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Interculturalidad,
audiencias y crisis de sentido.
Jerónimo
Repoll
Universidad
Autónoma de Barcelona
“Uno
de los eventos más significativos en la investigación de los
medios de comunicación durante la década pasada (‘80) ha sido
la revalorización de la cultura popular y sus consumidores. La
investigación cualitativa reciente indica que las audiencias
tienen la capacidad de asignar su propio sentido a los
medios de comunicación y además, que en el proceso de recepción
los medios satisfacen una gama de intereses y placeres legítimos
de la audiencia” (Jensen, 1992: 97)
Palabras clave
Interculturalidad,
audiencias multiculturales, crisis de sentido.
Introducción
El
trabajo que aquí presentamos es parte de una investigación en
curso y, por tanto, es un hito en el camino, con resultados
provisionales más que concluyentes. Tenemos la intención de
poner en común el proceso de construcción de nuestro objeto de
estudio: las audiencias multiculturales en situación de
interculturalidad.
Nuestra
investigación fue vislumbrada a principios del año 2002, momento
en que realizamos una primera aproximación al objeto de estudio a
través de una observación etnográfica.
A partir de ella pudimos acotar nuestra mirada y definir con mayor
precisión la pregunta de investigación: ¿qué sucede con los
procesos de interculturalidad y televidencia cuando se desarrollan
simultáneamente? Pregunta que presenta una doble particularidad,
a saber: 1) la caza de dos procesos, interculturalidad y
televidencia, que, generalmente, han sido estudiados por separado;
y 2) el interés de comprenderlos en interferencia, atendiendo a
su mutua constitución.
Pero
antes de continuar desgranando nuestro objeto de estudio creemos
necesario realizar una serie de precisiones conceptuales que, en
definitiva, son los supuestos teóricos y metodológicos que
constituyen nuestra investigación. Así, comenzaremos analizando
los términos que componen la pregunta de investigación y, a la
postre, el objeto de estudio, no con ánimo de agotar sus sentidos
múltiples pero sí con la intención de denotar nuestra posición
frente a cada uno de ellos.
Audiencias
Podemos
afirmar que el concepto de audiencia es a las ciencias de la
comunicación lo que el concepto de cultura es a las ciencias
sociales en general. En torno a su polisemia se anudan distintas
concepciones de la comunicación, ya sean éstas sucesivas o
simultáneas, producto una de otras, en contra de otra/s o mezcla
de éstas y de aquéllas. Las
audiencias han ido mudando de sentido: las primeras preguntas se
hicieron respecto de los efectos (entendidos generalmente como
negativos) que los medios desencadenaban sobre la audiencia.
Posteriormente, la perspectiva de los Usos y gratificaciones quiso
saber ¿qué hacen las personas con los medios? Una pegunta que
lleva implícito un cambio fundamental en la concepción de las
audiencias, a saber: el reconocimiento de su actividad en el
proceso comunicativo. Pero esta, como veremos a continuación, no
agota las limitaciones de la teoría de los efectos. Con ella
tiene cabida la agencia individual de los sujetos sin embargo deja
fuera el contexto social en el que se inscribe el consumo mediático
y, muy especialmente, las relaciones de poder a partir de las
cuales se negocian los sentidos. Una tercera vía de acceso al
estudio de la relación entre medios y audiencias ha sido la teoría
literaria, la cual pretendía dar cuenta de las lógicas de poder
inscriptas en la construcción de los discursos. Esta perspectiva,
no obstante constituir un innegable revulsivo analítico,
encuentra una importante limitación al focalizar su atención en
el texto como llave explicativa de todo el proceso de producción
de sentido.
