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La
sociedad de la información o la utopía económica y cultural del
neoliberalismo
Ancízar
Narváez M.
Universidad
Pedagógica Nacional de Colombia
E-mail:
anarvaez@uni.pedagogica.edu.co; narvaezm2000@yahoo.com
Se
discute sucintamente el concepto de Sociedad de la Información y
se cuestiona si en realidad el mundo se halla en dicha etapa de
desarrollo. Luego, se trata de demostrar que la llamada Sociedad
de la Información no es una alternativa ni un sustituto para
sociedad moderna, industrial y urbana, sino su consecuencia.
Aunque varios autores han demostrado que en el acceso a dicha
sociedad influyen factores típicamente modernos como la
industrialización, los mercados internos, el Estado-nación,
etc., aquí se trata de mostrar la conexión (no necesariamente
causal) que existe en América Latina entre, por una lado, el
ingreso a la Sociedad de la Información, y por otro, los niveles
de alfabetización y escolarización alcanzados por cada país.
1.
Introducción
El
término Sociedad de la Información no parece ser tan
nuevo. Según Mattelart (2003b: 112-113), el concepto fue acuñado
por Norbert Wiener, inventor de la Cibernética, hace ya más de
50 años, en 1948. Se la imaginaba como una sociedad en la cual la
información circularía sin trabas y se convertiría en la fuerza
que impediría la entropía, es decir, la tendencia natural a la
desorganización de la sociedad, que era el origen de la guerra,
según su visión de ingeniero. De todas formas, como él la
entendía, la sociedad de la información suponía transparencia,
universalidad, rechazo a la exclusión y, por tanto, tenía
reservas sobre la actuación de las fuerzas del mercado (el
capital) en su circulación. Las dos primeras son las mismas
características que aún conserva el discurso tecno-utópico,
pero las reservas sobre el mercado y la privatización, en cambio,
en vez tomarse en cuenta, se han convertido en lo contrario: la
sacralización del mercado y el capital privado como garantes de
las dos primeras. Esto se constituye, como se intentará
demostrar, en lo que podríamos llamar la contradicción
fundamental de la sociedad de la información, en la medida en que
a más información en la sociedad, más desigualdad social.
2.
Algunos antecedentes teóricos
Las
versiones contemporáneas más comunes comparten las elaboraciones
de Daniel Bell propuestas en su artículo publicado en 1981 (aquí
1993) titulado Las telecomunicaciones y el cambio social,
según la cual la nuestra es una sociedad post-industrial. Las
sociedades post-industriales se reconocen, según Bell (1993:
43-44) por dos rasgos: “El primero es el paso de una economía
de mercancías a una economía de los servicios”,
especialmente de servicios de educación, salud y seguridad
social, así como de análisis de sistemas, desarrollo e
investigación. “La segunda característica...es mucho más
importante: por primera vez la innovación y el cambio provienen
de la codificación del saber teórico”. Esta caracterización
es sintetizada en un cuadro comparativo de lo que el autor llama géneros
y modos de producción, como se puede observar en el siguiente
extracto (Tabla 1):
Tabla
1.
|
Géneros
Modos
de producción
|
Preindustrial
Extracción
|
Industrial
Fabricación
|
Post-industrial
Transformación;
reciclaje
|
|
|
|
|
|
|
Medios
de transformación
|
Fuerza
natural
|
Energía
producida
(Electricidad,
petróleo, gas, etc.)
|
La
informática
|
|
Medios
estratégicos
|
La
materia prima
|
El
capital
|
El
saber
|
|
Tecnología
|
Artesanía
|
Mecánica
(Máquina)
|
Tecnología
del intelecto
|
|
Método
|
Sentido
común
Experiencia
|
Empirismo
Experimentación
|
Teoría
abstracta
|
|
Principio
fundamental
|
Tradicionalismo
|
Crecimiento
económico
|
Codificación
del saber teórico
|
Fuente:
Extracto de Bell (1993: 54-55).
Para
una crítica de conjunto de esta caracterización del “cambio
social” como cambio técnico se puede empezar por la
diferenciación que establece Castells (1999: 40) entre modos de
producción (capitalismo y estatismo) y modos de desarrollo
(industrialismo e informacionalismo).
