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Audiencias
y públicos: desde la recepción al uso de los medios
Ariadna
L. Cantú
Dpto.
de Ciencias de la Comunicación
Universidad
Nacional de Río Cuarto
Palabras
claves
colectivos,
audiencia, público
El
interés de esta ponencia se centra en un análisis conceptual de
las formas de relación que pueden plantearse entre los medios y
la sociedad, no desde la perspectiva del comportamiento
individual de cada persona frente al medio sino a partir de
la actuación como conjunto, esto es, desde los colectivos, desde
lo que la tradición de los estudios en comunicación se ha
denominado como audiencias y/o públicos de los medios.
En
ese sentido, si se parte del concepto más general y abarcativo de
colectivo, se encuentra una categoría social que refiere a un
conjunto poblacional que comparte ciertas propiedades distintivas
sin por eso acusar algún nivel de organización específica, aún
cuando pueda asumirla. Un conjunto de vecinos, propietarios,
productores o una audiencia de algún medio de difusión, por
ejemplo, puede decirse que conforman un colectivo. En general,
advierte Cachón Rodriguez (en FGV, 1986:208), el término indica
su oposición a lo individual y su empleo es ocasional. Si por
otro lado el término pretende calificar a la acción (social), se
asume como compuesto y refiere a un conjunto de comportamientos de
individuos que, aunque diferentes, comparten objetivos o
situaciones comunes y pueden actuar cooperativamente para
beneficiarse y/o compartir principios, causas, etc.
En
los antecedentes de la comunicología, en tanto, hay un sinnúmero
de capítulos dedicados a distinguir las modalidades en que los
colectivos se presentan. McQuail (1983), por ejemplo, se interesó
por discutir las diferencias entre la audiencia como agregados,
como masa o como público, grupo social o mercado, tomando a la
“recepción” como criterio central para operar la distinción.
Nigthingale (1999), por su parte, introduce la discusión cultural
para asociar textos y contextos a la conformación de las
audiencias y, por tanto, a las distinciones que surgen por
criterio “relacional”, y afirma que la gente se convierte en
audiencia por razones culturales, no naturales y que su carácter
esquivo, de contornos imprecisos, orienta a tratarlas como relación.
Price (1994), en tanto, recorre la discusión histórica sobre las
distinciones sobre el público y otorga particular atención a los
niveles en los que se sitúan los sujetos de acuerdo con su
actividad-pasividad de la que ya hablara Lippmann [1925] y Blumer
[1946]. En ese marco, los espectadores conforman la audiencia que
sigue a los actores, afirma el autor. Pero la distinción también
contempla los intercambios y en ese marco los actores de un
determinado asunto pueden ser espectadores de otro o viceversa.
Recogiendo
esos antecedentes se considerará a ese colectivo en sus
modalidades de articulación conceptual por implicación. Desde
esa lectura, puede sostenerse que si el colectivo A representa el
modo de agregación más general, vale postular que una audiencia
B puede coincidir con éste en tanto el conjunto de sus miembros
pueda potencialmente responder positivamente a la probabilidad de
recepción. Por otro lado, puede sostenerse también que esa
audiencia ha de constituirse en público cuando en algún nivel un
subgrupo de la misma -que incluso puede ser ella-
activa/genera/produce una respuesta en torno a alguna manifestación
orgánica del ambiente comunicacional. En la medida, entonces, que
los medios de difusión colectiva (MDC) pueden entenderse como
organismos comunicacionales de iniciativa continua (la existencia
de un MDC se define por su actuación difusora) puede suponerse
que tienen capacidad para generar ante sí determinadas respuestas
de interés de recepción de un subconjunto B que de ese modo se
constituye nominalmente -y en primera instancia- en su audiencia.
A su vez, ésta podrá en un todo o en parte constituirse en un
subconjunto C –público- en la medida que active/genere/produzca
respuestas comunicacionalmente consecuentes de la recepción.
