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La
brecha digital y la cuestión del acceso: Análisis y propuestas
Jocelyn
A. Géliga Vargas
Universidad
Nacional de General Sarmiento
Pcia.
de Buenos Aires, Argentina
Resumen
A
fines del siglo XX la brecha digital surgió como
significante de las inequidades que rasgaban el tejido de la
Sociedad de la Información. Los discursos de estados y
organismos, la investigación académica y expresiones de la
sociedad civil registran diversas mediciones de las asimetrías
advertidas ante el afianzamiento de las tecnologías de la
información. Cálculos resultantes de enfrentadas corrientes de
pensamiento articuladas en las nociones de acceso
propuestas como remedio a la brecha. En el albor del siglo
XXI es imperativo pensar el acceso no sólo en términos de
recepción y uso sino también como una producción colectiva que
favorezca la pluralidad.
Palabras
clave:
brecha digital, acceso, alfabetización tecnológica
1.
Introducción
Para
algunos encabeza la agenda de lucha por los derechos civiles en el
nuevo milenio. Para otros se trata de una cortina de humo
dispuesta a encubrir inequidades milenarias y deficiencias
estructurales. Aun otros ven en ella un quiebre, un punto de
inflexión para ingeniar espacios alternativos de comunicación y
participación. Como quiera que se la figure, la brecha digital
ha espoleado cruzadas abocadas a orientar el rumbo de la
Sociedad de la Información. Una vertiginosa transformación
tecnológica que lleva a autores como Manuel Castells (1998) a
afirmar que el principal legado de las tecnologías de la
información y comunicación (TICs) no es la proliferación y
sofisticación de aparatos sino las nuevas maneras de relación,
producción y distribución que trama este desarrollo a nivel
global. Ante el advenimiento, lo actual pierde vigencia, y es esta
consternación por la caducidad, el rezago y el desfase la que ha
generado el conjunto discursivo que constituye la citada brecha
digital.
El
presente trabajo traza una suerte de etimología del término a
fin de aprehender su caudal conceptual y generar criterios para
evaluar las políticas e intervenciones efectuadas en su nombre.
Este recuento nos permitirá a su vez justipreciar las distintas fórmulas
de acceso a las TICs que han sido prescritas para remediar
las asimetrías de la "nueva sociedad" y proponer, a la
luz del análisis, una definición de acceso comprometida
con la preservación de las identidades culturales y la valoración
de la pluralidad en el actual escenario de globalización mediática.
2.
El origen de la brecha digital: entre lo nacional y lo
global
El
telón de fondo de la brecha es el alegado advenimiento de
la Era Digital, un flamante período histórico caracterizado por
la (necesaria e inevitable) transformación de átomos a
bits y la evolución de una interacción desnaturalizada con la
tecnología a una relación natural con las mismas. Al menos así
la describiría el ciber-gurú profesional Nicholas Negroponte
(1995a). Antes de la publicación de su afamado libro Being
Digital (posteriormente traducido a más de 40 idiomas), ya
Negroponte habría comenzado a delinear los contornos de esta nueva
era mediante su labor en el Media Lab del Massachusetts
Institute of Technology y, sobre todo, en sus contribuciones a
la revista Wired. La Era Digital es para Negroponte
comparable a una fuerza de la naturaleza que (no se puede negar
ni detener) y que, gracias a sus cuatro poderosas
cualidades--descentralizante, globalizante, armonizante y
liberalizante--está destinada al triunfo (1995a, p. 229). A pesar
de las nutridas críticas de las que ha sido objeto su
determinismo tecnológico, el protagonismo de Negroponte en el
escenario de la investigación científica, la producción tecnocrática
y la difusión masiva de la revolución digital que
advirtió en los noventa es innegable. El propio Armand Mattelart,
en su reciente crítica a la ascendencia de lo que denomina el (paradigma
de la Sociedad de la Información) reconoce a Negroponte como
el principal profeta de la Era (2003, p. 89).
Es
en el contexto del furor generado por los cambios tecnológicos,
económicos y geopolíticos que se registraban en las postrimerías
del siglo XX, y que se representarían discursivamente con los parónimos
de la Era Digital,[1]
la Era de la Información,[2]
la Era Global,[3] y hasta la Era Ateniense,[4] que deben comprenderse el surgimiento y la súbita
difusión del término brecha digital. El mismo se acuñó
originalmente en inglés --digital divide-- a mediados de
los noventa. Si bien no se ha arribado a un consenso al respecto
de la identidad de su progenitor/a y su fecha de nacimiento, las
etimologías difundidas apuntan a una misma definición del
problema que se pretendió registrar y abordar en referencia a
este tropo,[5]
inicialmente en el contexto de los Estados Unidos de América.