Los
modos de producción “definen las relaciones sociales de
producción, determinando la existencia de clases sociales que se
constituyen como tales mediante su práctica histórica. El
principio estructural mediante el cual es excedente es apropiado y
controlado caracteriza un modo de producción” (Castells,
1999: 42). Agrega luego que: “Las relaciones sociales de
producción y, por tanto, el modo de producción, determinan la
apropiación y usos del excedente” (1999: 42). Con lo que se
puede concluir, finalmente, que el modo de producción se
determina por la forma de propiedad vigente en la sociedad sobre
los factores de producción, la cual preexiste al excedente y, por
tanto, determina la forma en que este último será apropiado y
distribuido. Es decir, que cuando se habla de modo de producción
se habla de relaciones sociales y políticas y de poder y no de
sistemas técnicos.
Los
modos de desarrollo, por su lado, sí “son los dispositivos
tecnológicos mediante los cuales el trabajo actúa sobre la
materia para generar el producto determinando en definitiva la
cuantía y calidad del excedente” (1999: 42). Aquí lo
fundamental es la productividad (cantidad y calidad) y, por ello,
los modos de desarrollo se caracterizan porque hay un elemento o
factor de producción fundamental que los determina. Es a esto a
lo que se refieren las categorías pre-industrial, industrial y
post-industrial de Bell, que él llama géneros y que no serían más
que los modos de desarrollo de un mismo modo de producción. En
consecuencia, su planteamiento se inscribe completamente dentro de
los modos de desarrollo, no dentro de los modos de producción.
Este
es el punto de partida de toda la crítica, pues el autor confunde
deliberadamente modo de producción y modo de desarrollo, sistema
social y sistema técnico. En efecto, en la primera afirmación
sobre las características de la sociedad post-industrial hay una
evidente mixtificación del concepto de mercancía, la cual
tal vez se deba a la traducción, por la extrapolación de la
dicotomía anglosajona entre commodities y utilities.
Las primeras corresponden a los bienes materiales de consumo
masivo y las segundas a los servicios públicos, especialmente
domiciliarios (genéricamente, bienes y servicios). Pero en términos
de economía política las mercancías no son los bienes por sí
mismos (si bien son éstos los primeros en adquirir la forma
mercancía), sino la forma como existen socialmente, es decir,
como bienes destinados a ser vendidos en el mercado y, por tanto,
portadores de un valor de cambio. Esa es la forma como existen los
bienes materiales en la producción mercantil y, con mucho más énfasis,
en la producción mercantil capitalista. En esta última etapa de
la producción capitalista, también los servicios son, económicamente
hablando, mercancías. Así que lo nuevo es que tanto los bienes
materiales como los servicios y el trabajo físico e intelectual
se convierten en mercancía.
Así,
pues, los géneros de los que se habla en la misma tabla 1 son
apenas etapas de la producción capitalista, en tanto que lo que
allí se llaman modos de producción, corresponden, en la economía
convencional, a los sectores o actividades económicas: primaria,
secundaria y terciaria, y puesto que se mantienen dentro del mismo
modo de producción, en todas ellas se producen mercancías. Si
miramos las mismas categorías en términos de economía política,
lo que tenemos son tres tipos distintos de trabajo concreto
incorporado a la mercancía por el trabajador.
La
otra mixtificación tiene que ver con el concepto de tecnología.
Aquí en vez de tecnología se trataría más bien de tres tipos
de calificación del trabajo: el artesanal propiamente dicho en el
que el trabajador desarrolla el proceso completo de generación
del producto, y el artesanal de la manufactura en el que sólo
desarrolla una pieza o una etapa, que es trabajo especializado y
susceptible de codificar en máquinas; el trabajo mecánico de
quienes operan máquinas sería el segundo; y el tercero sería básicamente
trabajo intelectual, pero igualmente trabajo; por tanto, estamos
hablando de grados de calificación de la mano de obra pero no de
tecnologías propiamente dichas.
