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Re-visitando
en concepto de comunicación
política.
Apuntes
para una discusión
Por:
Jorge
Bonilla Vélez
Comunicador
Social-Periodista. Magíster en Comunicación.
Director
de la Maestría en Comunicación de la Pontificia Universidad
Javeriana.
Bogotá,
Colombia.
Correo
electrónico: jibonill@javeriana.edu.co
Resumen
Esta
ponencia se propone re-visitar un concepto fundacional de los
estudios de la comunicación como es la denominada comunicación
política. Nuestro interés es abordar este concepto como un
objeto problemático a explicar, esto es, como una categoría de
clasificación social que puede ser sometida a un proceso de análisis
de sus usos, limitaciones y contornos. Se entiende la comunicación
política como un concepto histórico y cultural que no está
definido por una esencia natural (¿qué define la esencia de este
concepto?), sino por su relación y ubicación al interior de
estructuras culturales, políticas e históricamente construidas
que ha dotado de sentido y condicionado el uso mismo de este
concepto.
Palabras
clave:
Comunicación política, esfera pública, estudios de comunicación.
En
la moderna historia de los estudios de la comunicación existen
palabras que adquieren el carácter de mapa. A primera vista sólo
son trazos que dibujan ―o dibujaron― el itinerario de
una época, pero si las miramos con atención allí aparecen
demarcados los debates más candentes por definir y redefinir los
contornos a partir de los cuales se ha
institucionalizado el campo de estudios de la comunicación:
de lo que está permitido investigarse y de lo que estamos
obligados a callar. Como
lo señala Raymond Williams, por medio de estas palabras “es
posible reconsiderar los cambios más vastos de vida y de
pensamiento, a los que se refieren las transformaciones del
lenguaje” (Williams, 1985: XIII-XV).
La
comunicación política es
precisamente una de esas expresiones que operan como mapa. Su uso
sirve, ya sea para preguntarse por las dimensiones políticas de
la comunicación, como también para indagar por la trama
comunicativa de la política. Se trata de una categoría
fundacional en los estudios de la comunicación que, a su vez, se
encuentra articulada a un red relacional de conceptos que han
tenido una tradición histórica definida y una dimensión teórica
reflexiva, en cuyo centro de gravitación han girado problemáticas
concernientes a la esfera pública, la opinión pública, el
periodismo, los medios de comunicación, las instituciones políticas
y las libertades y derechos vinculados con los valores de la
información, la expresión y el reconocimiento en las democracias
liberales modernas (Habermas, 1981; Dader, 1992; Ortega y Humanes,
2000).
¿A
qué nos referimos cuando hablamos de comunicación
política? Una posible vía de explicación es remitir los
contornos de esta palabra-mapa a un concepto categorial que tiene
definido de antemano el catálogo de los temas, los actores políticos,
las interacciones y los ámbitos sociales que deben ser objeto de
preocupación, investigación y actuación. Según esta
perspectiva, lo sustantivo de la comunicación política sería el
estudio de las interacciones discursivas y conflictivas que tienen
lugar en el sistema formal y codificado de política. Nos
referimos a los procesos electorales y a las complejas relaciones
entre gobernantes y gobernados a través de canales, soportes,
formas y agentes de comunicación, esto es, mediante la
intermediación de los medios de comunicación, los periodistas y
las encuestas de opinión.
Una
segunda vía de explicación consiste en asumir el concepto de
comunicación política como un objeto-problemático-a-estudiar
cuya naturaleza nos remite a la formación histórica y epistemológica
de los conceptos (Somers, 1996/97) y, por consiguiente, a las
relaciones entre la política y la
comunicación. Hablamos de la comunicación política como
una “categoría de clasificación social” (Moore, 1984)[1]
que se convierte ella misma en un objeto de preocupación y análisis.