A
través de este sucinto recorrido hemos podido observar que, con
la metamorfosis de la audiencia, se produce una constante
reubicación de la fuente de poder: de los medios (los
productores) a las audiencias (los receptores) y, finalmente, al
texto (el discurso). Lo
anterior sienta los precedentes mínimos a partir de los que poder
comprender por qué “el giro teórico producido en los estudios
culturales surgió a su vez en respuesta, no a las limitaciones de
la perspectiva de los efectos, que tendía a caracterizar a las
audiencias como víctimas pasivas de los medios, sino a la
igualmente errada idea de que los textos mediáticos imponen
sentidos que influyen en las audiencias” (Lull, 1997: 150)
Un doble descentramiento
En
las décadas de los ’70 y ’80 dos propuestas se erigen,
primero, como síntesis de profundos debates, crisis de paradigma,
y, en segundo lugar, como líneas de acción para el estudio de
los procesos de comunicación. Éstas son el modelo de codificación/decodificación
(Hall, 1980), formulado a principios de los años 70 por Stuart
Hall, y la propuesta de Jesús Martín Barbero, en la década de
los 80, de trasladar nuestra mirada de los medios a las
mediaciones (Martín-Barbero, 1998).
Ambos
trabajos pueden ser inscriptos en la perspectiva de los Estudios
Culturales, si bien este rótulo ha sido institucionalizado por la
Escuela de Birmingham y posteriormente extendido a otros ámbitos
anglosajones. Nosotros entendemos que este paraguas conceptual
también puede aplicarse a una serie de trabajos desarrollados
paralelamente en Latinoamérica, sin que por ello se entienda que
son una copia ni una importación de teoría. Bien al contrario,
es en este momento que la investigación de la comunicación en
Latinoamérica adquiere un cariz propio, con el objetivo
primordial de elaborar un perspectiva latinoamericana de la
comunicación en detrimento de un pasado de dependencia de teorías
elaboradas en otros contextos y que se habían demostrado
inoperantes a la hora de comprender las complejas realidades
latinoamericanas.
Retomando
el relato sobre el concepto de audiencia, la perspectiva de los
Estudios Culturales lo concibe como una arena de disputa del
poder, constituida y constituyente de relaciones de poder, como un
nudo, una confluencia más que un fin o un destino. De esta
manera, el estudio de las audiencias se convierte en una
plataforma de investigación de los procesos culturales de las
sociedades massmediatiatizadas. Así, el encuentro entre medios,
textos y audiencias se demuestra uno de los terrenos de mayor
fertilidad para la comprensión de la estructuración de la vida
cotidiana. “Aquí, el punto teórico central es el de evaluar el
poder relativo de las diferentes prácticas culturales en la
producción social de sentido. Políticamente, se trata de saber
si la resistencia semiótica es efectivamente susceptible de
llevar a cambios sociales, lo que implicaría nuevas estrategias
políticas” (Jensen y Rosengren, 1997: 341)
El
modelo de Hall consiste en pensar la comunicación no como una
transmisión lineal sino como un proceso de producción de sentido
articulado por distintos momentos: producción, circulación,
distribución/consumo y reproducción. Un modelo que, más allá
de proponer que las audiencias pueden realizar tres posibles
lecturas de un mismo texto (se sigue pensando en textos):
preferente, opuesta o negociada, es ésta última la opción con más
potencial. Una afirmación que se sustenta, fundamentalmente, en
que las lecturas
preferente y opuesta son tipos ideales, en términos weberianos;
ideales en cuanto que los códigos de producción y consumo
son siempre asimétricos. El sentido, por tanto, es siempre
sujeto de negociación. Una negociación, por cierto, que no
desconoce la también asimétrica relación de poder entre
productores y audiencias.
Ahora
bien, aunque presenta una mirada olísta del proceso de comunicación,
este modelo, y sobretodo su puesta a prueba en los trabajos sobre
Everyday Televisión: Nationwide (Morley y Brunsdon, 1978) y The
Nationwide audience: Structure and Decoding (Morley, 1980) ha sido
acusado de tener una marcada impronta determinista; acusación que
se fundamenta en el hecho de que las mencionadas investigaciones
otorgaron una prioridad analítica a la categoría de clase. Crítica
de la cual da cuenta Morley al señalar que “…lo que Hall o yo
mismo proponíamos era […] saber si la posición estructural
establecía parámetros para la adquisición de códigos
culturales, el recurso a estos acaso estructurara después el
proceso decodificador. Además, si bien los resultados del estudio
de Nationwide mostraron que las decodificaciones se regían por
modelos ciertamente más complejos de lo que pudiera explicar la
clase sola, aquellos resultados mostraron en efecto un grado muy
significativo de estructuración” (Morley, 1996: 29)
Como
ya apuntábamos, de forma paralela a la perspectiva anglosajona de
los estudios culturales, desde Latinoamérica se preparaba otro
guisado. En 1987 Martín-Barbero presentó un libro que desde el
mismo título era toda una declaración de intenciones: De los
medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía.