Al
trabajo se opone el capital, la tercera mixtificación. En rigor,
el capital no es sólo dinero, sino todo el conjunto de los medios
de producción, pero no en cuanto medios de producción, sino en
cuanto propiedad de un capitalista. Por tanto, las materias
primas, las fuentes de energía, las máquinas y el dinero son
todos capital. El capital es una forma de relación con los medios
de producción en la cual éstos aparecen separados del
trabajador, son ajenos a él y más bien lo dominan. Así que, en
la época “post-industrial”, lo que pasa es que, primero,
todos los medios de producción, desde el dinero hasta el
conocimiento codificado (información), se convierten en capital;
segundo, todos los productos (bienes y servicios) se convierten en
mercancía; y tercero, todos los trabajos concretos –artesanal,
mecánico e intelectual- son subsumidos en el capital, es decir,
se convierten en una parte subordinada de la producción
capitalista.
En
cuanto a la afirmación referente a la codificación del saber teórico,
es cierto que se trata de una sociedad en la cual se ha codificado
el saber teórico de tal manera que las máquinas pueden conservar
y aplicar saberes intelectuales que antes pertenecían a los
sujetos, a los trabajadores. Por tanto, éstos pueden ser
remplazados. Pero la diferencia está sólo en el tipo de
conocimiento que se codifica, es decir, que se apropia y se
convierte en capital. En términos generales, ésta ha sido una
característica del desarrollo capitalista. En términos de economía
política, lo que ha sucedido es lo que Bolaño (2000: 46) llama
una apropiación primaria de conocimiento, consistente en
“la apropiación por el capital del conocimiento de los
artesanos”. Según él: “El soft es la forma que
el sistema encuentra para encuadrar el trabajo mental y explotar
sus potenciales por el capital. Es la forma en que se materializa,
en un elemento de capital constante, el conocimiento que antes era
propiedad del trabajador intelectual aislado, de forma semejante a
lo que ocurrió con el trabajador manual a partir del surgimiento
de la máquina herramienta” (Bolaño, 1999: 43).
Es
decir, desde la etapa industrial el saber deja de pertenecer a su
productor (el artesano o el trabajador intelectual) y se convierte
capital subsumido en la máquina (si es conocimiento
artesanal) o en los soft ware (si es conocimiento
intelectual). La relación entonces no cambia: el trabajo sigue
siendo expropiado por el capital y luego convertido en mercancía.
La preocupación actual, en plena sociedad de la información, por
proteger los derechos de propiedad intelectual (de las
corporaciones, por supuesto) habla bien de este proceso.
Bill
Gates (1997: 29), sitúa el origen de la “edad de la
información” en 1945. “La ‘arquitectura Von Neuman’, como
se conoce hoy, se basa en los principios que él articuló en
1945, incluido el hecho de que se podía evitar tener que cambiar
el cableado de una computadora si se almacenaban instrucciones en
su memoria. Cuando esta idea se puso en práctica, nació la
computadora moderna”. Pero lo más importante para él son
las posibilidades que ofrece la red, cuando se pase de la “Red
interactiva de banda estrecha de hoy (la actual Internet) (a) la
red interactiva de banda ancha de mañana (la “autopista”)”
(Gates, 1997: 99), puesto que con ello se eliminarán las
desigualdades de la información que perturban la competencia.
Pero con la universalización de la Internet de banda ancha, se
llegará a lo que él llama el capitalismo libre de fricciones:
“Internet ampliará el mercado electrónico y se convertirá
en el mediador último, en el intermediario universal. A menudo
las únicas personas implicadas en una transacción serán el
comprador y el vendedor” (1997: 171). Esta es la visión
tecno-utópica que rige actualmente la dinámica expansiva de la
tecnología informacional, con lo que al menos aparece
sinceramente expresada la verdadera naturaleza del capitalismo
iformacional.
Castells
(1999: 47, nota al pie) hace eco hasta cierto punto a la misma
concepción tecnofílica. Para él, informacionales son
aquellas sociedades en las que “la generación, el
procesamiento y la transmisión de la información se convierten
en las fuentes fundamentales de la productividad y el poder,
debido a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en ese
período histórico”, y suscribe la afirmación del carácter
informacional de la época (1999:47). Incluso llega un poco más
lejos, pues para él “Internet no es sólo una tecnología,
Internet es una forma de organización de la actividad. El
equivalente de Internet en la era industrial es la fábrica: lo
que era la fábrica en la gran organización en la era industrial,
es Internet en la Era de la Información” (2000: 3). En esto
coincide tanto con Bell en cuanto a la superación del
industrialismo, como con Gates en cuanto al significado económico
como modelo de hacer negocios.
