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La sociedad de la información o la utopía económica y cultural del neoliberalismo

 

Ancízar Narváez M.

Universidad Pedagógica Nacional de Colombia

E-mail: anarvaez@uni.pedagogica.edu.co; narvaezm2000@yahoo.com

 

Resumen

Se discute sucintamente el concepto de Sociedad de la Información y se cuestiona si en realidad el mundo se halla en dicha etapa de desarrollo. Luego, se trata de demostrar que la llamada Sociedad de la Información no es una alternativa ni un sustituto para sociedad moderna, industrial y urbana, sino su consecuencia. Aunque varios autores han demostrado que en el acceso a dicha sociedad influyen factores típicamente modernos como la industrialización, los mercados internos, el Estado-nación, etc., aquí se trata de mostrar la conexión (no necesariamente causal) que existe en América Latina entre, por una lado, el ingreso a la Sociedad de la Información, y por otro, los niveles de alfabetización y escolarización alcanzados por cada país.

 

1.              Introducción

El término Sociedad de la Información no parece ser tan nuevo. Según Mattelart (2003b: 112-113), el concepto fue acuñado por Norbert Wiener, inventor de la Cibernética, hace ya más de 50 años, en 1948. Se la imaginaba como una sociedad en la cual la información circularía sin trabas y se convertiría en la fuerza que impediría la entropía, es decir, la tendencia natural a la desorganización de la sociedad, que era el origen de la guerra, según su visión de ingeniero. De todas formas, como él la entendía, la sociedad de la información suponía transparencia, universalidad, rechazo a la exclusión y, por tanto, tenía reservas sobre la actuación de las fuerzas del mercado (el capital) en su circulación. Las dos primeras son las mismas características que aún conserva el discurso tecno-utópico, pero las reservas sobre el mercado y la privatización, en cambio, en vez tomarse en cuenta, se han convertido en lo contrario: la sacralización del mercado y el capital privado como garantes de las dos primeras. Esto se constituye, como se intentará demostrar, en lo que podríamos llamar la contradicción fundamental de la sociedad de la información, en la medida en que a más información en la sociedad, más desigualdad social.

 

2. Algunos antecedentes teóricos

Las versiones contemporáneas más comunes comparten las elaboraciones de Daniel Bell propuestas en su artículo publicado en 1981 (aquí 1993) titulado Las telecomunicaciones y el cambio social, según la cual la nuestra es una sociedad post-industrial. Las sociedades post-industriales se reconocen, según Bell (1993: 43-44) por dos rasgos: “El primero es el paso de una economía de mercancías a una economía de los servicios”, especialmente de servicios de educación, salud y seguridad social, así como de análisis de sistemas, desarrollo e investigación. “La segunda característica...es mucho más importante: por primera vez la innovación y el cambio provienen de la codificación del saber teórico”. Esta caracterización es sintetizada en un cuadro comparativo de lo que el autor llama géneros y modos de producción, como se puede observar en el siguiente extracto (Tabla 1):

 

Tabla 1.

 

Géneros

Modos de producción

Preindustrial

Extracción

Industrial

Fabricación

Post-industrial

Transformación; reciclaje

 

 

 

 

Medios de transformación

Fuerza natural

Energía producida

(Electricidad, petróleo, gas, etc.)

La informática

Medios estratégicos

La materia prima

El capital

El saber[1]

Tecnología

Artesanía

Mecánica (Máquina)

Tecnología del intelecto

Método

Sentido común

Experiencia

Empirismo

Experimentación

Teoría abstracta

Principio fundamental

Tradicionalismo

Crecimiento económico

Codificación del saber teórico

 

Fuente: Extracto de Bell (1993: 54-55).

 

Para una crítica de conjunto de esta caracterización del “cambio social” como cambio técnico se puede empezar por la diferenciación que establece Castells (1999: 40) entre modos de producción (capitalismo y estatismo) y modos de desarrollo (industrialismo e informacionalismo).