Toda una revolución en una sola línea, aunque fundamentada en un
profundo análisis histórico. Una proposición que resulta la
punta de un iceberg de un conjunto de pensadores e investigadores
de la comunicación para los que, como dice Martín-Barbero, “la
comunicación se nos tornó cuestión de mediaciones más que de
medios, cuestión de cultura […] un reconocimiento que fue, de
entrada, operación de desplazamiento metodológico para re-ver el
proceso entero de la comunicación desde su otro lado, el de la
recepción, el de las resistencias que ahí tienen lugar, el de la
apropiación desde los usos” (Martín-Barbero, 1998: 10)
Este
puntapié inicial, salvo pocas excepciones, no ha fructificado lo
que se hubiera deseado. En nuestras investigaciones, en pocas
ocasiones rebasamos la sala de estar, el living, el ambiente en
que se sitúa el aparato de televisión; describimos los horarios
en que se mira la TV; quién y con quién; cuál de ellos tiene el
mando (a distancia); a qué canales tiene acceso y cuáles escoge;
con qué frecuencia hace zapping; qué programas o productos
llaman mayormente su atención; si se realizan actividades
paralelas; cómo el encendido altera las dinámicas familiares o cómo
las constituye; podemos describir la ubicación del aparato en la
sala, la disposición de los asientos y sus ocupantes; etc. De
todas maneras poco hemos hecho, y esto quizá se deba a
limitaciones presupuestarias o a la falta de interés o imaginación
para desarrollar una descripción densa
de las tramas culturales en cuyo seno tiene lugar la televidencia,
en un antes, durante y después de la exposición televisiva
(Orozco Gómez, 1996) que, en definitiva, es un particular proceso
en el marco de la producción social de sentido (Verón, 1998)
El
alegato que hemos desarrollado hasta aquí tiene por objeto abogar
por la reinserción de la comunicación en el mundo de las tramas
significativas de la cultura. Una perspectiva que no puede
contentarse con contextualizar la televidencia a través de la
descripción de la cotidianidad hogareña sino que debe situarnos
en el marco más amplio de la cotidianidad extramuros: que nos
devuelva los itinerarios, los espacios y las temporalidades en las
que se insertan las audiencias, que nos hable de sus múltiples
relaciones y de sus
condicionamientos estructurales, de sus pasiones y sus gustos, de
sus amores y sus temores. Abogamos porque la comunicación no se
convierta en un objeto disociado de su trama constitutiva,
aislado, purificado y muerto en las parrillas de la investigación.
Es
en este último sentido que queremos recuperar el concepto de
audiencia entendido como una perspectiva desde donde abordar la
producción de sentido. Posición que se sigue al entender la
recepción “…no como un mero recibimiento, sino como una
interacción, siempre mediada desde diversas fuentes y
contextualizada material,
cognitiva y emocionalmente, que se despliega a lo largo de un
proceso complejo situado en varios escenarios y que incluye
estrategias y negociaciones de los sujetos con el referente mediático
de la que resultan apropiaciones variadas que van desde la mera
reproducción hasta la resistencia y la contestación” (Orozco Gómez,
2001: 23)
Desde
el punto de vista que venimos desarrollando, la audiencia no es
una cosa dada. Ser audiencia, formar parte de audiencias, es una
condición de los sujetos en las sociedades actuales. Todos somos
y formamos parte de múltiples audiencias. Ahora bien, no sólo
somos audiencias, ésta es una más de las facetas que constituyen
nuestra identidad. Es por ello que este ser audiencia no se
corresponde con la audiencia investigada. Éstas, en cualquier
caso, “…son en parte el resultado de las preguntas y de las
estrategias de la investigación que las constituye” (Barker y
Beezer, 1994: 18)
Con
estos argumentos proponemos dejar de pensar en los programas,
formatos o medios como el punto de partida de la investigación,
lo que no pretende invalidar los trabajos que siguen esta línea.