3.
El problema del la periodización técnica de la historia
Ya
sea que se llame “era de la información” (Castells), “edad
de la información” (Gates) o “sociedad post-industrial”
(Bell), ¿estamos realmente en la llamada “sociedad de la
información”?
Si
nos atenemos al criterio de la primacía de la información en la
vida económica, se puede decir que el valor de estas
denominaciones es poco menos que propagandístico, pues en
realidad todas las economías del mundo y especialmente aquellas más
desarrolladas, que se supone son ya informacionales, todavía
dependen fundamentalmente de la energía y especialmente de los
hidrocarburos, es decir, de una economía basada en la extracción.
Y dependen de ella para hacer funcionar su industria y para la
vida cotidiana. Actualmente, gran parte de los problemas que
afrontan las economías desarrolladas se deben a los altos precios
del petróleo (Ben-Meir, 2004; Rodado Noriega, 2003).
Pero
asumiendo que efectivamente las sociedades desarrolladas estén en
una etapa informacional, surge una pregunta especialmente
pertinente para nuestros países ¿cómo llegaron a esa situación?
¿es ello posible sin industrialización, sin mercados internos?
¿es posible sin alfabetización? Lo que sugiere toda la evidencia
encontrada es que la construcción de la sociedad de la información
o post-industrial, no es la manera de suplantar todos los pilares
básicos de la era moderna sino, al contrario, el resultado de una
modernidad exitosa, por lo menos en alguno de sus aspectos.
Quienes se han ocupado de este tema tienen claro que la llamada
sociedad de la información no es un sustituto para la sociedad
industrial sino su consecuencia. No hay sociedad informacional
sino allí donde ha habido una sociedad industrial desarrollada en
algún aspecto.
Castells,
por ejemplo, asegura que la revolución de la información se debe
a factores de innovación: “aglomeraciones de conocimiento
científico/técnico, instituciones, empresas y trabajo calificado
constituyen las calderas de la innovación en la Era de la
Información” (1999: 83). No es claro por qué se deben
llamar eufemísticamente “factores de innovación” a las
características inherentes a toda metrópoli industrializada. O
¿dónde más se van a encontrar esos factores asociados al
desarrollo del informacionalismo si no es en las grandes áreas
urbanas industriales? “Nuestro descubrimiento más sorprendente
(subrayado añadido) es que las viejas grandes áreas
metropolitanas del mundo industrializado son los principales
centros de innovación y producción en tecnología de la
información, fuera de los Estados Unidos” (1999: 84). Pero
no es sólo fuera de los Estados Unidos. Ya se anotó que la
vanguardia de la innovación es California, el Estado más
desarrollado económicamente de ese país.
Con
mayor claridad, Zallo demuestra que la llamada sociedad de la
información privilegia tres espacios ligados al desarrollo
industrial: “[...] los nodos de los centros mundiales tecnológicos
y financieros (cuyas ventajas son la conexión, la competencia y
la articulación económico-tecnológica), los Estados-nación
[...] articulación política y de poder) y las ciudades (tienen
la ventaja de la aglomeración)” (Zallo, 2003: 299). El
primero coincide exactamente con la afirmación de Castells. El
segundo, el Estado-nación, es otro producto del desarrollo del
industrialismo en alguna medida exitoso. A diferencia de lo
pregonado por el discurso neoliberal y post-moderno,
el Estado-nación no sólo no es obstáculo para la inserción
en la sociedad de la información, ni tampoco un factor que se
pueda ignorar: es más bien el principal factor con que se cuenta
para el ingreso en ella, pues cuanto más legítimo internamente y
más reconocido externamente, mejor puede dirigir las políticas
nacionales y más capacidad de negociación internacional tiene
para defender los intereses de sus asociados (Cañizales, 2002).