Los modos de producción “definen las relaciones sociales de producción, determinando la existencia de clases sociales que se constituyen como tales mediante su práctica histórica. El principio estructural mediante el cual es excedente es apropiado y controlado caracteriza un modo de producción” (Castells, 1999: 42). Agrega luego que: “Las relaciones sociales de producción y, por tanto, el modo de producción, determinan la apropiación y usos del excedente” (1999: 42). Con lo que se puede concluir, finalmente, que el modo de producción se determina por la forma de propiedad vigente en la sociedad sobre los factores de producción, la cual preexiste al excedente y, por tanto, determina la forma en que este último será apropiado y distribuido. Es decir, que cuando se habla de modo de producción se habla de relaciones sociales y políticas y de poder y no de sistemas técnicos.

Los modos de desarrollo, por su lado, sí “son los dispositivos tecnológicos mediante los cuales el trabajo actúa sobre la materia para generar el producto determinando en definitiva la cuantía y calidad del excedente” (1999: 42). Aquí lo fundamental es la productividad (cantidad y calidad) y, por ello, los modos de desarrollo se caracterizan porque hay un elemento o factor de producción fundamental que los determina. Es a esto a lo que se refieren las categorías pre-industrial, industrial y post-industrial de Bell, que él llama géneros y que no serían más que los modos de desarrollo de un mismo modo de producción. En consecuencia, su planteamiento se inscribe completamente dentro de los modos de desarrollo, no dentro de los modos de producción.

Este es el punto de partida de toda la crítica, pues el autor confunde deliberadamente modo de producción y modo de desarrollo, sistema social y sistema técnico. En efecto, en la primera afirmación sobre las características de la sociedad post-industrial hay una evidente mixtificación del concepto de mercancía, la cual tal vez se deba a la traducción, por la extrapolación de la dicotomía anglosajona entre commodities y utilities. Las primeras corresponden a los bienes materiales de consumo masivo y las segundas a los servicios públicos, especialmente domiciliarios (genéricamente, bienes y servicios). Pero en términos de economía política las mercancías no son los bienes por sí mismos (si bien son éstos los primeros en adquirir la forma mercancía), sino la forma como existen socialmente, es decir, como bienes destinados a ser vendidos en el mercado y, por tanto, portadores de un valor de cambio. Esa es la forma como existen los bienes materiales en la producción mercantil y, con mucho más énfasis, en la producción mercantil capitalista. En esta última etapa de la producción capitalista, también los servicios son, económicamente hablando, mercancías. Así que lo nuevo es que tanto los bienes materiales como los servicios y el trabajo físico e intelectual se convierten en mercancía.

Así, pues, los géneros de los que se habla en la misma tabla 1 son apenas etapas de la producción capitalista, en tanto que lo que allí se llaman modos de producción, corresponden, en la economía convencional, a los sectores o actividades económicas: primaria, secundaria y terciaria, y puesto que se mantienen dentro del mismo modo de producción, en todas ellas se producen mercancías. Si miramos las mismas categorías en términos de economía política, lo que tenemos son tres tipos distintos de trabajo concreto incorporado a la mercancía por el trabajador.

La otra mixtificación tiene que ver con el concepto de tecnología. Aquí en vez de tecnología se trataría más bien de tres tipos de calificación del trabajo: el artesanal propiamente dicho en el que el trabajador desarrolla el proceso completo de generación del producto, y el artesanal de la manufactura en el que sólo desarrolla una pieza o una etapa, que es trabajo especializado y susceptible de codificar en máquinas; el trabajo mecánico de quienes operan máquinas sería el segundo; y el tercero sería básicamente trabajo intelectual, pero igualmente trabajo; por tanto, estamos hablando de grados de calificación de la mano de obra pero no de tecnologías propiamente dichas.

Al trabajo se opone el capital, la tercera mixtificación. En rigor, el capital no es sólo dinero, sino todo el conjunto de los medios de producción, pero no en cuanto medios de producción, sino en cuanto propiedad de un capitalista. Por tanto, las materias primas, las fuentes de energía, las máquinas y el dinero son todos capital. El capital es una forma de relación con los medios de producción en la cual éstos aparecen separados del trabajador, son ajenos a él y más bien lo dominan. Así que, en la época “post-industrial”, lo que pasa es que, primero, todos los medios de producción, desde el dinero hasta el conocimiento codificado (información), se convierten en capital; segundo, todos los productos (bienes y servicios) se convierten en mercancía; y tercero, todos los trabajos concretos –artesanal, mecánico e intelectual- son subsumidos en el capital, es decir, se convierten en una parte subordinada de la producción capitalista.