Una
de las primeras apariciones del término se constata en una
investigación realizada por la Markle Foundation en 1995 y
publicada en 1997.[6]
El estudio se propuso identificar (quién está y quién
no está online), una dicotomía que recibió el nombre
de digital divide. Los contornos de la brecha
comenzarían a ser dibujados por las conclusiones de este informe:
La
misma divergencia que existe socialmente en términos culturales y
raciales, se reproduce online y offline [...],
aquellos que se encuentran en el lado adverso de la brecha--que
son más pobres, tienen menos educación y son
desproporcionalmente Afro-Americanos, Latinos y mujeres--están
perdiendo importantes oportunidades.[7]
A
un lado de la brecha se ubicó a los poseedores (haves) y
del otro lado a los desposeídos (have-nots); entre ellos
se trazó una (amplia y creciente división de la información).
Según Katz, autor del informe, el segundo grupo se vería
empobrecido en la nueva era por cuanto las entidades
gubernamentales, organizaciones no gubernamentales y empresas
nacionales e internacionales desplazarían sus recursos de los
canales convencionales de comunicación hacia el Internet. En una
coyuntura histórica donde la cara pública y marketinera
de la ciencia consiste en anticipar escenarios futuros, se
advierten serias rupturas en el tejido de una sociedad
proferidamente democrática. Es así como las conclusiones de Katz
no evocan el optimismo de las igualmente premonitorias
afirmaciones de Negroponte: (en la medida en que cualquier
grupo demográfico es excluido y subrepresentado en el Internet,
será excluido de los frutos económicos que promete este tipo de
participación).[8] Cabe notar que su preocupación no se ciñe a la
exclusión de los (desposeídos) del mercado virtual. En éste
y posteriores trabajos producidos por la Markle Foundation
el Internet se figura como la esfera pública de la Era Digital
que da origen a un nuevo tipo de ciudadano: el Netizen, un
neologismo compuesto de la síncopa de los términos Internet
y citizen (ciudadano). Vemos aquí como la brecha
digital toma la forma de un tropo que refiere exclusivamente a
la conectividad de individuos a la red de redes que habría de
convertirse en el principal espacio de sociabilidad en la Era
Digital. Mediante una operación metonímica, la desconexión
digital pasa entonces a predicar la marginación socioeconómica y
la enajenación política.
Otros
autores adjudican el origen del término brecha digital al Telecommunications
Act de 1996, una intrincada y caudalosa ley estadounidense que
repercutiría en el terreno de las comunicaciones a nivel nacional
y global.[9]
El Telecommunications Act recuperó la ideología de acceso
universal a las tecnologías de comunicación que había sido
expresada en el Communications Act de 1934 por la recién
fundada Federal Communications Commission. En el albor del
modelo de radiodifusión comercial que se instalaría en el país
y eventualmente se trasladaría a la televisión, el estado se
comprometió a facilitar a todos sus habitantes --sin discriminar
por cuestión de raza, color, religión, origen nacional o sexo--
un servicio rápido, eficiente y módico de telefonía y
radiodifusión nacional e internacional. Este precedente
discursivo reverberaría en la Era Digital, cuando el avance del
Internet y la efusión del flujo de información extenderían el
concepto de acceso universal a la comunicación online.
El Telecommunications Act estableció, entre otras cosas,
un E-rate (E-tarifa), que otorga descuentos en tecnologías
informáticas a escuelas y bibliotecas públicas en un sistema de
mérito que privilegia a las entidades (más pobres). Una
medida amparada en los reportes del National Telecommunications
and Information Administration, que desde 1994 registraba índices
de posesión de PCs y penetración de Internet en los hogares
estadounidenses y reportaba significativas divergencias
atribuibles a nivel de ingresos, educación y ubicación geográfica
(Borgida, E. y otros, 2002). El E-rate fue sólo una de
varias iniciativas impulsadas por la administración del entonces
presidente Bill Clinton para promover el acceso a PCs e
Internet entre los denominados (sectores marginados).[10]
Los proyectos fueron avalados por millonarias contribuciones
provenientes de empresas privadas que se vieron altamente
favorecidas por la desregulación de la industria de
telecomunicaciones propiciada por el Telecommunications Act.