El propio Castells reconoce que “Hasta en los Estados Unidos
es un hecho bien conocido que los contratos militares y las
iniciativas tecnológicas del Departamento de Defensa desempeñaron
un papel decisivo en la etapa formativa de la Revolución de la
tecnología de la información[...]Incluso la principal fuente de
descubrimientos electrónicos, los Laboratorios Bell, desempeñó
de hecho el papel de un laboratorio nacional: su compañía matriz
(ATT) disfrutó de un monopolio en las telecomunicaciones
establecido por el gobierno” (1999: 85-86). Si esto sucede
en el país más liberal y capitalista del mundo, sobra cualquier
comentario.
Si
Castells pone su acento en la capacidad económica decisiva del
Estado para impulsar la innovación, Ortiz pone el acento en la
significación política del Estado-nación: “El Estado-nación
todavía mantiene dos tipos fundamentales de actividad: la política
y el monopolio de la fuerza” (Ortiz, 2002: 81). Si no
banalizamos el término política, se refiere a la
capacidad de tomar decisiones vinculantes para sus ciudadanos, las
cuales, por otro lado, puede imponer por la fuerza.
4.
La realidad de la sociedad de la información en América Latina
Anotemos
algunas correspondencias con los postulados señalados aquí
acerca de relación directamente proporcional entre
industrialización, mercado, urbanización y poder político, por
un lado, y el desarrollo de la llamada “Sociedad de la Información”,
por otro.
Para
empezar, si en alguna parte es evidente que la informatización
sigue a la economía y al poder político es en la distribución
del acceso en América Latina. La participación en la Sociedad de
la información en términos de conexión sigue rigurosamente al
tamaño de la economía y a la importancia del Estado en la región
(Tabla 2).
Tabla
2.
América
Latina y el Caribe: Distribución de sitios por país
Internet
Protocol Distribution
|
País
|
Porcentaje
|
|
Brasil
|
55%
|
|
México
|
12%
|
|
Argentina
|
10%
|
|
Chile
|
9%
|
|
Venezuela
|
4%
|
|
Colombia
|
2%
|
|
Perú
|
2%
|
|
Bolivia
|
1%
|
|
Otros
|
5%
|
Fuente:
Internic (ICANN). www.nic.co.
LACNIC, assignments
statistics
Aunque
aquí no hay ninguna desviación en el orden, es decir, en la
correspondencia entre el tamaño de la economía y la importancia
política, por un lado, y su peso en cuanto al número de sitos,
por otro, hay una ligera distorsión en cuanto los datos de Chile
y Venezuela, pues la participación del primero es alta en relación
con el tamaño de su economía y la del segundo muy baja, mientras
sus economías son casi idénticas en términos de PIB. Esto se
debe a la influencia del factor educación que se abordará en el
siguiente apartado.
Así
mismo, Colombia refleja muy bien las tendencias señaladas por
Zallo (2003). Primero que todo, no es un país especialmente
conectado como lo muestra la tabla 2, lo cual obedece a su
desarrollo económico y no al contrario. Por otro lado, la
distribución de las conexiones no sólo refuerza sino que
potencia y fortalece las asimetrías centro-periferia. En efecto,
según la Comisión de Regulación de Telecomunicaciones (CRT,
2003), a diciembre de 2002 había en Colombia 478.063 suscriptores
de Internet, o sea una cobertura aproximada del 1.1% de la población
(frente a 25% de Estados Unidos o 20% de Finlandia). Apenas 34.888
(7%) son de banda ancha y de ellas más del 90% se encuentran en
Bogotá. En general la distribución sería como sigue (Tabla 3):
Tabla
3
Colombia.
Suscriptores de Internet por ciudad
|
Ciudad
|
Suscriptores
|
Participación
|
|
Bogotá
|
243001
|
50.8%
|
|
Medellín
|
81918
|
17.1%
|
|
Cali
|
44884
|
9.4%
|
|
Barranquilla
|
10790
|
2.3%
|
|
Bucaramanga
|
8114
|
1.7%
|
|
Pereira
|
8744
|
1.8%
|
|
Cartagena
|
6901
|
1.4%
|
|
Manizales
|
7980
|
1.7%
|
|
Armenia
|
5115
|
1.1%
|
|
Subtotal
|
417444
|
87.3%
|
|
Otros
|
60619
|
12.7%
|
|
Total
|
478063
|
100.0%
|
Fuente:
elaboración propia con base en CRT, 2003
Es
decir, la conexión sigue rigurosamente la distribución de la
economía y de la importancia política. Al igual que en el caso
de de Brasil (la primera economía de Latinoamérica), en el caso
de Bogotá (primera región económica de Colombia), su
importancia se acentúa en términos de información, pues, siendo
la más importante del país, Bogotá está lejos de ser la mitad
de la economía colombiana y, sin embargo, concentra la mitad de
las conexiones. Desde luego, esto es consecuencia de una de las
leyes del capitalismo, la tendencia a la centralización
territorial. Por tanto, Bogotá no es la ciudad más industrial
porque sea la más informatizada, sino al contrario, es la más
informatizada porque es el principal centro económico del país.