En cuanto a la afirmación referente a la codificación del saber teórico, es cierto que se trata de una sociedad en la cual se ha codificado el saber teórico de tal manera que las máquinas pueden conservar y aplicar saberes intelectuales que antes pertenecían a los sujetos, a los trabajadores. Por tanto, éstos pueden ser remplazados. Pero la diferencia está sólo en el tipo de conocimiento que se codifica, es decir, que se apropia y se convierte en capital. En términos generales, ésta ha sido una característica del desarrollo capitalista. En términos de economía política, lo que ha sucedido es lo que Bolaño (2000: 46) llama una apropiación primaria de conocimiento, consistente en “la apropiación por el capital del conocimiento de los artesanos”. Según él: “El soft es la forma que el sistema encuentra para encuadrar el trabajo mental y explotar sus potenciales por el capital. Es la forma en que se materializa, en un elemento de capital constante, el conocimiento que antes era propiedad del trabajador intelectual aislado, de forma semejante a lo que ocurrió con el trabajador manual a partir del surgimiento de la máquina herramienta” (Bolaño, 1999: 43).

Es decir, desde la etapa industrial el saber deja de pertenecer a su productor (el artesano o el trabajador intelectual) y se convierte capital subsumido en la máquina (si es conocimiento artesanal) o en los soft ware (si es conocimiento intelectual). La relación entonces no cambia: el trabajo sigue siendo expropiado por el capital y luego convertido en mercancía. La preocupación actual, en plena sociedad de la información, por proteger los derechos de propiedad intelectual (de las corporaciones, por supuesto) habla bien de este proceso.

Bill Gates (1997: 29), sitúa el origen de la “edad de la información” en 1945. “La ‘arquitectura Von Neuman’, como se conoce hoy, se basa en los principios que él articuló en 1945, incluido el hecho de que se podía evitar tener que cambiar el cableado de una computadora si se almacenaban instrucciones en su memoria. Cuando esta idea se puso en práctica, nació la computadora moderna”. Pero lo más importante para él son las posibilidades que ofrece la red, cuando se pase de la “Red interactiva de banda estrecha de hoy (la actual Internet) (a) la red interactiva de banda ancha de mañana (la “autopista”)” (Gates, 1997: 99), puesto que con ello se eliminarán las desigualdades de la información que perturban la competencia. Pero con la universalización de la Internet de banda ancha, se llegará a lo que él llama el capitalismo libre de fricciones: “Internet ampliará el mercado electrónico y se convertirá en el mediador último, en el intermediario universal. A menudo las únicas personas implicadas en una transacción serán el comprador y el vendedor” (1997: 171). Esta es la visión tecno-utópica que rige actualmente la dinámica expansiva de la tecnología informacional, con lo que al menos aparece sinceramente expresada la verdadera naturaleza del capitalismo iformacional.

Castells (1999: 47, nota al pie) hace eco hasta cierto punto a la misma concepción tecnofílica. Para él, informacionales son aquellas sociedades en las que “la generación, el procesamiento y la transmisión de la información se convierten en las fuentes fundamentales de la productividad y el poder, debido a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en ese período histórico”, y suscribe la afirmación del carácter informacional de la época (1999:47). Incluso llega un poco más lejos, pues para él “Internet no es sólo una tecnología, Internet es una forma de organización de la actividad. El equivalente de Internet en la era industrial es la fábrica: lo que era la fábrica en la gran organización en la era industrial, es Internet en la Era de la Información” (2000: 3). En esto coincide tanto con Bell en cuanto a la superación del industrialismo, como con Gates en cuanto al significado económico como modelo de hacer negocios.