Así
planteado, cabe afirmar que no existe una audiencia de manera autónoma
e independiente a la existencia de un medio, sino que se
constituye por éste. Los medios de difusión masiva son de
“naturaleza” colectiva porque su razón de ser (empresaria,
institucional, orgánica) es resolver las distancias relacionales
a través de mecanismos que las trasciendan. Pero para que esa
misión se confirme necesitan de audiencias que lo testimonien en
tanto sujetos-receptores que se constituyen en colectivo. Sin ello
no habría justificación de existencia porque no habría sujetos
de relación con distancias por salvar en tanto como receptores
nieguen el consumo.
Ahora
bien, desde la perspectiva de la recepción de los sujetos
individuales, puede afirmarse (Cantú y Cimadevilla,1998) que los
consumidores se vuelven receptores cuando poseen cierta disposición
significante. Esto es, cuando activan mecanismos de relación con
el medio que no se confunde con un mero absorber de contenidos,
sino de producir/ /construir/negociar y negar esos u otros
contenidos. Ese mecanismo que desde una óptica
individual explica la recepción, es condición necesaria
para dar lugar a la existencia de una audiencia, en tanto un
conjunto de receptores coincidan en su consumo, pero requiere de
otro nivel de activación para constituirse en público.
La
diferencia entre audiencia y público, entonces, puede ubicarse en
la distinción de las modalidades de relación que se activan
entre los receptores y el medio. En ese marco, el concepto de público
en tanto entidad colectiva -señala Price (1994)-, fue
particularmente tratada por Blumer [1946], quién propuso utilizar
el término para referirse a “un grupo de gente que a) está
enfrentada por un asunto; b) se encuentra dividida en su idea de cómo
enfocar el asunto; y c) aborda la discusión” (Price, 1994:44).
Es el desacuerdo y la discusión alrededor de un asunto concreto
lo que “hace existir a un público”, concluye el autor.
Si
no hay un asunto que enfocar y discutir, si no hay una manifestación
en torno a un asunto (que puede resultar de la iniciativa del
medio o simplemente ser éste un canal vehiculizador) puede haber
audiencia aunque no público. El público, entonces, refiere a un
comportamiento activo (diferente al de la recepción) de los
receptores que se constituyen en “emisores” sobre un tema en
particular (Hall dirá, en esos términos, que repasan o producen
mensajes en torno a un asunto). Es el sujeto que por vivir en
sociedad necesita/debe/quiere cultivar una vida hacia fuera -dirá
Noelle-Neumann (1995)- y por tanto actúa y responde como
colectivo.
¿Cómo
terminará la puja de poder provincia de Buenos Aires vs. la nación?
¿Cómo repercute a nivel provincial y nacional la derrota del
justicialismo local? pueden ser los asuntos que ponen a rodar el
mecanismo de opiniones y manifestaciones que en tanto se
relacionen a un determinado flujo de circulación permiten
reconocer en una audiencia a un número de receptores que se
constituyen en emisores y, por tanto, en un público partícipe de
un circuito de comunicación. Es el espectador de Lippmann,
entonces, el que se convierte en actor.
Desde
la óptica individual, se está pensando en receptores que hacen
uso de los contenidos de los medios; entendiendo por uso a una práctica
que asigna sentido a la recepción, que se apropia de alguna
manera del contenido de los medios y, parafraseando a Stuart Hall,
lo articula en alguna práctica social (Cantú, Cimadevilla,
1998). Volviendo a la visión desde el colectivo, el concepto de público
tal como se viene desarrollando implica la articulación en la
producción de nuevos discursos acerca de determinado asunto que
ha circulado por algún medio.
2.
Públicos y audiencias ¿para qué?