¿Es posible entonces revisitar los alcances y los usos de este
concepto a partir del reconocimiento de las transformaciones y
cambios de las cartografías sociales y culturales de la política,
la comunicación y el conocimiento, o más bien se trata de
ajustar y delimitar mucho más las definiciones de la comunicación
política, siguiendo la tradición hegemónica de los estudios, no
sólo de comunicación,
sino de la ciencia política y la psicología?
En
otras palabras, que la comunicación política haya sido una
palabra utilizada para designar y analizar las relaciones de doble
vía entre la política y la comunicación, nos habla más de la
condición histórica y cultural del concepto, que de su esencia
natural, definida a partir de atributos y valores (Somers,
1996/97). Así, el uso, el abuso y la significación que hemos
hecho del concepto no puede pensarse al margen de las discusiones
en torno a las zonas de prescripción, delimitación e
interpretación sobre las cuales se han fundamentado, desarrollado
y también erosionado las ciencias sociales y sus marcos de
interpretación.
Por
tanto, en este artículo abordaremos la comunicación política a
partir de dos premisas básicas. Por una parte, ésta se entiende
como un objeto problemático a explicar, más que como una categoría
explicativa aplicada a datos empíricos de la realidad que les
pone un nombre y un apellido: ¿son los procesos electorales? ¿Es
la persuasión e influencia de los medios sobre el electorado? ¿Es
la relación en la esfera pública entre políticos, periodistas y
opinión pública? Por otra parte, ésta se entiende como un
concepto histórico y cultural que no está definido por una
esencia natural sino por su relación y ubicación al interior de
estructuras culturales, políticas e históricamente construidas
que la dotan de sentido y condicionan su uso. ¿Puede definirse la
comunicación política a partir de
una serie de atributos que representan la esencia del
concepto en sí mismo y que, por tanto, deberían incluirse más
apropiadamente en dicha categoría? ¿O más bien su significado
está dado por su “posición” en relación con otros conceptos
que hacen parte de una “red” cuyas relaciones son frágiles y
contingentes?
Entender
el campo problemático de la comunicación política tiene que ver
entonces con el estudio de las condiciones sociales en que se
establece la lucha por la decodificación/recodificación de los
mensajes, discursos y prácticas sociales, lo que a su vez implica
considerar la expresión de una lucha por las reglas de
legitimidad política que funcionan en un momento determinado de
la historia (Quevedo, 1997). Reconocer esta red de relaciones
significa asumir que la palabra pronunciada nunca será
absolutamente autónoma ya que dependerá de este doble juego de
las condiciones sociales de enunciación y escucha en que fue
producida. Es allí donde se manifiestan las luchas por el poder y
las competencias por el dominio de los sistemas de decisión y
representación simbólica de una sociedad.
Ahora
bien, ¿puede operar la comunicación política como un objeto
problemático–a–explicar desde donde es posible analizar las
relaciones complejas, contingentes y plurales entre la comunicación
y la política? Responder este interrogante significa ubicarnos en
el sentido más hegemónico que tiene el concepto en mención.
Siguiendo al teórico español Javier del Rey Morato, la
comunicación política puede ser analizada como una “categoría
cultural construida a partir de la interacción que protagonizan
actores sociales —individuales e institucionales— instalados
en roles sociales perfectamente definidos: periodistas y medios de
comunicación, políticos, partidos políticos y administraciones
públicas” (Del Rey Morato, 1996: 176). Definición que también
es compartida, con diferencias y matices, por autores como
Dominique Wolton (1992), Maxwell McCombs (1972), Donald Shaw
(1972), Jack Mcleod (1996),
Gerald Kosicki (1996), Douglas McLeod (1996), entre otros autores,
para quienes la comunicación política es un espacio en tensión
que tiene por objeto el análisis de las interacciones
consensuales y/o conflictivas entre los tres actores que tienen
legitimidad para expresarse públicamente sobre la política: las
instituciones y agentes políticos, las instituciones y agentes
mediáticos y la opinión pública, a través de las encuestas de
opinión (Wolton, 1992).