Ley que pretendió reprimir un tipo de brecha en tanto que
consintió otra por la cual irrumpió un puñado de compañías
transnacionales que alcanzaría un status oligárquico en
el campo de la telecomunicación a nivel nacional, posicionándose
vertiginosa y ventajosamente en este terreno a nivel
transnacional. Algunos ejemplos paradigmáticos son el Gates
Learning Foundation y el Gates Center for Technology Access,
que han efectuado inversiones millonarias para proveer
computadoras y acceso al Internet a bibliotecas, escuelas y
organizaciones en sectores marginados. De modo que mientras Bill
Gates erigía su emporio en la Era Digital, sus donaciones
garantizaban el acceso de los (desposeídos) a los
productos de su empresa.[11]
Por
otro lado, en el panorama global se alega que el término brecha
digital apareció en el discurso público algunos años más
tarde, durante la Cumbre del G-8 en Okinawa en el 2000 (Koss, F.,
2001). El encuentro concluyó con la conformación del Digital
Opportunity Taskforce, una comisión de representantes
estatales, empresariales y ONGs dedicadas a estudiar la cuestión
del acceso a las nuevas tecnologías a nivel global y a
generar proyecciones para su futura incorporación y utilización.
La brecha digital que habría sido advertida en el seno del
estado-nación se transpuso así al terreno internacional; el
discurso que la constituyó apeló nuevamente a los significantes
del acceso a aparatos y dispositivos. Como señala el
investigador británico Duncan Campbell (2001), el término pasó
a referir a situaciones de polarización en los promedios
nacionales o regionales de posesión y/o uso de TICs. Los primeros
indicadores de la brecha digital internacional consistieron
en cifras correspondientes a la proporción de líneas telefónicas
por habitante, el número de usuarios del Internet, el índice de
penetración de telefonía móvil, etc.
A
la luz del recorrido efectuado hasta el momento podemos concebir
la brecha digital como una representación social que da
expresión a la convergencia de lecturas sobre un fenómeno --la
introducción de las TIC en una sociedad y un mundo polarizado-- y
que se constituye a partir de operaciones de construcción de
sentido que dan forma a los discursos que permiten afirmar su
existencia. La irrupción, difusión y significación atribuida al
concepto es, entonces, el resultado de un proceso de interpretación
de la realidad. Pero es imperativo recordar que este proceso se
despliega en el contexto de un sistema de intercambios sociales y
prácticas comunicativas atravesadas indefectiblemente por
relaciones de poder. Para comprender las implicancias de esta puja
de fuerzas, particularmente en el derrotero internacional, nos
permitimos remontarnos brevemente en el tiempo y considerar
algunos acontecimientos previos a la aparición de la figura
discursiva de la brecha. Una trayectoria que pone de
relieve los intereses que han incidido en las nociones y
propuestas de acceso que se contraponen a la brecha
en el discurso "oficial".
En
el primer quinquenio de la denominada década menemista en
la Argentina, la capital porteña fue sede de la Conferencia
Mundial para el Desarrollo de las Telecomunicaciones, organizada
por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) en 1994.[12] El eje temático del encuentro fueron las
telecomunicaciones y el desarrollo; su resultado, el Plan de Acción
de Buenos Aires, un catálogo de recomendaciones y programas
abocados a desarrollar las telecomunicaciones, especialmente en el
Tercer Mundo donde se registraban con unánime consternación (índices
extremadamente bajos de teledensidad)[13]
(Titch, S. y Williamson, J., 1994). El Secretario General de la
UIT aseguró que la conferencia instalaría las telecomunicaciones
en el centro mismo de las políticas públicas a nivel
internacional. En el clímax de las (relaciones carnales)
entre Argentina y EE.UU., y ante la presencia espectadora del
entonces Vicepresidente del país norteamericano Al Gore, el
propio Carlos Menem aseguró que el acceso a las
telecomunicaciones constituía en la Argentina y en el mundo (un
derecho humano esencial). Ahora bien, según concluyeron
algunos de los asistentes, la moraleja de la conferencia fue que
si los países (rezagados) en el campo de la telecomunicación
no adoptaban políticas de privatización y libre competencia al
mercado internacional se esfumaría toda esperanza de garantizar
tal derecho (Titch, S. y Williamson, J., 1994; Mattelart, A.,
2003). Tácita pero indefectiblemente, las políticas públicas de
las que hablara el Secretario General de la UIT referían al tipo
de apertura neoliberal que habría de convertir a la Argentina en
el (poster child [la figurita]) del FMI y los EE.UU.
durante los noventa (Stiglitz, J. E., 2002, p. 98).