Finalmente,
hay una forma más de ilustrar las afirmaciones sobre la primacía
del capitalismo y la industrialización sobre la informatización.
Se trata de la distribución de los suscriptores de Internet por
municipios distintos a los de las ciudades capitales. En este caso
las cifras (tomando como totalidad todas las conexiones distintas
a las de las ciudades capitales) no guardan relación con las
anteriores aunque tienen la misma explicación. Veamos (Tabla 4).
Tabla
4
Suscriptores
conmutados de Internet en Municipios-Diciembre 2002
|
Departamento
|
Porcentaje
|
|
Antioquia
|
13
|
|
Bolívar
|
5
|
|
Boyacá
|
5
|
|
Cundinamarca
|
9
|
|
Santander
|
7
|
|
Valle
|
44
|
|
Otros
Deptos.
|
17
|
|
Total
|
100
|
Fuente:
CRT, 2003
En
este caso ya no se trata de la importancia económica del
departamento del Valle del Cauca, que también la tiene, sino del
tercer factor mencionado por Zallo: la ciudad, que ofrece la
ventaja de la aglomeración. Como se sabe, éste es el único
departamento realmente urbano en Colombia, en el sentido de que
está constituido por una verdadera red de ciudades (desde Sevilla
en la cordillera central hasta Buenaventura en la costa pacífica).
Pero esto tampoco es gratuito sino que es el producto del
desarrollo capitalista, que se expresa en una zona industrial como
la de Cali y sus alrededores y en que es también el único
departamento de Colombia en donde la agricultura también es
industrial y capitalista en el sentido estricto de la palabra. Así
que si los municipios del Valle son hoy los más cercanos a la
sociedad de la información es porque tienen tras de sí un
acumulado industrial y capitalista anterior.
5.
La educación en la Sociedad de la Información
Así
como se ha pensado en términos económicos que a la sociedad
post-industrial se accede sin o contra la sociedad
industrializada, se piensa en términos culturales que a la
sociedad de informacional se accede sin o contra la sociedad
alfabetizada o escolarizada, con lo que el debate político se
extravía al evadir las bases que hay que construir para ello
(UNESCO, 2003; CEPAL, 2003; CMSI. Secretaría Ejecutiva, 2003).
Ya
desde la década de 1980 se habían incluido las variables
culturales en forma de variables educativas, como base para lo que
entonces se llamaba industria computacional, las cuales incluían:
“a) tasa de analfabetismo;
b)
proporción de estudiantes inscritos en la enseñanza secundaria o
superior;
c)
nivel de educación técnica” (Mattelart y Schmucler, 1983:
66). Desde entonces no han vuelto a aparecer y cuando lo
hacen es en el sentido inverso, es decir, como si la educación
dependiera de las nuevas tecnologías y no al revés, con lo cual
se crea una distorsión evidente en la orientación de la política,
pues se trataría de que el Estado invirtiera en equipos y
conexiones, con lo cual se beneficiarían las transnacionales del
software y el hardware y las telecomunicaciones, y no en
profesores y escuelas.
Sin
embargo, las evidencias muestran otra cosa. El semanario Tiempos
del Mundo (Fuentes Wendling y Escobar Astrelli, 2004: 24) se ha
propuesto elaborar un índice propio de América Latina. Sin
proponérselo, entre todo el mar de datos que presenta, obtenidos,
según los autores, de las fuentes especializadas y oficiales de
cada país, aparecen unas claves que es preciso rescatar (Tabla
5).
Tabla
5.
