evidente decir que son, por lo menos, los días
del imperio de la imagen. Ésta ha demostrado, con asiento en los
dispositivos audiovisuales, su capacidad de transgresión, de
intromisión y de penetración. Cada rincón, cada cuarto, cada
calle, han sido demarcadas por el ritmo que las pantallas
trasmiten. La imagen no entiende de barreras de tiempo y espacio;
pasado, presente y futuro; la imagen se hecho un aquí y ahora que
se desliza liviano entre el ayer y el mañana. La imagen ha
construido una versión de aquello que a las generaciones actuales
no se les ha permitido ver, ya sea por su desaparición o aun por
su inexistencia. Muestra lo lejano y de difícil acceso a la mayoría.
Presenta una versión de lo cercano. La imagen ratifica la
existencia y hace dudar de la inexistencia. Es una testimonio para
las palabras pueden ratificar. Cada instante la imagen impone su
dinámica, su lenguaje, su encuadre y su ritmo. El modo de la
imagen en cada tiempo es tiempo el modo de ver el mundo, un modo
de relacionarse con la realidad vivida.
Para
las generaciones de la imagen, o de la exposición al imperio de
la imagen, el ritmo, la dinámica, el modo de la imagen, son su
propio modo. Se trata de su propio ritmo, de su propia perspectiva
de la vida. La cadencia de las imágenes es la cadencia de la
observación. El espectador mira en la cotidianidad como la cámara
le enseña a mirar en la pantalla. Esa es una mirada aconductada.
No se puede mirar en la pantalla lo que el sujeto quiere; sino lo
que el enfoque determina, en el modo, cercanía, ángulo y rapidez
que el camarógrafo asume. Esa mirada implica la sujeción de los
ojos del observador. Al exponerse a la imagen el espectador ha
permitido que sus ojos se aten, se amarren, se sujeten a una cámara
y su enfoque.
El
modo de la imagen es fragmentado, efímero, rápido. Se trata de
un modo de proyectar imágenes, de plantear el ritmo de lo que se
ve, y también el ritmo de lo que se vive. La imagen no está
presa en la pantalla, lejos de esto, se encuentra ya en la mente
del espectador, ha sido interiorizada y ha marcado los procesos de
pensamiento y el modo de pensar, el modo de construir imágenes
mentales, el modo de comprender, los recuerdos y el modo de
recordar, las ideas y el modo de grabarlas. El modo de la imagen
es el modo como viven muchas de las actuales generaciones. Es el
modo de aprender, el modo de expresar, incluso el modo de hablar.
El
espectador es más que un sujeto pasivo, un constructor de su
mundo; pero su modo de construir está marcado por el modo de la
imagen y particularmente de la imagen audiovisual. Este sujeto
activo puede ser presa de la pasividad a la cual le lleva la
imagen, al imperio de la misma, al discurso avasallador y anárquico
de los medios. Sólo en la medida en la que este espectador sea
capaz de construir el espectáculo podrá encontrar en él su
propio modo activo de aprender, de vivir, de ser.
SIMULTANEIDAD
DE CÓDIGOS Y CREDIBILIDAD
Otra
característica que marca al estudiante como espectador frente a
la imagen audiovisual, se encuentra en la simultaneidad de los códigos
y los mensajes en medios de la contemporaneidad. Imagen, texto, música,
gráficos virtuales, todos en un solo mensaje, integrados,
fragmentados son como una avalancha que el espectador recibe casi
sin darse cuenta del ritmo que le imponen.
Este
espectador recibe y es capaz de percibir música y sonorización
del mensaje con imágenes simbólicas y textos. Todo a la vez y en
un sólo mensaje. Es capaz de percibir, al mismo tiempo, mensajes
de diversos medios a través de diversos canales. Se trata así,
de la conjunción de lo escrito gráficamente con lo dicho a través
de símbolos y ambientado, dígase marcado, con una serie de
sonidos musicales articulados. De este modo, los espectadores no
ofrecen grandes resistencias a los mensajes, como en los spots
publicitarios por ejemplo, que generan en el espectador procesos
de pensamiento particulares y cargados de simbolización de
acuerdo a su propia cultura y expectativas.
De
la mano de la multiplicidad de códigos, los estudiantes
desarrollan también una credibilidad en los medios y sus imágenes.
Esta credibilidad es un fenómeno de nuestra época tecnológica:
quizás es fruto de su capacidad de percibir la multiplicidad de
los mensajes, pero también se encuentra ligada al ya mencionado
poder avasallador y efecto hipodérmico de los medios.
El Internet, por ejemplo, como observa Colombo, “es una
fuente informativa compleja, que requiere no sólo saber ubicar y
distinguir las páginas adecuadas, sino también verificar su
estatuto de confiabilidad”, cosa que tal vez nunca hacen los
navegantes jóvenes. “Es un medio propicio a la difusión de la
falsedad”, agrega el mismo autor.
Los
medios cargados de imágenes como la televisión, el cine, el
video y el Internet se sitúan por encima de las barreras físicas,
políticas y lingüísticas del planeta. La oferta de cadenas y de
servicios crece a pasos agigantados y la discusión de las normas
jurídicas hace de la legislación algo cada vez más flexible.
Con esta perspectiva sólo cabe esperar que los estudiantes
reciban cada vez más horas de televisión, más información, más
noticias, más imágenes y un sinfín de mensajes culturales y
científicos, de manera atropellada.