Vemos
entonces cómo la problemática del acceso precede en el
terreno internacional al tropo de la brecha. Hay dos
cuestiones que nos interesa remarcar al respecto. Primero, la
relevancia de la trayectoria discursiva que conduce a que la
solución a la brecha se ciña inicialmente al desarrollo
de infraestructura, la provisión de PCs y la conexión al
Internet. Segundo, el hecho de que el acceso, y
consecuentemente la brecha, hayan sido vinculados
discursivamente a la "nueva economía" que, con el
impulso del Bangemann Report en 1994[14]
y de la cumbre del G-7 el año siguiente, cedía el timón de la
Sociedad de la Información al sector privado y los designios del
"libre" mercado. Para algunos autores estas cuestiones
no son independientes sino que sostienen una relación simbiótica.[15]
Durante la sesión plenaria de la conferencia en Buenos Aires, Al
Gore espoleó a sus pares a conformar la Infraestructura Global de
la Información para ofrecer (comunicación instantánea a la
gran familia humana ... en la Nueva Era Ateniense de la democracia
que se forjará en el foro de la IGI) (Gore, A., 1994). La
alegoría no tardó en convertirse en parábola cuando el
mandatario vitoreó el alegado éxito de las políticas
neoliberales adoptadas por el gobierno mexicano. En la medida en
que la lectura dominante sobre la brecha se compone con la
retórica del subdesarrollo en infraestructura, la exigüidad de
aparatos y la desconexión al Internet en un mundo polarizado
donde la mitad de sus habitantes aún no ha efectuado una simple
llamada telefónica, aparece la necesidad de ampliar la cadena
discursiva con el recurso de la antítesis. En el marco de un
modelo de globalización diseñado por un puñado de corporaciones
transnacionales, esta figura se traduce en un mandato de integración
obediente y dependiente al mercado global.[16]
Es
así como implícita, y a veces hasta explícitamente, la brecha
digital pasa a representar una amenaza a la conformación del
modelo económico hegemónico de la Era Digital. Las declaraciones
del actual Secretario de Estado de EE.UU. así lo demuestran:
Si
el apartheid digital continúa, perdemos todos. Los desposeídos
digitales serán más pobres, resentirán más que nunca el
progreso, y no podrán convertirse en los trabajadores diestros o
los consumidores potenciales que se necesitan para sostener el
crecimiento de la economía del Internet. Por tanto, el sector
privado quiere ávidamente demoler la pared que separa a los
poseedores y los desposeídos digitales (Powell, C., 2000).
El
acceso, en tanto corolario de la brecha, se
convierte entonces no sólo en una necesidad democrática para
garantizar la participación en la polis virtual, sino también en
una urgencia mercantil para sustentar el desarrollo de la economía
global.
Como
hemos sugerido, los organismos internacionales escasamente alterarían
los términos del discurso. La Declaración del Milenio,
ratificada por una cifra récord de líderes internacionales
durante la Cumbre homónima organizada por la ONU, calificó el
tema del acceso a las TICs como uno de los principales
desafíos del siglo XXI. Según Koffi Annan, la Cumbre reconoció
que (las colaboraciones entre gobiernos, agencias bilaterales y
multilaterales de desarrollo, empresas privadas y demás
inversores jugaban un rol clave en la utilización de las TIC en
pos del desarrollo) (Information Gatekeepers, Inc., 2002).
Cabe recordar que el telón de fondo de estas declaraciones es el
Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD de 1999. Allí se
representa al usuario típico del Internet: (es hombre, de
menos de 35 años de edad, con educación universitaria y un
ingreso elevado, vive en una zona urbana y habla inglés, [en fin]
es miembro de una elite muy minoritaria a nivel mundial).