Una
primera respuesta para desarrollar definiciones como la
anteriormente ofrecida consiste en comprender el papel que hoy
juega la comunicación política a partir del reconocimiento de
las nuevas mediaciones de la política, esto es, de los
desplazamientos de la política hacia la escena mediática, en
tanto nuevo actor/dispositivo/escenario de las reconfiguraciones
de las esferas pública y privada en las sociedades contemporáneas
(Thompson, 1988; Stevenson, 1998). Esta perspectiva analítica
sobre la comunicación política es útil para reconocer los
procesos de mediatización de la política (Touraine, 1992), para
incluir las estrategias de la manufacturación y del marketing
a las que están sometidos los procesos políticos (Wolton, 1998;
Verón, 1998) y para abordar las transformaciones mismas de la
democracia y la política, en una época de creciente expansividad
de lo social complejidad urbana y regulación tecnológica de la
existencia (Arditi, 1991; Beck, 1998; Lechner, 1999). Sin embargo,
consideramos que el sólo
hecho de actualizar la conceptualización de la comunicación política
no basta, ya que esto no es suficiente en términos de incluir las
“zonas grises” de la comunicación política, en tanto ésta
también tiene lugares de opacidad fundamentales desde donde
apostar por una problematización acaso más plural de dicho
concepto.
Aunque
novedoso, si se compara con el análisis politológico más
tramposamente crítico de la comunicación política, que sólo ve
en la comunicación, o bien el terreno de las persuasiones y las
estrategias de marketing que
se deben utilizar, o bien el escenario de la banalización y el
empobrecimiento de la política que se debe denunciar, este tipo
de definiciones no logran desprenderse de aquel marco de
referencia conceptual que ubica a la comunicación política
dentro del sistema político, digamos, más “oficial”. Según
esto, los únicos actores sociales con legitimidad para
aparecer/ser visibles en la esfera pública de deliberación política,
a través del intercambio consensual o conflictivo de sus
discursos, serían en su orden: los políticos, los periodistas y
la opinión pública, a través de las encuestas de opinión.
Así,
esta primera vía para entender la comunicación política nos
lleva a hundir las raíces conceptuales de su formación en la
teoría liberal de la esfera pública (Habermas, 1981), cuyo
modelo de comunicación está basado en el intercambio codificado
e igualitario entre sujetos sociales que tienen la legitimidad y
el consentimiento para participar e intervenir, en condiciones de
equidad, en los problemas comunes ―los asuntos públicos―
de la sociedad, a través de intercambios discursivos del
cara-a-cara y el diálogo que tienen presencia en un lugar
compartido (Thompson, 1998: 176). Lo que en otras palabras se
traduce en la cristalización liberal de la opinión pública.
Desde esta perspectiva, a los medios de comunicación les
corresponde el papel de cualificar esta esfera pública e
involucrar activamente a los individuos, volviendo esta esfera más
incluyente (Keane, 1991; Ortiz, 2002). Es la idea de los medios
como “extensiones” del dialogo racional y “foro” del
debate público.
¿Qué
sucede con conflictos, disensos, violencias, actores, prácticas y
procesos sociales que no se ajustan a estas coordenadas de la
reflexión? Justamente, los límites del modelo de comunicación
política se rebasan cuando se trata de pensar en “otros”
sujetos sociales, que no son sólo las instituciones de la
democracia representativa: los partidos, los gobiernos, los políticos,
los periodistas y la opinión pública racional, así como en
“otros” conflictos, dinámicas de dominación, prácticas y
procesos sociales que no provienen sólo de las contradicciones
codificadas producidas por el intercambio de discursos entre los
tres actores que tienen legitimidad para expresarse y aparecer en
ella[2].
Todo lo cual lleva a que el modelo de comunicación política
se desajuste y termine desbordado por los márgenes, las
opacidades y las “zonas grises” de los sujetos, los discursos
y los conflictos no tenidos en cuenta por la concepción más
“oficial”, tanto de la esfera pública como de la comunicación
política.
Si
la política cambia de lugar... ¿qué lugar ocupa la comunicación
política?