Pero
la distinción entre audiencia y público no es solamente a los
efectos de ganar en precisión conceptual sino también de generar
y revisar interrogantes y buscar respuestas a partir de ella. Hace
ya medio siglo dos estudiosos de la pragmática de las relaciones
entre medios y audiencias, Paul Lazarsfeld y Robert Merton, se
preocuparon por uno de los rasgos que parecía caracterizar la
“comunicación de masas” involucrando esos conceptos. Los
receptores-audiencia ante el exceso de información producido por
la capacidad y lógica de actuación de los medios podían sufrir
un repliegue sobre lo privado. La exposición a grandes cantidades
de información podía originar la denominada ´disfunción
narcotizante´, advertían. Su preocupación radicaba en que en
las sociedades modernas se defiende el principio de contención de
una población activa e interesada por los asuntos públicos, pero
ante la vorágine informativa los sujetos pueden confundir estar
informados y conocer sobre los problemas diarios con el hacer algo
al respecto, dirán los autores. Los medios, afirmarán, han
mejorado el nivel de información, pero independientemente de sus
intenciones, puede que estén “apartando las energías humanas
de la participación activa para transformarlas en conocimiento
pasivo” (Lazarsfeld y Merton, 1948, citado en Wolf, 1991).
Audiencia y espectadores, pero no público y actores.
Sin
duda esa preocupación de la communication research no era sólo
patrimonio de los estudios administrativos, también los
intelectuales de escuelas críticas sumaban su propia versión:
sufrimos la influencia de la superinformación -acotaba Morin
(1987)-, pero ésta no es absolutamente incompatible con la
subinformación. “En vez de ver, de percibir los contornos, las
aristas de aquello que los fenómenos traen, quedamos ciegos
dentro de una nube de informaciones” (1987:31). ¿Somos sólo
espectadores confundidos?, cabría preguntar. Thompson (1998) es más
moderado en sus observaciones y sostiene que la mayoría de los
individuos tratan de lograr equilibrios entre lo que les sugiere
su experiencia práctica y su experiencia mediática en sus vidas
cotidianas. Al fin las audiencias también maduran, insiste
Iglesias (1995) y cultivan la búsqueda de entendimientos sobre
sus papeles como receptores para generar relaciones equilibradas
con la información y las responsabilidades que de ella se
desprenden. Aunque, como advierte Nightingale (1999), si la
uniformidad del pasado -imaginada colectivamente- generaba un
individuo unificado, la diversidad del presente crea un sujeto
constituido por complejas y contradictorias identidades. No
siempre se asumen las responsabilidades o los papeles de las
actuaciones colectivas. No siempre se es actor, diríamos en los términos
clásicos que proponen Lippmann y Blumer, en muchos casos sólo se
es espectador. No siempre, como lo conciben Habermas o Williams,
puede suponerse que si se hace ingresar a las audiencias al diálogo
-constituirlas en público- “el resultado final será la aparición
de versiones comunes del bien y un incremento de la solidaridad
social”, recuerda Stevenson (1998). Aunque el esfuerzo por
revigorizar la esfera pública pluralizada resulte necesario para
la construcción de sociedades más democráticas.
Uno
de los interrogantes de fondo, entonces, se vincula a comprender
¿qué activa a los sujetos a transformar su condición de
espectadores en actores?, ¿qué permite que los
receptores-audiencia pasen a conformarse como públicos? y ¿hasta
qué punto no es la mirada del investigador la que recrea e
interpreta esos papeles por encima de la propia realidad?
Un
recorrido por un estudio de recepción efectuado en los últimos años
en la ciudad de Río Cuarto abre la posibilidad de discutir esa
problemática.
3.
Espectadores-actores e información cotidiana
Los
resultados que aquí se discuten surgieron a partir de una
investigación[1]
donde interesó conocer las respuestas que los propios actores
consumidores de información dan acerca de su consumo. En tal
sentido se llevó adelante un estudio de casos en la ciudad de Río
Cuarto con el objetivo de comprender las motivaciones que las
personas reconocen para su exposición ante las noticias y cómo
definen la articulación de este consumo con sus prácticas
cotidianas. Esta investigación se centró en las informaciones
vehiculizadas a partir de la diversidad de fuentes a las que
acceden las personas, ya que si bien la televisión es el medio más
consumido no es el único que opera en la incorporación de
informaciones y, junto con las demás fuentes, constituye un
entramado a partir del cual los actores sociales conforman la
representación de lo que es importante, actual, de la realidad
misma en la que están viviendo.
