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“La
construcción de relaciones simbólicas por medio de la radio”.
Autor: Carlos
Eduardo Esch
Institución:
Facultad de Comunicación – Universidad de Brasilia ( UnB ).
Resumen:
Se observa
en la radio contemporánea dos fenómenos significativos: la gran
popularidad alcanzada por sus comunicadores y la creciente
influencia que estos profesionales ejercen en la formación de la
opinión publica. El reconocimiento publico que obtienen junto a
los oyentes esta basado en el establecimiento, por parte de las
audiencias, de un
conjunto de imágenes simbólicas que les sitúan en el espacio
publico y dan significados a las distintas acciones que ellos
emprenden por medio de los micrófonos de sus estaciones. En ese
sentido, el texto tiene la finalidad fundamental de exponer
algunas reflexiones hechas sobre el proceso de composición de las
imágenes simbólicas que la audiencia elabora de los
presentadores de programas radiofónicos y sobre algunas de las
implicaciones y significados resultantes de ese proceso de
atribución de sentido.
Palabras
claves: Radio, interacción, comunicadores
La
construcción de relaciones simbólicas por medio de la radio
Carlos
Eduardo Esch[1]
Contexto
La
finalidad fundamental de este texto es abordar algunas
conclusiones del estudio[2]
que verificó cuales son
las imágenes simbólicas que la audiencia elabora de los
presentadores de programas radiofónicos y analizó
algunas implicaciones y significados resultantes de ese
proceso de atribución de sentido.
Los
programas que sirvieron de referencia para la realización del
trabajo, se caracterizan exactamente por presentar rasgos que, de
muchas maneras y en sus distintos contextos de producción y emisión,
marcan la propuesta de la radio contemporánea: entretenimiento,
información y el acercamiento al universo del oyente.
El
éxito de audiencia y la notoriedad que muchos presentadores
consiguen alcanzar, poseen importantes significados. La penetración
popular que distintos profesionales de la radio consiguen obtener,
se inserta de forma más amplia en el fenómeno alrededor de la
“formación y conformación” de la opinión pública. En este,
los medios de comunicación asumen y desempeñan en la actualidad,
con gran “competencia”, un papel más que estratégico, por no
decir central, en nuestras “sociedades mediáticas”.
El
poder de “informar y formar” que detentan la televisión y la
radio acaban siendo determinante en la composición de modos de
sentir, ver y actuar de las personas que los consumen. El poder de
los mass media de crear o fragmentar la realidad, a partir del
conjunto de informaciones y de contenidos de entretenimiento
divulgados, puede construir o destruir imágenes y opiniones y
pautar o no temas de interés social. Por eso, es al mismo tiempo,
una de las “armas” más temida y codiciada por aquellos –
grupos, personas o instituciones - que, conscientes de todo los
tipos de “ganancias” que se puede obtener del “poder mediático”,
lo controlan, intentan influenciarlo o dominarlo técnica y políticamente.
Sea
en la prensa o en los medios electrónicos de consumo masivo, los
distintos tipos de información que circulan cotidianamente,
adquieren una amplia gama de sentidos los cuales contribuyen a la
formación, junto al público, de una compleja red de significados
simbólicos que se pueden relacionar con un espectro de cuestiones
tan diversas como la política, la sexualidad, la religión o los
comportamientos sociales entre otros.
De
esa manera, los medios adquieren – delante del oyente, lector,
telespectador – el poder de componer “escenarios de
representación” que se tornan preponderantes y en los cuales,
se presentan diferentes visiones de los ambientes social, político
y económico y de los personajes que los componen. Así, se
establecen las condiciones para la “siembra” en la audiencia
de una gama considerable de calificativos que, en última
instancia, definen situaciones o actores implicados en hechos de
distintas naturalezas. Cuando estos sucesos son encuadrados y
reflejados a partir de la “óptica” de los medios,
puede producirse distintas influencias y definiciones en el
comportamiento que el público adoptará delante de estos mismos
hechos.
En
ese contexto, se sitúa la actuación de los presentadores radiofónicos
y las “relaciones” que sus oyentes establecen con ellos.
“Relaciones” que están ancladas en la composición de múltiples
ideas mentales sobre la actuación de los comunicadores,
fundamento de las imágenes que tienen de ellos como profesionales
y personas.
En
ese sentido, comprender las características actuales resultantes
de la complejidad y el dinamismo que envuelven
el “espacio de acción” de los presentadores
- o sea, la
sociedad y las interacciones que se desenvuelven
entre sus miembros -
nos ayudó a percibir como interactúan y se articulan los
distintos acercamientos establecidos entre los medios de
comunicación y sus consumidores.