Consternado por el cuadro de exclusión que refleja el arquetipo,
el PNUD asegura que las ventajas de la conexión serían (abrumadoras).[17]
No empero, los objetivos desglosados en el Informe --redactado en
un momento histórico en que las luminarias de la Era Digital
eclipsaban el hecho de que un tercio de la población mundial
carecía de electricidad--no ciñen la propuesta del acceso
a la conectividad al Internet. Si bien el lenguaje utilizado es
impreciso, el documento reconoce la importancia de la capacitación,
el uso comunitario, la adaptación creativa de las tecnologías y
el desarrollo de contenidos locales que aporten a la diversidad de
opiniones en la Sociedad de la Información, entre otras
consideraciones.
Mientras
que el PNUD mensuraba las dimensiones de la brecha y advertía
que (el mayor peligro es la creencia complaciente de que una
industria rentable y creciente resolverá el problema por sí sola),
el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC) se
disponía a resarcir la brecha haciendo eco a las palabras
de Annan. El Grupo de Trabajo sobre TICs que conformó el ECOSOC
en 2000 se dispuso a promover (oportunidades digitales) en
las cuales (las asociaciones entre gobiernos nacionales,
actores bilaterales y multilaterales del desarrollo, el sector
privado y otras partes interesadas deben jugar un papel
fundamental).[18]
No cabe duda que la promoción de este tipo de alianza se sustenta
en la apreciación de una realidad material: pocos estados
tercermundistas podrían garantizar los recursos necesarios para
promover el desarrollo de las TICs a nivel nacional. Pero se
advierte en la presión por "liberalizar" los mercados y
abrir paso a inversionistas privados una suerte de determinismo
económico que traspone el paradigma de la difusión de
innovaciones al contexto neoliberal. En esta lógica la difusión
de las TICs sería facilitada por la influencia de miembros de
"la comunidad" que ya han entrado a "la nueva era",[19]
al tiempo que la "libre" competencia del mercado reduciría
los costos de la tecnología y propiciaría un mayor acceso
a las mismas. Una ecuación que redundaría en una penetración de
alcance universal que ofrecería oportunidades de integración a
los países y sectores rezagados.[20]
La
manera en que la ONU fomenta estas asociaciones y el perfil de los
actores que convoca a protagonizar estas iniciativas
multilaterales también han sido objeto de impugnaciones. La
medida más ambiciosa adoptada hasta la fecha para erradicar la brecha
es un ejemplo ilustrativo. Se trata de la organización, a cargo
de la UIT y UNESCO, de dos Cumbres Mundiales sobre la Sociedad de
la Información; la primera en Ginebra en diciembre de 2003, y la
siguiente en Túnez en el 2005.[21]
Ambas entidades definieron pautas para resguardar la participación
de la sociedad civil en los eventos: además del estado y el
mercado, la ONU convoca a ONGs internacionales para que se sumen
al debate sobre el presente y el futuro de la Era Digital. Lo que
queda entre bastidores es la definición de ONGs adoptada por los
organismos, la cual acoge entidades leales y dependientes del
sector privado tales como la Cámara Internacional de Comercio,
la Federación Mundial de Publicistas y la Asociación
Internacional de Publicidad. Como bien señala Mattelart, la
representación y participación de organizaciones de base está
prácticamente vedada. Este silenciamiento, nos recuerda el autor,
acarrea riesgosas consecuencias para la manera en que se figura la
brecha y se configuran políticas públicas en nombre del acceso.
La
estrategia de las agencias de las Naciones Unidas se circunscribe
cada vez más a fomentar que estas corporaciones "hagan
escuchar sus voces" donde quiera que el destino de la
"sociedad global de la información" esté siendo
debatido, y en involucrarlas en programas orientados a reducir la
"brecha digital". Ésta es una de las razones por
las cuales este concepto ha cobrado la preeminencia que tiene
actualmente, soslayando la cuestión de la brecha social
(Mattelart, A. 2003, p. 151).
Los
actores y el concepto alternativo rescatados por Mattelart nos dan
el pie para corrernos del terreno "oficial" y
desplazarnos hacia otros espacios donde se han efectuado aportes
al tema que nos ocupa. Nos ha parecido necesario desmontar el
andamiaje discursivo erigido en torno a la brecha en aquel
terreno dada su incidencia en el desarrollo de políticas y
proyectos a nivel nacional y global. Ahora bien, reconocemos que
las representaciones sociales son plurales y dan cuenta de
los diversos procesos de significación que se desatan, se
entrelazan y, con frecuencia, se contradicen ante situaciones y
estructuras dadas. No pretendemos agotar el extenso bagaje de la brecha
en tanto representación social, pero consideramos
necesario tomar en cuenta otras figuraciones compuestas
principalmente en producciones académicas.