No obstante, si hablamos de audiencias múltilples y de producción
de sentido, el interés ya no se centra en las respuestas
(lecturas) que las audiencias pueden realizar de un determinado
producto sino en la comprensión de los procesos de producción de
sentido.
Lo
dicho hasta aquí justifica, en parte, la elección de nuestro
objeto de estudio: las audiencias multiculturales en situación de
interculturalidad. Decimos en parte, porque sólo hemos hablado de
la mirada con la que el investigador construye la audiencia. En el
siguiente apartado nos abocaremos a fundamentar las nociones de
multiculturalidad e interculturalidad.
Multiculturalidad
e Interculturalidad
De
entrada, hablar de multiculturalidad
e interculturalidad implica la asunción de la diversidad
cultural. Una diversidad difícil de atrapar en territorios y
lenguas, en razas, naciones y religiones, en sexos y en edades.
Aceptar estas diferenciaciones “implicaría caer en una visión
estática y esencialista de cultura” (Rodrigo Alsina, 1999: 69)
Como
vemos, es el propio concepto de cultura el que se encuentra
fuertemente cuestionado. La definición antropológica que nos
habla de todo el modo de vida de un pueblo en particular, nos
sirve para argumentar en contra de la distinción entre prácticas
cultas y vulgares. Sin embargo, el problema de cómo distinguir
una cultura de otra sigue incólume.
Para
ello nos acercamos a la propuesta de Raymond Williams que la
define como “un sistema significante realizado” (Williams,
1994: 95), entendiendo que todas las prácticas sociales son
significantes, incluso aquellas que no lo son de una forma
manifiesta. Nos interesa esta perspectiva en tanto que nos habla
de la cultura como un mecanismo que actúa en el presente,
estableciendo las estructuras del sentimiento para un grupo social
en un momento determinado, a partir de las cuales podemos captar
“los significados y valores como son vividos y sentidos
activamente” (Williams, 2000: 155).
Son
estos significados y estos valores los que se ponen en discusión
en una relación de interculturalidad. Una situación que es tan
antigua como la humanidad y que hoy no sólo es una moda académica
sino un problema sociológico, tal como lo define Alain Touraine
preguntándose y preguntándonos si ¿Podremos vivir juntos?
Iguales y diferentes (1997)
Esta
preocupación tiene su raigambre en la aceleración de los flujos
de capitales, productos materiales y bienes simbólicos, personas
e información de un lado a otro del mapa. Esto ha intensificado
la hibridación de las culturas, el renacer de los nacionalismos y
el miedo al Otro, a lo desconocido. Las fuerzas centrífugas
siguen siendo las mismas de siempre: el hambre, la desocupación y
las persecuciones políticas son los nombres del exilio; la mano
de obra barata y el máximo beneficio, las leyes del capital; el
estado del bienestar del primer mundo a costa del mal estado del
tercer mundo.
La
globalización, tal como insinuamos en el párrafo anterior, no es
una causa de las nuevas tecnologías de comunicación, éstas se
suman a este mapa de desigualdades y de flujos, llevando y
trayendo regalías y beneficios, obreros y ejecutivos, noticias y
espectáculos, olores y sabores, dolores y esperanzas.
Pero
en este proceso no es lo mismo relacionarse con un programa de
televisión o una película extranjera (de fuera del país) que
relacionarse cara a cara con un extranjero. Al mismo tiempo, en la
condición de extranjero, a su vez, hay matices. La relación con
un turista, que está de paso, se produce generalmente en términos
amistosos: él y yo sabemos que es una situación transitoria, que
tiene fecha de caducidad. Pero cuando viene para quedarse, la cosa
cambia: ni él me resulta tan simpático, ni yo me comporto con
tanta amabilidad.