América
Latina. Educación e Internet por país
|
País
|
Internet
%
|
Analfabetismo
%
|
Años
promedio de escolaridad
|
|
Chile
|
20.1
|
4.3
|
9.6
|
|
Uruguay
|
11.9
|
2.2
|
7.2
|
|
Argentina
|
10.8
|
3.1
|
9.2
|
|
Costa
Rica
|
9.3
|
4.4
|
7.7
|
|
Nicaragua
|
1.4
|
35.7
|
3.7
|
|
Honduras
|
1.4
|
27.8
|
6.0
|
|
Paraguay
|
1.6
|
6.7
|
5.1
|
|
Guatemala
|
1.7
|
31.3
|
3.0
|
|
Republica
Dominicana
|
2.1
|
26.2
|
8.0
|
|
Bolivia
|
2.2
|
14.7
|
4.5
|
|
El
Salvador
|
2.3
|
28.5
|
4.9
|
|
Ecuador
|
2.5
|
8.1
|
6.3
|
|
Colombia
|
2.7
|
8.2
|
7.7
|
|
México
|
3.6
|
9.0
|
3.2
|
|
Brasil
|
3.7
|
14.7
|
4.5
|
|
Panamá
|
4.1
|
8.8
|
8.7
|
|
Venezuela
|
4.6
|
7.0
|
5.9
|
|
Perú
|
7.6
|
10.1
|
5.3
|
Fuente.
Elaboración propia con base en datos de Fuentes y Escobar (2004)
Con
todas las reservas que despiertan este tipo de datos oficiales, y
aunque hayan sido extraídos de un informe que persigue otros
fines, hay unas evidencias protuberantes. El primer grupo de países,
por ejemplo, que en términos cuantitativos está a la vanguardia
informacional, por cuanto su nivel de conexión está por el 10% o
más, pese a sus diferencias de tamaño e importancia, tiene unas
características comunes y es que presentan las tasas de
analfabetismo más bajas del continente, siempre inferiores al
cinco por ciento, y unas tasas de escolaridad promedio de la
población muy cercanas a los diez años (Cfr. Narváez, 2002).
Esto es desde luego un acumulado no eludible para ningún país y
que ha tomado en todos ellos por lo menos medio siglo de medidas
económicas y sociales.
Por
contraste, el grupo de países que le sigue, tiene como criterio
de selección el hecho de que presentan tasas de conexión
excesivamente bajas, inferiores al tres por ciento. No debe ser
casualidad que en general sus tasas de analfabetismo, con alguna
excepción, estén cercanas al diez por ciento o en otros casos,
cercanos al 30%, lo cual es casi impensable en una supuesta era de
la información. Su escolaridad promedio, también con alguna
excepción, está cercana a la mitad de la de los países del
primer grupo. En todo caso, en este grupo de países, es evidente
que su exclusión se asocia a que no posee ninguno de los dos
factores acumulados que facilitan la informatización: la economía
y la cultura escolar.
En
estos dos primeros grupos, los fenómenos conexos son, pues, la
informatización y la escolarización, lo cual sugiere que la
educación formal en el terreno cultural puede ser un sustituto, o
por lo menos un poderoso aliado de la industrialización, en el
proceso de acceso a la Sociedad de la Información, pero no al
contrario.
Encontramos
finalmente el grupo de países intermedios, cuyos índices de
conexión están entre el 3% y el 5%, de todas maneras muy lejos
de los índices del primer grupo. El caso es que aquí los
porcentajes de analfabetismo son también muy altos, mucho más
cercanos a los de los países de baja conexión, pues rodean el 10
por ciento. En compensación, son mercados amplísimos, de buena
capacidad de consumo por su volumen (de hecho los más grandes de
Latinoamérica) y algún nivel de industrialización comparados
con los centroamericanos, Bolivia y Paraguay. En el caso de Panamá,
la excesiva terciarización de la economía por su condición de
centro financiero y sede del canal, lo hacen un país urbano apto
para los negocios. Es el factor económico el que se asocia a los
niveles de conexión de estos países. Sin embargo, siendo mucho más
importantes económicamente que los del primer grupo, están muy
lejos de los niveles de conexión que los otros han alcanzado con
la alfabetización.