 

3. El problema del la periodización técnica de la historia

Ya sea que se llame “era de la información” (Castells), “edad de la información” (Gates) o “sociedad post-industrial” (Bell), ¿estamos realmente en la llamada “sociedad de la información”?

Si nos atenemos al criterio de la primacía de la información en la vida económica, se puede decir que el valor de estas denominaciones es poco menos que propagandístico, pues en realidad todas las economías del mundo y especialmente aquellas más desarrolladas, que se supone son ya informacionales, todavía dependen fundamentalmente de la energía y especialmente de los hidrocarburos, es decir, de una economía basada en la extracción. Y dependen de ella para hacer funcionar su industria y para la vida cotidiana. Actualmente, gran parte de los problemas que afrontan las economías desarrolladas se deben a los altos precios del petróleo (Ben-Meir, 2004; Rodado Noriega, 2003).

Pero asumiendo que efectivamente las sociedades desarrolladas estén en una etapa informacional, surge una pregunta especialmente pertinente para nuestros países ¿cómo llegaron a esa situación? ¿es ello posible sin industrialización, sin mercados internos? ¿es posible sin alfabetización? Lo que sugiere toda la evidencia encontrada es que la construcción de la sociedad de la información o post-industrial, no es la manera de suplantar todos los pilares básicos de la era moderna sino, al contrario, el resultado de una modernidad exitosa, por lo menos en alguno de sus aspectos. Quienes se han ocupado de este tema tienen claro que la llamada sociedad de la información no es un sustituto para la sociedad industrial sino su consecuencia. No hay sociedad informacional sino allí donde ha habido una sociedad industrial desarrollada en algún aspecto.

Castells, por ejemplo, asegura que la revolución de la información se debe a factores de innovación: “aglomeraciones de conocimiento científico/técnico, instituciones, empresas y trabajo calificado constituyen las calderas de la innovación en la Era de la Información” (1999: 83). No es claro por qué se deben llamar eufemísticamente “factores de innovación” a las características inherentes a toda metrópoli industrializada. O ¿dónde más se van a encontrar esos factores asociados al desarrollo del informacionalismo si no es en las grandes áreas urbanas industriales? “Nuestro descubrimiento más sorprendente (subrayado añadido) es que las viejas grandes áreas metropolitanas del mundo industrializado son los principales centros de innovación y producción en tecnología de la información, fuera de los Estados Unidos” (1999: 84). Pero no es sólo fuera de los Estados Unidos. Ya se anotó que la vanguardia de la innovación es California, el Estado más desarrollado económicamente de ese país.

Con mayor claridad, Zallo demuestra que la llamada sociedad de la información privilegia tres espacios ligados al desarrollo industrial: “[...] los nodos de los centros mundiales tecnológicos y financieros (cuyas ventajas son la conexión, la competencia y la articulación económico-tecnológica), los Estados-nación [...] articulación política y de poder) y las ciudades (tienen la ventaja de la aglomeración)” (Zallo, 2003: 299). El primero coincide exactamente con la afirmación de Castells. El segundo, el Estado-nación, es otro producto del desarrollo del industrialismo en alguna medida exitoso. A diferencia de lo pregonado por el discurso neoliberal y post-moderno,  el Estado-nación no sólo no es obstáculo para la inserción en la sociedad de la información, ni tampoco un factor que se pueda ignorar: es más bien el principal factor con que se cuenta para el ingreso en ella, pues cuanto más legítimo internamente y más reconocido externamente, mejor puede dirigir las políticas nacionales y más capacidad de negociación internacional tiene para defender los intereses de sus asociados (Cañizales, 2002). El propio Castells reconoce que “Hasta en los Estados Unidos es un hecho bien conocido que los contratos militares y las iniciativas tecnológicas del Departamento de Defensa desempeñaron un papel decisivo en la etapa formativa de la Revolución de la tecnología de la información[...]Incluso la principal fuente de descubrimientos electrónicos, los Laboratorios Bell, desempeñó de hecho el papel de un laboratorio nacional: su compañía matriz (ATT) disfrutó de un monopolio en las telecomunicaciones establecido por el gobierno” (1999: 85-86). Si esto sucede en el país más liberal y capitalista del mundo, sobra cualquier comentario.