En
esta última situación las alternativas pueden ser múltiples: el
rechazo absoluto, la negación del Otro, el racismo (que implica
no sólo negación y rechazo sino también hostilidad y agresión),
asimilación (prácticamente imposible, pero que implicaría la
renuncia integral de una cultura para asumir otra), integración
(intercambio de experiencias desde la diversidad cultural),
convivencia (reconocimiento del Otro, pero sin establecer relación)
Las audiencias
multiculturales como objeto de estudio
Una
vez expuestos los supuestos teóricos que impregnan nuestra
pregunta de investigación estamos en condiciones de presentar las
hipótesis que guían nuestro trabajo. En ellas se sostiene que:
-
La intersección de los procesos de televidencia e
interculturalidad no sólo se condicionan sino que se conforman
mutuamente.
-
La televidencia en interculturalidad provoca, por un lado,
a) una crisis del sentido común; y, por otro, b) establece una
base para un nuevo sentido común, centrado en la actualidad de la
sociedad de acogida, para aquellos que proceden de otros contextos
culturales, con otros sentidos comunes.
-
La crisis de sentido puede desencadenar, entre otras, dos
actitudes opuestas: a) la reafirmación de la propia cosmovisión
(del propio sentido común); b) su replanteamiento y posible
alteración.
-
La literalidad de los discursos sólo es posible ante el
desconocimiento semiológico segundo (el nivel connotativo de los
discursos), o, por la misma regla, esta literalidad es cuestionada
en cuanto no es compartida.
-
Las audiencias multiculturales en situación de
interculturalidad se diferencian, fundamentalmente, de las
audiencias familiares, en que sus procesos de televidencia no se
corresponden, necesariamente, con las relaciones de sexo y edad,
sino en los contratos explícitos (previos a la convivencia) e
implícitos (durante la convivencia) entre iguales.
-
Si los medios producen sus discursos a partir de un
“determinado” sentido común (la más común de las ideologías,
la ideología dominante o hegemónica), materializado en las
rutinas productivas de las instituciones/empresas mediáticas, los
cierres directivos o clausuras textuales que ellas imprimen
(conciente o inconscientemente) en los discursos/productos
televisivos, las audiencias multiculturales en situación de
interculturalidad son, necesariamente, plataformas de subversión
de estos discursos, ya que no comparten la misma fuente de
sentido, ni parten de los mismos supuestos. Son, por tanto,
indefectiblemente críticas y creativas. Aunque rápidamente
pueden, como decíamos en la opción b de la segunda hipótesis,
asumir el sentido común propuesto y construido por los medios
Creemos
necesario, antes de continuar, reconocer que nuestra investigación
otorga una prioridad analítica a la variable situacional. Esto no
implica un reduccionismo simplista ni intenta derivar relaciones
causa-efecto; muy por el contrario, aquí ponemos el acento en la
situación de interculturalidad pero sin desatender la compleja
trama de variables que la configuran: las sociológicas: clase,
sexo, género, edad, nivel educativo, relaciones familiares, etc.;
las psicológicas: cognoscitivas, sentimentales, afectivas; las
económico-ocupacionales: trabajo, estudio,
dependencia-independencia económica; y las semióticas: los
discursos, mediáticos e interpersonales, que conforman la trama
de sentido en que se desarrollan los procesos de televidencia e
interculturalidad.
Crisis de sentido
Una
lectura transversal de nuestras hipótesis señalan como común
denominador a la crisis de sentido. Una idea fuerza que nos
permite afirmar con Grimson (2000) que la interferencia de
sentidos comunes tiene como consecuencia primordial la crisis de
sentido, que no es otra cosa que la pérdida de las seguridades de
la vida cotidiana (Giddens, 1997). Es el cuestionamiento de
aquellos principios tan básicos que se encuentran disueltos en
nuestro lenguaje, en nuestros gustos y aficiones o en nuestras
pasiones y rutinas diarias, desde el tipo de desayuno que tomamos
a la música que escuchamos. La presencia de estos otros sentidos
no tan comunes evidencia la historicidad de nuestras prácticas y
la relatividad de nuestras verdades.