Los
entrevistados[2]
se presentan como personas a las cuales les interesa estar
informados. Todos ellos consumen diariamente algún medio a partir
del cual obtienen informaciones, siendo casi una rutina la recepción
al mediodía y/o a la noche de algún noticiero televisivo (en
especial el noticiero del canal abierto de la ciudad: Telediario
–1ª y/o 2ª edición). La hojeada del diario y la escucha de
informaciones al pasar en la radio también aparecen como otros
espacios de relación con contenidos informativos.
Más
allá de su constitución como consumidores de noticias, y en términos
de la presente discusión conceptual, interesa rescatar de los
discursos de los entrevistados los indicios que den cuenta de las
formas predominantes con las que los actores se posicionan en su
relación con los espacios informativos.
En
una primera mirada, las personas consultadas se perciben a sí
mismas como sujetos informados, apoyadas detrás de un planteo
acerca de la importancia que tiene hoy manejar información.
“Para
mí estar informado es una condición hoy por los tiempos que se
viven. Estar informado es una condición indispensable para
permanecer tanto en el mercado laboral como en la vida
cotidiana” (Hernán, PRD, 30)
Al
mismo tiempo, también reconocen que poseer información no
redunda necesariamente en un buen manejo de la misma. Se tiene
conocimiento de diversos temas pero -tal como planteara
Lazarsfeld- conocer no tiene que ver con hacer algo al respecto;
hay una gran distancia entre “participación activa” y
“conocimiento pasivo”.
Este
contrasentido se observa principalmente en los otros pero también
es asumido por los entrevistados como autocrítica.
“Como
ves, nosotros como ciudadanos y como personas de un país democrático no sabemos manejar los datos que nos da el medio, porque
realmente si supiéramos manejar eso, tendríamos que, como
ciudadanos, ir a criticar esas acciones (negociados políticos) y
no lo hacemos” (Gerardo, PE, 56)
Los
propios entrevistados, entonces, asumen que el ejercicio de la
ciudadanía no pasa tan solo por mantenerse informados acerca de
lo que ocurre en la sociedad en la que se vive sino también por
apropiarse de esa información y actuar en consecuencia, aunque no
necesariamente sea así el propio comportamiento.
En
relación con ítems informativos de interés, cada uno de los
entrevistados reconoce algunas temáticas que ya sea por lo
laboral, por la proximidad o por alguna otra motivación, captan más
su atención y se articulan en ciertas actividades cotidianas.
Un
pequeño empresario de la construcción comenta que él dedica
especial atención a los avisos clasificados del diario local para
ver ventas de terrenos o casas y los precios que se están
manejando en el mercado de la ciudad y que también sigue la
información económica, principalmente de la región de Río
Cuarto, para evaluar como puede repercutir en su actividad
productiva-comercial .
Aparece,
entonces, este uso particular que asume a la información como un
insumo útil para prever conductas y planificar actividades.
Asimismo,
la información de los medios proporciona temas a partir de los
cuales interactuar con los vecinos, amigos, compañeros de trabajo
o clientes. El intercambio y/o la discusión sobre temas de los
que se obtienen informaciones a partir de los medios aparece como
una constante en la mayoría de las personas entrevistadas. Como
dice Eduardo (E, 36) acerca de las noticias de los medios:
“...creo
que es algo común que podemos hablar todos (...) si yo salgo al
almacenero de la esquina y le hablo de la velocidad del chip del
microprocesador Pentium II y ... el tipo me va a mirar ... (...)
Como temario general, la información me sirve para la
charla...”
En
términos generales, no se observa una búsqueda sistemática de
ciertas informaciones sino, más bien, un repaso general sobre los
temas de actualidad. Sí aparece la búsqueda específica de
información cuando hay temas muy conflictivos o destacados ya sea
en términos de impacto sobre toda la población (como los sucesos
del 20 de diciembre de 2001 que terminó con la renuncia del hasta
entonces presidente Fernando de la Rua y dio inicio a una de las
crisis socio-política-económica más importante en los últimos
años del país) o que afectan de manera particular a una persona.