Si Castells pone su acento en la capacidad económica decisiva del Estado para impulsar la innovación, Ortiz pone el acento en la significación política del Estado-nación: “El Estado-nación todavía mantiene dos tipos fundamentales de actividad: la política y el monopolio de la fuerza” (Ortiz, 2002: 81). Si no banalizamos el término política, se refiere a la capacidad de tomar decisiones vinculantes para sus ciudadanos, las cuales, por otro lado, puede imponer por la fuerza.

 

4. La realidad de la sociedad de la información en América Latina

Anotemos algunas correspondencias con los postulados señalados aquí acerca de relación directamente proporcional entre industrialización, mercado, urbanización y poder político, por un lado, y el desarrollo de la llamada “Sociedad de la Información”, por otro.

Para empezar, si en alguna parte es evidente que la informatización sigue a la economía y al poder político es en la distribución del acceso en América Latina. La participación en la Sociedad de la información en términos de conexión sigue rigurosamente al tamaño de la economía y a la importancia del Estado en la región (Tabla 2).

 

Tabla 2.

América Latina y el Caribe: Distribución de sitios por país

Internet Protocol Distribution

 

País

Porcentaje

Brasil

55%

México

12%

Argentina

10%

Chile

9%

Venezuela

4%

Colombia

2%

Perú

2%

Bolivia

1%

Otros

5%

 

Fuente: Internic (ICANN). www.nic.co. LACNIC, assignments statistics

 

Aunque aquí no hay ninguna desviación en el orden, es decir, en la correspondencia entre el tamaño de la economía y la importancia política, por un lado, y su peso en cuanto al número de sitos, por otro, hay una ligera distorsión en cuanto los datos de Chile y Venezuela, pues la participación del primero es alta en relación con el tamaño de su economía y la del segundo muy baja, mientras sus economías son casi idénticas en términos de PIB. Esto se debe a la influencia del factor educación que se abordará en el siguiente apartado.

Así mismo, Colombia refleja muy bien las tendencias señaladas por Zallo (2003). Primero que todo, no es un país especialmente conectado como lo muestra la tabla 2, lo cual obedece a su desarrollo económico y no al contrario. Por otro lado, la distribución de las conexiones no sólo refuerza sino que potencia y fortalece las asimetrías centro-periferia. En efecto, según la Comisión de Regulación de Telecomunicaciones (CRT, 2003), a diciembre de 2002 había en Colombia 478.063 suscriptores de Internet, o sea una cobertura aproximada del 1.1% de la población (frente a 25% de Estados Unidos o 20% de Finlandia). Apenas 34.888 (7%) son de banda ancha y de ellas más del 90% se encuentran en Bogotá. En general la distribución sería como sigue (Tabla 3):

 

Tabla 3

Colombia. Suscriptores de Internet por ciudad

 

Ciudad

Suscriptores

Participación

Bogotá

243001

50.8%

Medellín

81918

17.1%

Cali

44884

9.4%

Barranquilla

10790

2.3%

Bucaramanga

8114

1.7%

Pereira

8744

1.8%

Cartagena

6901

1.4%

Manizales

7980

1.7%

Armenia

5115

1.1%

Subtotal

417444

87.3%

Otros

60619

12.7%

Total

478063

100.0%

 

Fuente: elaboración propia con base en CRT, 2003

 

Es decir, la conexión sigue rigurosamente la distribución de la economía y de la importancia política. Al igual que en el caso de de Brasil (la primera economía de Latinoamérica), en el caso de Bogotá (primera región económica de Colombia), su importancia se acentúa en términos de información, pues, siendo la más importante del país, Bogotá está lejos de ser la mitad de la economía colombiana y, sin embargo, concentra la mitad de las conexiones. Desde luego, esto es consecuencia de una de las leyes del capitalismo, la tendencia a la centralización territorial. Por tanto, Bogotá no es la ciudad más industrial porque sea la más informatizada, sino al contrario, es la más informatizada porque es el principal centro económico del país.