Una
situación que, como señala Foucault, y pese a la angustia lógica
que nos genera, constituye una oportunidad para “…definir los
sistemas implícitos en los que nos encontramos encerrados; […]
comprender el sistema de límites y de exclusión que practicamos
sin saberlo; (y, en definitiva), hacer visible el inconsciente
cultural” (Foucault, 1999, 34)
Es
obvio, por otro lado, que así como siempre ha existido la
interculturalidad (puesto que los hombres sólo pueden definirse
como tales en el contacto con otros hombres, con la alteridad),
también desde entonces nos enfrentamos a crisis de sentido. El
problema, tal como lo señalan Berguer y Luckmann, es que “la
modernidad entraña un aumento cuantitativo y cualitativo de la
pluralidad de la pluralización […] (que a la postre resulta) el
factor más importante en la generación de crisis de sentido”
(Berguer y Luckmann, 1997: 74) Un aumento que no es sólo fruto de
los nuevos y viejos medios de comunicación pero del cual éstos
son agentes cardinales.
Aproximación
cualitativa y aspiración etnográfica
Antes
de concluir este trabajo quisiera hacer un pequeño inciso en los
aspectos metodológicos de la investigación. Y vuelvo una vez más
a la pregunta de investigación, ya que es ella la que determina
el tipo de metodología a utilizar. En nuestro caso se impone una
aproximación cualitativa, aunque no descartamos incorporar
información contextual generada a partir de herramientas de carácter
cuantitativo.
Con
lo anterior espero dejar en claro que no quiebro una lanza por la
investigación cualitativa porque sí, sino porque es lo que
requiere esta investigación. Sostener la disputa entre los que
defienden lo cuantitativo frente a lo cualitativo y viceversa me
parece del todo anacrónico y, por otro lado, poco serio. Y digo
esto último entendiendo, como señalara anteriormente, que son
las preguntas de investigación las que dan forma al objeto de
estudio y nos guían en el transcurso de la investigación, en un
itinerario que incluye tanto la definición conceptual como las
decisiones acerca de la metodología y las técnicas a emplear.
Sin
embargo, en los últimos años parece haber en los estudios
culturales de audiencia una suerte de fiebre etnográfica. Desde
ya quiero dejar claro que esta no es una crítica a la etnografía
como instrumento de investigación, es más bien una crítica al
abuso que de su nombre hacen muchos estudios, ya que buena parte
de la investigación cualitativa de los medios de comunicación,
“etiquetada de etnográfica” (Jankowski y Wester, 1993: 70),
no cumple con los requisitos básicos de dicha perspectiva. Y no
por ello son “malas” investigaciones. Son cualitativas y
punto. Es necesario, por tanto, distinguir la aproximación etnográfica
no sólo de la investigación cualitativa sino también del
trabajo empírico con las audiencias puesto que una cosa no supone
la otra. Con esto queremos señalar que si bien la mayoría de los
investigadores encaramados en los estudios culturales proponen
cerrar filas en torno a la validez de la aproximación etnográfica
en los estudios de audiencia, pocos de los estudios de audiencia
realizados hasta el momento pueden ser considerados como tales:
una investigación no se convierte en etnográfica por el sólo
hecho de vincular procesos micro y macrosociales, como es el caso
de Lull (1988, 1990), entrevistar a las familias en sus hogares,
en el caso de Morley (1986), o analizar una treintena de cartas en
el caso de Ang (1985). Éstos no dejan de ser estudios puntuales
de procesos de recepción, en contextos específicos y en
determinadas circunstancias. Estudios todos, claro está, de gran
relevancia teórica e histórica en el seno de los estudios
culturales de audiencia.