A
nuestro modo de ver, apoyarse en una idea de comunicación política
basada en el dato originario de los estudios que tienen por objeto
analizar sus temas y áreas de interés, así como en los
contornos que esta ha legitimado sobre los alcances y limitaciones
del concepto, no permite arriesgarse, por ejemplo, en la tarea de
revisitar el concepto. Por tanto, habría que ajustar, mucho más, la
“bisagra”, el “cruce”, que articula los planteamientos
expuestos anteriormente en un mapa de comunicación política más
plural que el utilizado.
Apostar
por una definición, digamos, de “cruce” de la comunicación
política tendría que ver entonces con la necesidad de
problematizar el conjunto más o menos amplio, más o menos
restringido, de discursos, narrativas, repertorios, dramaturgias,
estrategias y prácticas
de comunicación por medio de los cuales instituciones, grupos,
individuos, identidades, proyectos y categorías sociales luchan,
compiten y se yuxtaponen entre sí con el fin de acceder/hacerse
visibles/ocultarse/expresarse/construir o imponer consensos/actuar
en el entramado multiforme, no sólo de la esfera pública más
“oficial”, sino en sub
y micro esferas públicas
no oficiales ―en
oposición, contradicción o complicidad con las más hegemónicas―
e, incluso, en bordes fronterizos entre la vida pública y la vida
privada.
A
pesar del riesgo que se corre de disolver el concepto de
comunicación política en la esfera pública, lo interesante de
esta definición es que permite asumir algunos elementos básicos
de la teoría social y cultural que hoy intenta problematizar la
política y la comunicación por otras vías y que para nuestro
caso es de gran utilidad. Siguiendo
a Benjamín Arditi
esto nos obliga considerar que asistimos a un desbordamiento de
los límites de la política entendida como ámbito institucional
de lo político-estatal. ¿Qué quiere decir esto? Primero, que lo
político no es una región, esfera o ámbito particular empíricamente
identificable de lo social, sino una dimensión móvil, nomádica
y ubicua de la sociedad. Segundo, que lo político emerge allí
donde las identidades sociales son construidas a partir de las
distinciones entre “amigos”/”adversarios”, y donde
agrupamientos humanos se enfrentan en términos de
“nosotros”/”ellos”. Tercero, que “lo político
constituye un tipo de lenguaje hablado en el interior de una
esfera cualquiera de lo social, antes que el contenido de esa
esfera” (Arditi, 1991: 52-53); es lo político como un grado de
intensidad del conflicto.
Lo
importante de perspectivas de “cruce” como las anteriores es
que cuestionan, sin que necesariamente los “anulen” algunos
presupuestos centrales asumidos como “cuasi-naturales” en la
conformación del concepto de comunicación política. En primer
lugar, problematiza el supuesto de que la comunicación política
sólo debe ocuparse del intercambio formalizado de actores e
instituciones partidistas contrapuestos que miden fuerzas al
interior del ámbito estatal o gubernamental, a quienes los medios
hacen visibles para que la opinión pública se forme una opinión
y se exprese a través del debate electoral. Definición que ubica
a la comunicación política en el análisis de las campañas políticas,
la influencia de la comunicación en los procesos electorales, la
sanción racional de la opinión pública. Ámbitos, sin duda,
necesarios en los estudios de la comunicación política, pero no
los únicos.
En
segundo lugar, cuestiona el supuesto de que los únicos
interlocutores válidos en la esfera pública son los ciudadanos
iguales entre sí que han dejado suspendidas sus diferencias y
desigualdades (de raza, género, clase social, edad, origen) para
debatir en espacios de co-presencia racional y mediante el uso público
de la razón sobre asuntos concernientes al “bien común”. Esto
nos lleva a plantear que hay otros caminos y otros agentes para
acceder a la esfera pública, y no por ello menos dignos, ni menos
democráticos. Para acceder a lo público no hay que ser únicamente
el ciudadano virtuoso e ilustrado, ni la clase universal masculina
que pensaron los fundadores de la esfera pública clásica. Sobre
todo, porque a partir del siglo xx
hemos conocido nuevas formas de visibilidad política y de
expresión de la palabra pública que se han gestado en lugares
multitudinarios del anonimato y de poco encuentro cara a cara
entre los hombres y las mujeres.