Según
Wolf, las estructuras y los procesos por los cuales las
instituciones de las comunicaciones de masa mantienen y reproducen
la estabilidad social y cultural, deben ser estudiados a partir de
una perspectiva dinámica que no los considere de forma estática,
adaptándose continuamente a las presiones, a las contradicciones
que emergen de la sociedad, englobándolas
e integrándolas en el propio sistema cultural (Wolf,1987).
En
esa perspectiva, los significados que la radio y sus personajes
tuvieron en el pasado y adquirieron en el presente, pueden ser
percibidos como frutos de efectivas prácticas comunicativas que
expresaron valores culturales e ideológicos en un dado momento.
Así, recibieron y reciben, por parte de quienes los consumen,
distintas simbolizaciones de naturaleza social, política, moral,
religiosa y hasta económica.
La
radio como espacio de interacción.
Para
comprender la formación de imágenes publicas de comunicadores
radiofónicos, es necesario tener en mente, en primer lugar, la
naturaleza procesal de su labor en la radio. Al hablar de imágenes,
estamos refiriéndonos a los sentidos que emergen a partir de una
actuación cotidiana, donde ellos se “confrontan” directamente
con una serie de situaciones y hechos que pasan en el mundo y que
“invaden” sus programas bajo la forma de noticias, opiniones y
manifestaciones de la audiencia.
Elaboran así, una serie de significados sobre todos estos
acontecimientos los cuales alimentan a diario los discursos radiofónicos
elaborados y retransmitidos a sus oyentes.
La
formación de esas imágenes y la carga de significados que
contienen, pueden ser comprendidas a partir de dos momentos
consecuentes. El
primero tiene relación con la forma de actuación en la radio y
los “papeles” que, supuestamente para las audiencias, estos
comunicadores desempeñan en el micrófono. El sentido que cada
uno de esos profesionales pasa a tener para su público es el
resultado directo de un complejo proceso de evaluación que lleva
en cuenta todo un conjunto de acciones y posturas (los temas y las
formas de abordarlos, el trato ofrecido al oyente y a los
personajes retratados en los programas y el comportamiento
profesional entre otros) adoptadas en la conducción de los
programas.
El
segundo pertenece exclusivamente a la audiencia y surge de ese
proceso de apreciación en el cual, aquellos que componen el público
atribuyen, a partir de sus necesidades y valoraciones, los
significados que el profesional adquiere en el contexto de las
“experiencias” individuales de cada uno.
Ese
proceso corrobora la idea de que la característica fundamental de
la humanidad y de los procesos que conforman la vida social, es la
utilización de una gran variedad de símbolos con distintos
grados de complejidad (Saperas, 1998:136). La comunicación
realizada a través de los medios electrónicos y, particularmente
la radio, no está al margen de eso. Al revés, se presenta como
una acción generadora de sentidos y se caracteriza como un
“instante” más del proceso
social, en el cual se establecen continuamente una serie de
relaciones recíprocas (interacciones) entre los individuos.
Lo
cierto es que el abanico de significados que un profesional de la
radio puede ver añadido a su imagen pública, ciertamente no es
fruto, única y exclusivamente, de su actuación o de factores
meramente psicológicos que influenciarían a su público. Los
comunicadores y el publico se encuentran inmersos en contextos
sociales dinámicos, que dibujan circunstancias que conforman las
experiencias individuales y los procesos de significación
construidos por cada uno del mundo que le rodea.
De
esa forma tanto el comunicador radiofónico como cada miembro del
público, interactúa con los hechos y personas de su entorno
componiendo así las referencias que pautarán sus posturas y
comportamientos. De
esto se infiere que en razón de las distinciones encontradas en
los contextos y en los procesos individuales de interacción
social, se puede producir una mayor o menor aceptación de los
estilos de trabajos desarrollados por los diferentes presentadores
radiofónicos.
Por
eso, es cierto que el “tono” de actuación adoptado por los
comunicadores en la conducción de sus programas puede influir favorablemente o no, en el surgimiento de
sentimientos de empatía, respecto, admiración o aprobación por
parte de la audiencia. Al fin y al cabo, los programas son
producidos y emitidos en ambientes sociales distinto, éstas
variaciones de “necesidades” que los públicos presentan y
desean “oír y ver” reflejados en la radio, pueden
diferenciarse en mucho de un sitio al otro.
Los
significados y el éxito de público que los programas radiofónicos
pueden obtener en cualquier sitio, también tiene una íntima
relación con el acercamiento de sus contenidos a los temas que
marcan la cotidianidad de parcelas significativas de las
poblaciones. Esta aproximación ha permitido en muchos contextos
que distintos segmentos sociales hayan encontrado en la
permeabilidad del medio y de muchos de sus comunicadores, una
buena dosis de apoyo e incluso, de mediación en el encaminamiento
de reivindicaciones
delante de distintos sectores de la sociedad, entre los cuales, se
destaca la propia administración pública, responsable de ofrecer
soluciones y explicaciones delante de hechos que así lo demanden.