Antes
postulamos que el acceso ha sido corolario de la brecha
en la retórica "oficial" de los pasados diez años.
Dada la trascendencia de esta díada, elegimos abordar los
conceptos de manera conjunta en la revisión que presentamos a
continuación. La idea es que podamos hacer un balance crítico de
las propuestas a fin de avanzar hacia una definición del acceso
que oficie como marco de referencia para propuestas de capacitación
y alfabetización digital.
3.
Las otras brechas y la resemantización del acceso
El
ejemplo de EE.UU. parece sugerir que el discurso sobre la brecha
a nivel nacional se erigió en torno a tres referentes sociodemográficos:
ingresos, nivel educativo, raza/etnicidad. Las dos primeras
variables, conjuntamente con la ubicación geográfica
(rural/urbana), serían los índices de la brecha en los países
de la Unión Europea (Editor, International Labor Review,
2001; James, E., 2001). Según se desprende del parágrafo
anterior, variables análogas a las mencionadas suelen definir los
contornos de la brecha digital a nivel internacional.[22]
No
obstante, las antedichas no han sido las únicas dimensiones de
identidad que han pasado a distinguir los poseedores de los
desposeídos tecnológicos. Se articula y registra también
la marginación femenina o la brecha de género (Furger,
R., 1998; Feldman, G., 2000) y la flagrante integración juvenil o
la brecha generacional (Negroponte, N., 1995; Loges, W. y
Jung, J., 2001; Tapscott, D., 1988). Ahora
bien, la brecha no sólo disgrega discursivamente a
individuos y hogares. Ya hemos visto como el tropo se emplea para
significar particiones geográficas, y hay incluso quienes osan
hablar de una brecha empresarial para distinguir entre
empresas adaptadas y empresas inadaptadas a la (economía del
conocimiento) (Karnjanatawe, K., 2001; Koss, F., 2001).
Este
recuento del repertorio de variables utilizadas para mesurar la brecha
revela el determinismo social subyacente en gran parte del
discurso "oficial". El argumento de la inequidad
estructural discierne la marginación tecnológica como el
resultado directo de polarizaciones socio-económicas históricas.
Un determinismo que tiende un manto protector sobre las políticas
neoliberales que proclaman el acceso en los estrechos términos
citados de modo que el accionar de los corredores de este modelo
económico no se percibe como un factor contribuyente a la
inequidad sino como su solución.
En
cierto modo la denominada brecha generacional nos da
elementos para comenzar a desarticular esta lógica. Los estudios
que hacen posible concebir que es más factible que estudiantes de
escuelas públicas urbanas del Primer Mundo (y hasta del Tercer
Mundo[23])
hayan incorporado las TICs en sus jornadas educativas y cotidianas
que acomodados estancieros de avanzada edad, también aportan a la
resignificación del acceso a las TICs. Que quede claro,
investigadores académicos (Borgida, E., 2002; Lonergan, J.,
2000), entidades gubernamentales (PSI, 2004; Castro, V., 2003) y
la propia ONU (Fowler, J., 2003), ávidamente registran los datos
que darían cuenta del cociente de la brecha: poseedores de
PCs, suscriptores telefónicos,
conexiones de Internet, "navegantes", etc.[24]
No obstante, pese a la reticencia de nociones de acceso
estrechamente vinculadas a la penetración del Internet y la
posesión/uso de PCs, se observan notables intentos por figurar el
acceso en términos acordes a los que esbozara el PNUD en
1999. Dijimos anteriormente que el Informe exhorta a promover la capacitación,
el uso comunitario y la adaptación creativa de las tecnologías,
así como el desarrollo de contenidos locales que aporten a la
diversidad de opiniones en la Sociedad de la Información. Y es en
estos términos que el concepto de acceso está siendo
resemantizado. Para muchos la ampliación de su cadena
significante es un paso esencial para asegurar que la respuesta a
la brecha digital aborde también las otras brechas
sociales que se advierten a nivel local, nacional y global. Por
ejemplo, un estudio comparativo realizado en países
subdesarrollados advierte que el uso efectivo de las TIC está
subordinado a mucho más que infraestructura de
telecomunicaciones, moderación de los costos, y perfil socioeconómico
del usuario o aspirante a usuario (Rodríguez, F. y Wilson III,
E., 2000). Los autores aseguran que el acceso y uso de las
TICs depende de las libertades civiles y políticas que disfrute
la ciudadanía. La relevancia del clima político en los tipos de
contactos y relaciones que se desarrollan con la tecnología también
fue constatada en un estudio realizado en cuatro ciudades
californianas (citado en Borgida y otros, 2002, p. 125).