Finalmente, hay una forma más de ilustrar las afirmaciones sobre la primacía del capitalismo y la industrialización sobre la informatización. Se trata de la distribución de los suscriptores de Internet por municipios distintos a los de las ciudades capitales. En este caso las cifras (tomando como totalidad todas las conexiones distintas a las de las ciudades capitales) no guardan relación con las anteriores aunque tienen la misma explicación. Veamos (Tabla 4).

 

Tabla 4

Suscriptores conmutados de Internet en Municipios-Diciembre 2002

 

Departamento

Porcentaje

Antioquia

13

Bolívar

5

Boyacá

5

Cundinamarca

9

Santander

7

Valle

44

Otros Deptos.

17

Total

100

 

Fuente: CRT, 2003

 

En este caso ya no se trata de la importancia económica del departamento del Valle del Cauca, que también la tiene, sino del tercer factor mencionado por Zallo: la ciudad, que ofrece la ventaja de la aglomeración. Como se sabe, éste es el único departamento realmente urbano en Colombia, en el sentido de que está constituido por una verdadera red de ciudades (desde Sevilla en la cordillera central hasta Buenaventura en la costa pacífica). Pero esto tampoco es gratuito sino que es el producto del desarrollo capitalista, que se expresa en una zona industrial como la de Cali y sus alrededores y en que es también el único departamento de Colombia en donde la agricultura también es industrial y capitalista en el sentido estricto de la palabra. Así que si los municipios del Valle son hoy los más cercanos a la sociedad de la información es porque tienen tras de sí un acumulado industrial y capitalista anterior.

 

5. La educación en la Sociedad de la Información

Así como se ha pensado en términos económicos que a la sociedad post-industrial se accede sin o contra la sociedad industrializada, se piensa en términos culturales que a la sociedad de informacional se accede sin o contra la sociedad alfabetizada o escolarizada, con lo que el debate político se extravía al evadir las bases que hay que construir para ello (UNESCO, 2003; CEPAL, 2003; CMSI. Secretaría Ejecutiva, 2003).

Ya desde la década de 1980 se habían incluido las variables culturales en forma de variables educativas, como base para lo que entonces se llamaba industria computacional, las cuales incluían: “a) tasa de analfabetismo;

b) proporción de estudiantes inscritos en la enseñanza secundaria o superior;

c) nivel de educación técnica” (Mattelart y Schmucler, 1983: 66). Desde entonces no han vuelto a aparecer y cuando lo hacen es en el sentido inverso, es decir, como si la educación dependiera de las nuevas tecnologías y no al revés, con lo cual se crea una distorsión evidente en la orientación de la política, pues se trataría de que el Estado invirtiera en equipos y conexiones, con lo cual se beneficiarían las transnacionales del software y el hardware y las telecomunicaciones, y no en profesores y escuelas.

Sin embargo, las evidencias muestran otra cosa. El semanario Tiempos del Mundo (Fuentes Wendling y Escobar Astrelli, 2004: 24) se ha propuesto elaborar un índice propio de América Latina. Sin proponérselo, entre todo el mar de datos que presenta, obtenidos, según los autores, de las fuentes especializadas y oficiales de cada país, aparecen unas claves que es preciso rescatar (Tabla 5).

 

Tabla 5.

América Latina. Educación e Internet por país

 

País

Internet %

Analfabetismo

%

Años promedio de escolaridad

Chile

20.1

4.3

9.6

Uruguay

11.9

2.2

7.2

Argentina

10.8

3.1

9.2

Costa Rica

9.3

4.4

7.7

Nicaragua

1.4

35.7

3.7

Honduras

1.4

27.8

6.0

Paraguay

1.6

6.7

5.1

Guatemala

1.7

31.3

3.0

Republica   Dominicana

2.1

26.2

8.0

Bolivia

2.2

14.7

4.5

El Salvador

2.3

28.5

4.9

Ecuador

2.5

8.1

6.3

Colombia

2.7

8.2

7.7

México

3.6

9.0

3.2

Brasil

3.7

14.7

4.5

Panamá

4.1

8.8

8.7

Venezuela

4.6

7.0

5.9

Perú

7.6

10.1

5.3

 