Es el caso de Susana (PI, 46) quien comentaba que suele prender la
radio local buscando informaciones del momento, por ejemplo, en
los días de paro y movilización, para saber cómo se encuentra
el centro de la ciudad -tranquilo o alborotado- y entonces
resolver si busca a sus hijos en la escuela o si es plausible que
regresen solos. O un entrevistado que trabaja en la AFIP
(Administración Federal de Ingresos Públicos) y en su momento
cuando la regional local corría peligro de cierre, seguía con
inquietud las informaciones al respecto.
En
una primera mirada los resultados comentados aquí llevan a
postular que en lo cotidiano las personas –como colectivo-
parecen constituirse con mayor frecuencia como
audiencia en su relación con los medios. El tipo de relación
más activa denominada como público parece reservada a ciertas
temáticas de interés y aparece también un uso activo de las
informaciones pero que no necesariamente se vincula con un uso
colectivo como supone la idea de público. Sin embargo, una mirada
más detallada permite aproximaciones más interesantes que
posibilitan una mayor complejización de estas dos formas que
asumen los colectivos en su relación con los medios de difusión.
4.
Audiencia y público: mucho más que dos modalidades de relación
con los medios
Los
conceptos de audiencia y público se presentan diferenciados por
los niveles de actividad que suponen en el conjunto de los
receptores que conforman cada uno de los colectivos. Así si
uno enfoca desde determinado tema (siempre en referencia a temáticas
puestas en circulación por un medio) la figura más sugerente
para pensar los conceptos de audiencia y público sería la de un
continuo que va desde inactividad/actividad a partir de dicho
asunto, en donde habría más de una modalidad de cada uno de
estos colectivos.
El
análisis realizado ha permitido la complejización de los
conceptos de audiencia y de público, pudiéndose observar que
dichos colectivos asumen diferentes maneras en su relación con
los contenidos de los medios. Sin embargo, esta complejización no
implica necesariamente un cambio en la definición del concepto de
público tal como ha sido presentada en los antecedentes teóricos
revisados, sino más bien una mirada más amplia sobre el mismo.
Este concepto se asocia con las siguientes ideas: a) se conforma
en torno a un asunto que enfocar y discutir, b) supone una
manifestación al respecto y c) se pone en juego un comportamiento
activo en donde los receptores se convierten en emisores. Los ítems
a y c estarían reservados para la última modalidad de público
(3) que se enunciara; este colectivo que se ha asociado con el
concepto de opinión pública de Habermas, donde el conjunto
realiza un uso social del contenido de los medios. Con respecto al
ítem b) en donde se plantea que hay una manifestación en torno a
un asunto, esta manifestación puede estar vinculada tanto a una
práctica discursiva (es el caso de las modalidades 2 y 3) pero
también a otro tipo de prácticas más individuales o
particulares, que correspondería a la primer modalidad de
audiencia egoactiva descripta más arriba.
Así,
el continuo entre la noción de audiencia y público se extiende
como sigue
Inactividad
(-)
Actividad (+)
Audiencia Audiencia (1)
Público (2)
Público (3)
Egoactiva
Genérico
Específico
Recepción Uso individual
Uso social
Opinión pública
Ahora
bien, ¿qué es lo que induce a pasar de una condición a la otra?
¿qué permite a los sujetos que transformen su condición de
espectadores a actores? Los datos con los que se trabajaron no
permiten avanzar mucho al respecto. Sin embargo, parecería que
ciertos ítems de interés (ya sea por el ámbito laboral,
personal, por la proximidad, por la magnitud del asunto u otras
motivaciones) operan como la llave que activa el uso de los
contenidos de los medios y que permite que una audiencia avance
hacia alguna de las modalidades de público. Asimismo, queda
pendiente la exploración de aquellas hipótesis que refieren a
los niveles de complejidad, compromiso o lejanía de los asuntos
que hacen retroceder a los receptores hacia las posiciones que
tanto preocuparon en su labor intelectual a Lazarsfeld y Merton,
entre otros.
5.
Referencias bibliográficas
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Getulio Vargas. Rio de Janeiro. FVG.
Cantú,
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Wolf,
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