Eso
demuestra que la radio posee una gran capacidad para promover
distintos niveles de interacción a partir de una relación básica
surgida entre comunicador y oyente. Sus programas activan
relaciones en el escenario social mediante la producción y
circulación de discursos impregnados de significados simbólicos
que de forma variada expresan ideas, pautas de comportamiento, críticas
o la defensa de acciones, personas o posturas por parte de sus
productores. De esa manera, el medio se presenta potencialmente
como un elemento dinámico de la realidad social, influenciándola
y siendo por ella también influenciado. Un proceso dialéctico
que se manifiesta en las programaciones de las emisoras.
En
ese contexto interactivo gana forma el trabajo desarrollado por el
comunicador. Este profesional, al abrir su programa a los temas
populares y a la participación del público, creó canales por
los cuales diferentes segmentos sociales – con mayor o
menor grado de marginalización – pueden manifestarse e incluso,
colocar públicamente sus posturas, insatisfacciones, necesidades
y aspiraciones delante de distintas instituciones de la sociedad
civil y hasta de instituciones político-gubernamentales que se
muestran apáticas o ineficaces en el ejercicio de sus funciones.
Tales
programas, con diferentes gradaciones, pueden tornarse mucho más
que simples espacios donde se tratan temas de interés público o
se abordan los problemas y situaciones conflictivas vividas por
distintos segmentos sociales. De hecho, se convierten en espacios
donde se establecen una férrea lucha para que las reclamaciones y
reivindicaciones de carácter popular sean legitimadas delante del
aparato estatal-gubernamental o de instituciones de naturaleza
privada.
Por
todo eso, partimos de una perspectiva de análisis que contempla y
sitúa a la radio y a los programas en un contexto social
construido a partir de la interacción de sus miembros. Una
interacción que ocurre en distintos niveles y de forma
diferenciada entre nosotros, pero que es, fundamentalmente, la
característica que marca la vida en sociedad, la convivencia en
grupo (Mead, 1982). La relación entre comunicador y oyente no está
fuera de ese universo interactivo que es la vida cotidiana.
Por
eso el presupuesto del trabajo es que la radio, como medio de
comunicación masivo y por la acción y articulación de los
comunicadores, promueve
la interacción entre distintos actores del escenario social. Esa
acción de influencias recíprocas se produce, fundamentalmente,
en los programas que se transforman en una especie de “arena”
en las cuales se establecen “confrontaciones” simbólicas
entre distintos personajes que ocupan los micrófonos de las
emisoras.
Considerando
que la relación entre el comunicador y el oyente alberga la
interacción “primordial” establecida en el ámbito radiofónico
y, teniendo en cuenta nuestro objetivo de revelar las imágenes y
los significados simbólicos que los comunicadores tienen delante
de su público, concebimos tal relación a raíz de los
planteamientos teóricos que fundamentan el Interaccionismo Simbólico[3].
Algunas
conclusiones.
El
análisis de las cartas es paradigmático en el sentido de
demostrar que la eficaz utilización de estilos de lenguaje, la
adopción de formas atractivas de abordar las cuestiones que hacen
parte del cotidiano del oyente, el empleo de la emoción, la
seducción y el ejercicio del
“carisma personal”,
son elementos favorecedores de la interacción de la
audiencia con el presentador radiofónico y estimulan la elaboración
de imágenes simbólicas de los profesionales a partir de su
actuación en el espacio público que “ocupan” y
“construyen” en su labor diaria delante del micrófono.
Las
manifestaciones recogidas en las cartas y correos analizados,
indican que una gran parte de los oyentes explicitan el deseo de
ser igual a los comunicadores. Este hecho señala que las imágenes
de esos profesionales se constituyen también a partir de un
complejo proceso de identificación que parece tener su origen en
la tentativa del sujeto - el oyente - conformar su propio yo análogamente
al otro yo - el comunicador - tomado como modelo (Freud,
1997:42-48). Significa que el oyente percibe y valora su propia
forma de ser (su Yo) a partir de una serie de rasgos de carácter
percibidas en el presentador (el yo del profesional) y que también
desea o cree poseer.
Es
decir, las características que posee un presentador de radio al
desempeñar su labor comunicativa son, en alguna medida,
apropiadas por los oyentes, potenciadas por procesos de
identificación psíquica en el cual actúan las experiencias,
expectativas y distintas emociones que, de alguna forma,
vuelven proyectadas sobre el mismo presentador determinando
que el oyente establezca una relación de aceptación - y, por
supuesto, de significación - de su forma de ser radiofónica (su
yo radiofónico), llegando a calificar también los atributos más
personales e íntimos de su propia naturaleza humana (Del Pino,
2000).