La
historia de la formación de la esfera pública moderna es también
la historia de las exclusiones de aquellos sectores asociados con
lo popular, lo inferior y lo marginal. A
esta crítica se refiere Nancy Fraser cuando afirma que lo que
caracteriza el marco institucional básico de las sociedades
estratificadas que vivimos es la generación de “grupos sociales
desiguales que se encuentran en relaciones estructurales de
dominio y subordinación” (Fraser, 1997: 114). Según Fraser,
estas sociedades, que por lo general siguen el modelo de esfera pública-liberal
y el modelo de vida pública-cívico-republicana, el tema de la
discusión pública suele restringirse no sólo a una visión
sustantiva del “bien común”, sino a definir a
priori el elenco de temas y problemas para discutir y
resolver, los agentes que deben tomar parte de esa discusión y
los lugares donde esta se lleva a cabo. ¿Qué pasa con aquellos participantes a quienes el
“nosotros” no incluye adecuadamente a partir de formas de
deliberación centradas en cierto tipo de tópicos y problemas? ¿No
debería la comunicación política problematizar esos márgenes
en los que el discurso público (de los actores, los temas y
escenarios legitimados) no lo explica todo?
En
tercer lugar, cuestiona el supuesto de que el único modelo de
comunicación política realmente legítimo es el basado en la
palabra hablada, la co-presencia y el uso público de la razón, a
través de una lógica de la aparición pública basada en el
cara-a-cara, la interacción física en el mismo lugar y durante
el mismo tiempo. Aquí
habría que debatir aquella idea de que la esfera pública es única
e indivisible, y debe propender a la armonía y la unidad, siempre
bajo la administración de los “papeles firmados” de la
tradición legal y formal de la democracia representativa. La
esfera pública se ha construido a partir de conflictos, es decir,
no existe una sola ni un solo público legitimado para actuar y
para habitar en ella. Los ciudadanos virtuosos e ilustrados de
todos los tiempos siempre han tenido que compartir y convivir en
relaciones de supremacía, igualdad y desigualdad con otros públicos
que han logrado acceder a ésta y transformarla.
En
cuarto lugar, cuestiona el supuesto de que la existencia de múltiples
y fragmentadas esferas públicas en competencia y yuxtapuestas
entre sí, significa un declive de lo público y un retroceso del
carácter democrático de la comunicación política (Bonilla,
2002). Así, el reconocimiento de la existencia de contra-esferas
públicas, sub-esferas públicas y micro esferas públicas, no es
una llamada a la erosión del consenso colectivo, ni tampoco es un
“cheque en blanco” para legitimar la desigualdad en nombre de
la heterogeneidad. Es
decir, la esfera pública más “oficial” y hegemónica,
habitada por los sujetos llamados políticos, periodistas y opinión
pública, ha tenido que convivir con otras microesferas y con
otras subesferas, habitadas por contrapúblicos que han sido
contestatarios, por públicos que no sólo han participado del diálogo
racional, sino de la protesta y, por esa vía, se han tomado calle
para gritar “nosotros también existimos”.
Nos
referimos a
una diversidad de públicos subordinados, quienes más que aspirar
a acceder a una esfera pública única y abarcante, que de hecho
favorece a los grupos dominantes, podrían aspirar no sólo a
acceder sino a darle sentido a espacios alternos (contra-espacios)
donde puedan llevar a cabo sus necesidades, objetivos y
estrategias (Fraser, 1997:114-115). ¿No deberían esos espacios
ser objeto de interés de la denominada comunicación política?
Tal vez así, y parafraseando a Marshall Berman, el aire podría
ser menos puro, pero la atmósfera más nutritiva.
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