Por
otro lado, el journal del Organization for Economic
Cooperation and Development[25] ha dedicado varios números a debatir el acceso.
En uno de ellos, Edwyn James, del Centro para la Investigación y
la Innovación Educativa de la OECD, argumenta que aún si cada
habitante del mundo tuviese un monitor y un teléfono en sus
manos, la brecha digital no se cerraría. A su modo de ver,
(la tecnología es prácticamente inservible a menos que la
gente adquiera también el conocimiento aplicado [know-how] y la
predisposición) para usarla confiadamente (2001, p. 43).
Posturas análogas han sido vertidas por un grupo de
investigadores del Annenberg School of Communication que se
ha dedicado a proponer mediciones alternativas para abordar el
tema de la brecha (Jung, J. y otros, 2001). El Índice de
Conectividad al Internet (ICI) que desarrollaron no se limita a
registrar la posesión de aparatos tecnológicos y el tiempo
invertido online, sino que contempla también variables
contextuales (contexto de uso, motivaciones y objetivos de uso,
percepciones sobre la tecnología, etc.) tendientes a medir el
alcance y centralidad de la incorporación de las TICs en la vida
diaria de una diversidad de grupos sociales. Sus conclusiones
apuntan a una redefinición del acceso que considera la
habilidad de maximizar el uso de las tecnologías para la
consecución de objetivos propios y la diversidad de sentidos
atribuidos a dicho uso.
Sin
embargo, para James, cuyo contexto de referencia son los países
desarrollados, la viabilidad de este tipo de acceso es
incierta en tanto no se bifurque la mirada y se preste el mismo
nivel de atención e inversión en capacitación de docentes y
educadores de adultos ofertado al desarrollo de infraestructura y
la adquisición de equipos. James propone además que para
explotar el potencial de las TICs en la educación es recomendable
propiciar intercambios entre empresas productoras de aplicaciones
y programas, maestros y estudiantes, de modo que la oferta de
productos se ajuste a las necesidades de enseñanza y aprendizaje
de la población. Su argumento tipifica dos importantes
resignificaciones del concepto de acceso. En primer lugar,
el desplazamiento del terreno de la posesión personal de TICs
hacia los usos compartidos de TICs en contextos (semi)públicos,
una modalidad que algunos valoran por su capacidad de nutrir vínculos
locales y comunitarios mediante el aprendizaje conjunto y la
apropiación colectiva de la tecnología conforme a objetivos
individuales y comunitarios (James, E., 2001; Editor, Education
Technology News, 2000; Zardoya, I., 2001).[26]
En
segundo lugar, James asocia el acceso con la relevancia de
contenidos y aplicaciones para los usuarios (potenciales o
reales). Cabe señalar que la homogeneidad de los contenidos,
sobre todo en el Internet, es para muchos un significante de la brecha
que opera a favor de la exclusión de comunidades minoritarias o
alternativas (Lazarus, W. y F. Mora, 2000; Feldman, G., 2000;
Stoicheva, M., 2000). En esta operatoria discursiva, el acceso
pasa a ser conceptualizado como una representación en el
sentido político del término (Williams, R., 1983): acceder
efectivamente a las TICs consiste en parte en encontrar en ellas
contenidos que reflejen y hagan presente la realidad colectiva de
los sujetos en cuestión. La propia UNESCO parece adherirse a esta
propuesta de acceso con su Iniciativa B@bel, un
conjunto de recomendaciones para promover el multilingüalismo, el
multiculturalismo y el acceso universal al espacio virtual.