No
obstante, la confluencia de opiniones en torno a la necesidad de
realizar etnografías de audiencia no sólo responde a una moda
académica, es también resultado de la propia investigación en
el campo de los estudios culturales que, en el camino del texto al
contexto, recuperan la perspectiva de la comunicación como un
proceso de producción social de sentido, indisociable de la trama
cultural en la que se inscriben las prácticas cotidianas de los
televidentes. Y esta iluminación del contexto como elemento
central de la investigación también hizo evidente, como ya
mencionáramos, el error de analizar a las audiencias en cuanto
tales, libres de toda otra condición. Así, la perspectiva de los
estudios culturales propone la difícil pero necesaria aproximación
socio-semiótica a los estudios de audiencia, analizando la
interacción entre medios y audiencias a partir de las estructuras
sociales que las conforman. Al respecto, Morley y Silverstone señalan
que “nos es preciso investigar el contexto: los modos específicos
en que las tecnologías de las comunicaciones particulares llegan
a adquirir significados particulares y de este modo llegan a
utilizarse de formas diferentes, para propósitos distintos, para
personas en diferentes tipos de hogares. Precisamos estudiar la
acción de ver la televisión en sus escenarios “naturales”
(Morley y Silverstone, 1993: 181)
A manera de
conclusiones
Siendo
coherentes con un trabajo en construcción, concluimos esta
ponencia con más intuiciones que con certezas. Dicho esto,
entendemos que la aportación de este trabajo no se centra en el
análisis minucioso de los conceptos sino en la propuesta de
vincular dos procesos de producción de sentido: la televidencia y
la interculturalidad. Procesos que, generalmente, han sido
estudiados por separado y que hoy proponemos como términos
constitutivos de una misma pregunta de investigación: ¿Qué
características asume la producción de sentido cuando los
procesos de televidencia e interculturalidad se producen de manera
simultánea? Así, tanto los procesos de producción de sentido de
los discursos televisivos como el “sentido común”, el sentido
con el que nos desenvolvemos en la vida cotidiana, se des-cubren
como construcciones históricas, fruto de disputas y consensos,
que con el tiempo se han tornado naturales.
En
segundo lugar queremos destacar que esta particular combinación
de variables, audiencias-interculturalidad, brinda la posibilidad
de pensar críticamente
ambos procesos, una crítica que se produce con mayor facilidad en
un contexto en que entran en conflictos distintos sistemas de
sentido común, o, lo que es igual, en un una situación de crisis
de sentido. Lo anterior hace referencia, específicamente, al modo
en que las audiencias intervienen en la producción de sentido.
Por otro lado, estudiar este tipo de audiencias permite al
investigador analizar la mediación de la identidad cultural en el
proceso de interacción entre medios y audiencias. Una articulación
que, como argumenta Nilda Jacks al estudiar los procesos de
interacción entre la audiencia gaúcha y la telenovela Piedra
sobre Piedra, cargada con trazos culturales de la región nordeste
del Brasil (1999), “agrega
un nuevo dato a las investigaciones de la recepción, [ya que]
significa la posibilidad de que la identidad cultural opaque las
diferencias de clase, sexo y edad en situaciones en las que entran
en juego aspectos que
consideran la inserción del receptor dentro del contexto
cultural, como es el caso en cuestión” (Jacks, 1996: 35)
Como
señalamos anteriormente, los sentidos que aquí se discuten,
negocian, construyen y reconstruyen no sólo corresponden al
sentido atorgado a los referentes mediáticos, al mismo tiempo
interpelan y cuestionan la estructura de sentimiento de cada
sujeto. En definitiva, lo que se pone en juego en cada interacción,
cada vez que nos miramos en el otro, es la propia manera de
percibir el mundo.
Concluimos
este trabajo señalando que, al estudiar audiencias
multiculturales en situación de interculturalidad:, estamos en
condiciones de:
-
1) Evidenciar los “silencios mediáticos”, junto con
los “silencios” más generales del sentido común.
-
2) Revelar/identificar las huellas de la construcción histórica
de nuestros sentidos comunes.
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Datos
del Autor: Jerónimo Repoll: Licenciado en Comunicación social
por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Máster en
Dirección de comunicación empresarial e institucional por la
Universidad Autónoma de Barcelona, España.
Doctorando
en Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma
de Barcelona, España. Actualmente realiza su tesis doctoral
Televidencias, audiencias multiculturales en situación de
interculturalidad y crisis de sentido, bajo la dirección del Dr.
Guillermo Orozco Gómez.
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