Fuente. Elaboración propia con base en datos de Fuentes y Escobar (2004)

 

Con todas las reservas que despiertan este tipo de datos oficiales, y aunque hayan sido extraídos de un informe que persigue otros fines, hay unas evidencias protuberantes. El primer grupo de países, por ejemplo, que en términos cuantitativos está a la vanguardia informacional, por cuanto su nivel de conexión está por el 10% o más, pese a sus diferencias de tamaño e importancia, tiene unas características comunes y es que presentan las tasas de analfabetismo más bajas del continente, siempre inferiores al cinco por ciento, y unas tasas de escolaridad promedio de la población muy cercanas a los diez años (Cfr. Narváez, 2002). Esto es desde luego un acumulado no eludible para ningún país y que ha tomado en todos ellos por lo menos medio siglo de medidas económicas y sociales.

Por contraste, el grupo de países que le sigue, tiene como criterio de selección el hecho de que presentan tasas de conexión excesivamente bajas, inferiores al tres por ciento. No debe ser casualidad que en general sus tasas de analfabetismo, con alguna excepción, estén cercanas al diez por ciento o en otros casos, cercanos al 30%, lo cual es casi impensable en una supuesta era de la información. Su escolaridad promedio, también con alguna excepción, está cercana a la mitad de la de los países del primer grupo. En todo caso, en este grupo de países, es evidente que su exclusión se asocia a que no posee ninguno de los dos factores acumulados que facilitan la informatización: la economía y la cultura escolar.[2]

En estos dos primeros grupos, los fenómenos conexos son, pues, la informatización y la escolarización, lo cual sugiere que la educación formal en el terreno cultural puede ser un sustituto, o por lo menos un poderoso aliado de la industrialización, en el proceso de acceso a la Sociedad de la Información, pero no al contrario.

Encontramos finalmente el grupo de países intermedios, cuyos índices de conexión están entre el 3% y el 5%, de todas maneras muy lejos de los índices del primer grupo. El caso es que aquí los porcentajes de analfabetismo son también muy altos, mucho más cercanos a los de los países de baja conexión, pues rodean el 10 por ciento. En compensación, son mercados amplísimos, de buena capacidad de consumo por su volumen (de hecho los más grandes de Latinoamérica) y algún nivel de industrialización comparados con los centroamericanos, Bolivia y Paraguay. En el caso de Panamá, la excesiva terciarización de la economía por su condición de centro financiero y sede del canal, lo hacen un país urbano apto para los negocios. Es el factor económico el que se asocia a los niveles de conexión de estos países. Sin embargo, siendo mucho más importantes económicamente que los del primer grupo, están muy lejos de los niveles de conexión que los otros han alcanzado con la alfabetización.

Hay dos casos atípicos sobre los cuales se puede aventurar una hipótesis. Primero, el caso positivamente atípico del Perú. Por su nivel de analfabetismo y su escolaridad promedio, debería estar más cerca del grupo intermedio que del grupo de vanguardia. Sin embargo, se acerca mucho más a este último. Una posible explicación, ateniéndonos a la propuesta analítica de Zallo, es que aquí juega un papel muy importante la aglomeración urbana, pues siendo tan pobre y desindustrializado como Colombia, tiene una mega-ciudad en la cual se concentra algo así como el 55 por ciento de la actividad económica del país y el 30 por ciento de la población, lo cual facilita la integración del mercado y, en esa medida, la conexión.

El caso negativamente atípico es el de Colombia. Por su nivel de analfabetismo está más cercano al grupo intermedio, pero por su grado de escolaridad promedio se acerca a los países de vanguardia. Sin embargo, sus niveles de conexión son equiparables a los de los países más rezagados. Si a eso le sumamos otros factores, como el hecho de que Colombia es el tercer país más poblado de América Latina, sólo superado por dos gigantes como Brasil y México, y el que de todos modos es la sexta economía de la región (ver tabla 2), la única explicación viable, fuera del evidente atraso que significa ser superado económicamente por dos países mucho menos poblados como Chile y Venezuela, es que, además, el ingreso en Colombia está altamente concentrado, pues se trata, después de Brasil, del país de peor distribución en América Latina, que es el continente de peor distribución del ingreso en todo el mundo. La concentración del ingreso es una limitación del mercado no una ampliación, pues lo vuelve inelástico en la medida en satura con mucha facilidad la franja de población que consume y no deja aparecer nuevos consumidores.[3]