La
vinculación del acceso con la capacitación también ha
sido ampliamente difundida, especialmente en el campo de la
educación. Aquí el acceso pasa a estar asociado con (la
habilidad de sacarle partido) a las TICs (Stoicheva, M., 2000)
y de (utilizarlas para la participación efectiva en el sistema
socioeconómico actual) (Welter, C., 1997). Acceder no
es entonces reducible a adquirir destrezas básicas en computación
sino que comprende un proceso integrado de alfabetización digital
que desarrolle capacidades para (comprender las posibilidades y
limitaciones de las TICs, para explotarlas, para obtener información
de utilidad, y desarrollar destrezas de pensamiento crítico que
no se obtienen a través de una conexión a un módem)
(Feldman, G., 2000). Desde esta óptica el acceso al
Internet se redefine como la capacidad de encontrar, comprender,
evaluar, discernir, y adaptar la información disponible (Solomon,
G., 2002).
4.
Conclusiones
Nos
corresponde ahora sintetizar el tránsito efectuado por la noción
de acceso, que avanza hacia un repudio de los determinismos
que han teñido el discurso "oficial" sobre la brecha.
Nos parece representativo el punteo que ha desarrollado Manuel
Moreira (1998) para identificar las tres variables del acceso,
aún cuando rechazamos la precondición de posesión personal de
aparatos y dispositivos que postula el autor:
-
Dominio del manejo técnico de cada tecnología (conocimiento práctico
del hardware y del software que emplea cada medio);
-
Conocimientos y habilidades específicos que permitan buscar,
seleccionar, analizar, comprender y recrear la enorme cantidad de
información a la que se accede a través de las nuevas tecnologías;
-
Desarrollo de un cúmulo de valores y actitudes hacia la tecnología
de modo que no se caiga ni en un posicionamiento tecnofóbico
[...] ni en una actitud de aceptación acrítica y sumisa
de las mismas.
Reconocemos
entonces que el andamiaje conceptual del acceso ha sido
ampliamente elaborado en la producción académica e institucional
de los últimos años. Un proceso de resignificación que pone de
manifiesto el complejo entramado de relaciones y condiciones que
figuran y configuran las múltiples brechas digitales
advertidas en la pasada década, demostrando que éstas no son
reducibles a inequidades estructurales que el libre comercio podría
revertir. Ahora bien, la creciente consideración de las
competencias tecnológicas y los usos discriminados en función de
necesidades endógenas ha atenuado las voces que aún pretenden
reclamar el potencial de las TICs como medio de producción.
Cuando Moreira habla de (recrear) la información y de
evitar la (sumisión) ante la tecnología enfatiza
la importancia del pensamiento crítico pero privilegia una
actitud reactiva que se limita a retratar el equivalente digital
de la "audiencia activa" de los medios de comunicación.[27]
No es ésa la noción de acceso que comparten ONGs como la
Agencia Latinoamericana de Información, el World Association
of Community Broadcasters y el World Association for
Christian Communications, entidades que han puesto sobre el
tapete el reclamo por el (derecho a la comunicación) desde
la base y la integración creativa y productiva de este sector en
la conformación de la esfera pública digital (Downing, J., 2000;
Mattelart, 2003). Organizaciones como La Brecha Digital en
México ejercen presiones consonantes en el terreno nacional.
Nuestro
recorrido demuestra que en tanto que el tropo de la brecha
represente un fenómeno de diferenciación social, las
posibilidades de abordarlo dependen de una pluralidad de
cuestiones de orden económico, político, social, cognitivo, ético
y emotivo. Para avanzar en el proceso de subvertir asimetrías en
la Era Digital, nos corresponde entonces adoptar una definición
de acceso que conjugue estas cuestiones y refleje la fructífera
trayectoria discursiva del concepto. Proponemos entonces concebir
el acceso a las TICs en los siguientes términos:
Comprende
la posibilidad de utilizar las tecnologías de manera efectiva,
reconociendo sus limitaciones y posibilidades para cada contexto
de uso, apropiándolas para la consecución de objetivos
individuales y colectivos, adaptándolas crítica y
participativamente al conjunto de prácticas comunicativas que
hacen a la sociabilidad, y utilizándolas como recursos para la
creación, expresión, producción e intercambio cultural.
La
importancia de la capacitación para promover este tipo de acceso
es innegable, mas deberá ser una capacitación contextualizada,
arraigada en la historicidad y particularidad locales y
comprometida con la preservación de la heterogeneidad en un mundo
globalizado. De esta manera la Sociedad de la Información no se
conduciría por un modelo comunicativo de recepción de información
sino por un modelo interactivo de producción de conocimientos.
5.
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