Para
afirmar que es un problema de generación, basta recordar que
hasta hace 15 años, en Colombia, solo se tenían dos canales de
televisión. Además, la mayoría de los aparatos receptores en
los hogares funcionaban con el sistema de blanco y negro. Hoy en día, la unión de las características ya mencionadas
con la multioferta de canales y medios entrega como resultado un
desprotegido y analfabeto alumno en materia de imagen, sometido a
la fuerza aplastante de los mensajes televisivos, fílmicos y
electrónicos.
EL
ESPECTADOR COMO CONSTRUCTOR
Si
asumimos al estudiante como un espectador, tendremos que entender
que al recibir una información puede también construir sentidos
que le permitan construirse y formarse. Observa ejemplos que le
sirven de modelo y guía. Se hace preguntas cuya respuesta será
una búsqueda formadora. Pero aquella tarea de espectador no es
pasiva. Por el
contrario es activa en su multiplicidad.
La tarea del espectador es de observación, luego de análisis
y estudio, después de asimilación real, finalmente de puesta en
práctica.
Con
ese marco, en el aula, el estudiante se reconoce y reconoce lo que
quiere ser y hacer en el futuro. Allí se enfrenta a un proceso de
transformación de sí mismo, de su propia esencia, de su
identidad, y quizás de su imagen. Aquel es un cambio que sólo
puede darse con él y por él.
El estudiante tiene que encontrar - se en el aula de clase.
Resulta
inadecuado, pues, encargar al docente toda la tarea de una
construcción en la que sólo puede aportar referentes, información
y modelos; impulsar la puesta en escena, dar sentido al espectáculo,
erigir el marco didáctico que lleve por un camino pedagógico a
la construcción del espectador como ciudadano y ser integral. Está
claro que no podrá hacerlo si no cuenta con la tarea constructora
de un espectador, el estudiante. El docente acompaña, enseña,
facilita, pero el estudiante observa, toma, construye. El
estudiante interioriza lo que otros han exteriorizado para él o
para otros y lo que él mismo extracta de su confrontación entre
lo recibido y lo que su interior le dicta. Es una espiral
constante de aprendizaje, crecimiento personal, confrontación con
exposiciones y nuevos saberes, asimilación y una creciente
envolvente cuyo centro debe ser el crecimiento del individuo y,
derivado de esto, el desarrollo de la sociedad.
En
ese proceso educativo confluyen las imágenes del mundo que tiene
el estudiante con aquellas que el docente puede ofrecer y las que
juntos pueden buscar. Antes
de llegar a las aulas ya el estudiante ha percibido de alguna
forma el mundo; se ha apropiado de una parte de él y esa es su
relación con la realidad. El docente enseña, aporta su propio
conocimiento, y pretende que el espectador observe y construya,
que apropie.
Ambos,
estudiante y docente, pueden construir imágenes de futuro desde
el presente. Se trata
de una dialéctica en la que se puede construir el profesional de
futuro cuya tarea de espectador frente a la vida cambie y
evolucione, manteniendo y mejorando su papel constructor.
La
tarea del docente, su reto, será armarse de las técnicas y
herramientas suficientes para abordar este fenómeno comunicativo.
Será obligación de los formadores, en cualquier área y
en cualquier nivel educativo, desarrollar en el alumno el ojo crítico,
el ojo artístico, el ojo psicológico, el ojo emocional, etc., en
otras palabras, enseñarle al alumno
a mirar, mas allá de ver.
En este sentido, su responsabilidad es alfabetizante, un
trabajo que requiere tareas fundamentales.
Desmitificar
los medios es el primer paso, y aprender a usar esos lenguajes de
imágenes, es el segundo. Tanto alumnos como docentes, ojalá
juntos, deberán adquirir herramientas suficientes para completar
y profundizar las informaciones que de forma parcial, aparecen en
las pantallas; comprobar, contrastar e investigar las
informaciones de interés que allí aparecen y adquirir una
actitud crítica.
La
mayor obligación de los educadores será, pues, la de formar auténticos
"espectadores". Los
medios deben ser para los estudiantes precisamente eso: medios, no
solo de entretenimiento y transmisión de información, sino
medios proveedores de opiniones, valores, gustos estéticos y
conductas sociales.
Las
imágenes son representaciones de la realidad, son una de tantas
formas de contar y narrar los hechos, son una sola de las múltiples
visiones de un problema. El alumno debe aprender con la imagen que
existen cosas y lugares distintos de los que le rodean, debe
interpretar con ellas ciertas situaciones del mundo social. Debe
proyectar esos esquemas y claves, conseguidos en los medios, a
situaciones cotidianas de su propia vida real. Debe adquirir los
instrumentos básicos para comunicarse con su cultura.
Debe adquirir desde las imágenes, actitudes frente a la
vida.
La
imagen que los estudiantes construyan de sí mismos y de su
profesión en las aulas será vital para que puedan construir su
futuro en las organizaciones, en el mundo y en la vida. El
espectador que pasa de la pasividad a la construcción del espectáculo
y a través de éste a la construcción de mismo nos deja abierta
una pregunta: ¿Cómo avanzar en la formación de un espectador
que desarrolle las capacidades de leer la imagen y relacionarse
con las posibilidades que le ofrecen los medios masivos sin
sucumbir a los efectos hipodérmicos de los mismos y a su poder
avasallador?
Vásquez Rodríguez, Fernando. La cultura como texto. Lectura,
semiótica y educación. Bogotá: Facultad de Educación
Pontificia Universidad Javeriana 2002.
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