 

6. Conclusión

Todas las declaraciones de las reuniones internacionales acerca de las TIC, giran en torno a una contradicción básica: por un lado, es necesario universalizar el acceso a las TIC, y por otro, es necesario establecer condiciones para que la empresa privada pueda invertir en las TIC y llevarlas a toda la sociedad.

En la reunión de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), preparatoria de la cumbre mundial, por ejemplo, hubo consenso en que “para lograr el progreso social y económico en América Latina hay que tener una industria de la información desarrollada. Para ello es necesario promover políticas proactivas que ayuden a incentivar las inversiones públicas y privadas en conectividad y servicios de TIC” (Jiménez, 2003: 23). No se ve cómo sea posible conciliar las dos alternativas, pues todo demuestra que la relación es exactamente al contrario: por una lado, para tener una buena infraestructura y cobertura de las TIC, es necesario un desarrollo económico y social previo; por otro lado, la inversión prioritaria no puede ser en conectividad y servicios técnicos sino en desarrollo social y especialmente en educación. En este sentido, la informatización de la sociedad implica superar varios problemas: el de la industrialización de las naciones, el de la urbanización y la infraestructura, pero, sobre todo, el de la distribución del ingreso, para tener verdaderos mercados.

Sin embargo, hay un problema más de fondo y tiene que ver con el concepto de información. Wolton (2000:101) plantea que lo que aparece como información en las redes son por lo menos cuatro cosas distintas: Información servicio, información ocio, información acontecimiento (noticias) e información conocimiento. La información-conocimiento, “contrariamente a la información-acontecimiento, es el resultado de un saber y de una construcción”. Muy particularmente, el acceso a la sociedad de la información está ligado a la escolarización y a la alfabetización de la población, no sólo por razones económicas y de desarrollo humano, sino por razones culturales, pues la cultura informacional no es más que la potenciación técnica de la cultura letrada que sigue siendo en cierta forma la razón de ser de la escolarización. En última instancia, “[...] la capacidad de comunicación y el acceso a la información relevante dependen [...] de: poder económico (propiedad), político y conocimiento, en ese orden” (Bolaño, 1999:46). En ausencia del primero y el segundo elementos,  el tercero se convierte en las únicas alternativas para los excluidos de hoy, pues están fuera del mercado en cuanto agentes económicos.

 

7. Bibliografía

BELL, Daniel (1993). Las telecomunicaciones y el cambio social. En: DE MORAGAS SPA, Miquel (ed.). Sociología de la comunicación de masas. Barcelona: Gustavo Gili, 3ª edición. 4 vol.

BEN-MEIR, Alon (2004). Dependencia energética y el terror. En: Tiempos del Mundo. Bogotá, 22 de abril de 2004. p. 30.

BOLAÑO, César (1999). La problemática de la convergencia informática-telecomunicaciones-audiovisual: un abordaje marxista. En: MASTRINI, Guillermo y BOLAÑO, César (Editores). Globalización y monopolios en la comunicación en América Latina. Buenos Aires: Biblos.

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[1] Como conocimiento intelectual y experimental, es decir, científico occidental (Bell, 1993: 55, nota al pie).

[2] Nótese el contraste en Centroamérica entre Costa Rica (grupo de vanguardia) y el resto (grupo más rezagado). Mientras en Costa Rica se instalan maquilas de alta tecnología como Intel, para competir con los países informatizados, en el resto se instalan maquilas de textiles, zapatos y comestibles para competir con mercaderías del tercer mundo.

[3] En Colombia “el 10% más rico concentra el 46.5% del ingreso y el 10% más pobre sólo el 0.8%. Por ello, el consumo interno creció apenas el 1%”, aunque la economía creció 3.6%. (Sarmiento A., 2004: 17).

 



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