Hay
dos casos atípicos sobre los cuales se puede aventurar una hipótesis.
Primero, el caso positivamente atípico del Perú. Por su
nivel de analfabetismo y su escolaridad promedio, debería estar más
cerca del grupo intermedio que del grupo de vanguardia. Sin
embargo, se acerca mucho más a este último. Una posible
explicación, ateniéndonos a la propuesta analítica de Zallo, es
que aquí juega un papel muy importante la aglomeración urbana,
pues siendo tan pobre y desindustrializado como Colombia, tiene
una mega-ciudad en la cual se concentra algo así como el 55 por
ciento de la actividad económica del país y el 30 por ciento de
la población, lo cual facilita la integración del mercado y, en
esa medida, la conexión.
El
caso negativamente atípico es el de Colombia. Por su nivel
de analfabetismo está más cercano al grupo intermedio, pero por
su grado de escolaridad promedio se acerca a los países de
vanguardia. Sin embargo, sus niveles de conexión son equiparables
a los de los países más rezagados. Si a eso le sumamos otros
factores, como el hecho de que Colombia es el tercer país más
poblado de América Latina, sólo superado por dos gigantes como
Brasil y México, y el que de todos modos es la sexta economía de
la región (ver tabla 2), la única explicación viable, fuera del
evidente atraso que significa ser superado económicamente por dos
países mucho menos poblados como Chile y Venezuela, es que, además,
el ingreso en Colombia está altamente concentrado, pues se trata,
después de Brasil, del país de peor distribución en América
Latina, que es el continente de peor distribución del ingreso en
todo el mundo. La concentración del ingreso es una limitación
del mercado no una ampliación, pues lo vuelve inelástico en la
medida en satura con mucha facilidad la franja de población que
consume y no deja aparecer nuevos consumidores.
6.
Conclusión
Todas
las declaraciones de las reuniones internacionales acerca de las
TIC, giran en torno a una contradicción básica: por un lado, es
necesario universalizar el acceso a las TIC, y por otro, es
necesario establecer condiciones para que la empresa privada pueda
invertir en las TIC y llevarlas a toda la sociedad.
En
la reunión de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina
y el Caribe), preparatoria de la cumbre mundial, por ejemplo, hubo
consenso en que “para lograr el progreso social y económico
en América Latina hay que tener una industria de la información
desarrollada. Para ello es necesario promover políticas
proactivas que ayuden a incentivar las inversiones públicas y
privadas en conectividad y servicios de TIC” (Jiménez,
2003: 23). No se ve cómo sea posible conciliar las dos
alternativas, pues todo demuestra que la relación es exactamente
al contrario: por una lado, para tener una buena infraestructura y
cobertura de las TIC, es necesario un desarrollo económico y
social previo; por otro lado, la inversión prioritaria no puede
ser en conectividad y servicios técnicos sino en desarrollo
social y especialmente en educación. En este sentido, la
informatización de la sociedad implica superar varios problemas:
el de la industrialización de las naciones, el de la urbanización
y la infraestructura, pero, sobre todo, el de la distribución del
ingreso, para tener verdaderos mercados.
Sin
embargo, hay un problema más de fondo y tiene que ver con el
concepto de información. Wolton (2000:101) plantea que lo que
aparece como información en las redes son por lo menos cuatro
cosas distintas: Información servicio, información ocio,
información acontecimiento (noticias) e información
conocimiento. La información-conocimiento, “contrariamente a
la información-acontecimiento, es el resultado de un saber y de
una construcción”. Muy particularmente, el acceso a la
sociedad de la información está ligado a la escolarización y a
la alfabetización de la población, no sólo por razones económicas
y de desarrollo humano, sino por razones culturales, pues la
cultura informacional no es más que la potenciación técnica de
la cultura letrada que sigue siendo en cierta forma la razón de
ser de la escolarización. En última instancia, “[...] la
capacidad de comunicación y el acceso a la información relevante
dependen [...] de: poder económico (propiedad), político y
conocimiento, en ese orden” (Bolaño, 1999:46). En ausencia
del primero y el segundo elementos,
el tercero se convierte en las únicas alternativas para
los excluidos de hoy, pues están fuera del mercado en cuanto
agentes económicos.
7.
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