El
hábito de acompañar un determinado programa permite a los
miembros de las audiencias, asociar un conjunto de ideas y
posturas presentadas en los espacios radiofónicos, con los
elementos que caracterizan y dan forma a la personalidad de cada
presentador como persona. Aceptan y asumen que tales actuaciones
profesionales son expresiones que guardan necesariamente,
paridad con sus verdaderas formas de ser.
Se
dibuja así, un fenómeno
en el cual la percepción que los radioescuchas establecen del
comunicador está basada en un o dos rasgos considerados
centrales. A partir del momento en el cual la audiencia identifica
y fija estos pocos, pero fuertes atributos, se produce una especie
de “efecto halo” alrededor de la personalidad de esos
profesionales. O sea, se toman tales características percibidas y
admiradas en ellos como marcas que los definen y los sitúan -
siempre positivamente – delante de su público. De esta forma,
los oyentes “deducen” a partir de estas “calidades” y de
modo generalizado, los demás rasgos de carácter del presentador
(Cuesta, 2000).
Las
oyentes señalan que
el hecho de “convivir” cotidianamente con el profesional de la
radio les produce un clima tal de familiaridad que ven en los
comunicadores personas a las cuales conocen bien y no meramente, a
voces de personas que no conocen. Eso les permite incluso decir,
que son capaces de deducir las ideas, posturas, comportamientos y
actitudes que sus presentadores preferidos asumirían delante de
determinados contextos, hechos o personas.
Por
tanto, el acompañamiento continuo de los programas aproxima las
audiencias a los presentadores que se tornan para ellos,
“familiares” y con quienes, según los propios radioescuchas,
es muy placentero reencontrarse cada día. El público los adopta
convirtiéndolos en una referencia comunicativa permanente y, como
queda patente en muchos de los mensajes analizados, en esas
circunstancias de acercamiento simbólico se establece entre
oyente y comunicador, un clima de amistad fomentado por una serie
de características psicológicas atribuidas a los presentadores y
que los definirían, fundamentalmente, como amigos.
Con
el tiempo, las valoraciones tienden a cristalizarse en conjuntos
de opiniones sobre las cuales, se “edifican” relaciones de
identidad y admiración basadas solamente en las imágenes
dibujadas por cada oyente a partir de las lecturas que hacen de la
actuación del profesional. La empatía y la identificación que
sienten, favorecen que el oyente proyecte el “modo de ser”
profesional del comunicador en su personalidad personal.
Desencadenase con eso un efecto psicológico que no permite al
radioaficionado separarse, como sujeto de la relación
comunicativa en la cual está inmerso, del objeto – el
presentador – que percibe en esa relación. Así las
representaciones construidas y las vivencias experimentadas por
medio de la radio tienden a “convertirse” en realidad.
Tales
proyecciones e identificaciones permiten que las imágenes del
profesional, elaboradas a partir de su trabajo,
se puedan tornar, de cierto modo, autónoma con relación a
las características que conforman su personalidad y los valores
de naturaleza ética, moral, intelectual entre otros que
verdaderamente posean
o no. Con base en eso, la imagen que se establece del profesional
de radio y que tiende a ser comprendida
por el oyente como un posible “reflejo” de la verdadera
personalidad de estos profesionales, se forma en el imaginario de
los oyentes de acuerdo con una variada gama de expectativas y
referencias personales que poseen.
Definir
con exactitud los parámetros que determinan en nivel de
identificación oyente / comunicador y que midan la fuerza de esa
vinculación se presenta como un importante problema metodológico.
Muchos de los propios oyentes dicen que les gusta mucho un
presentador quien les transmite un determinado tipo de sentimiento
pero, al mismo tiempo, no saben expresar con claridad las razones
que les llevan a sentir tales emociones con respecto a un
determinado profesional.
Tal
definición parece imposible dada las dificultades de establecer
categorías y procesos que puedan verificar y cuantificar los
niveles de vinculación que se establecen entre las audiencias y
los presentadores de programas
radiofónicos. Sin embargo, los mensajes estudiados nos ofrecieron
pistas que indican algunas de las razones por las cuales los oyentes de
los programas analizados se sienten identificados con los
presentadores de los mismos.
La
primera de ellas se relaciona con el hecho de que las audiencias
de los programas construyen respecto de los mismos un punto de
vista común: son espacios de satisfacción donde ven atendidos
una algunas de sus necesidades. Estas pueden variar del simple
cariño y atención que muchos solitarios desean y reciben al ver
sus mensajes contestadas personalmente por el comunicador, hasta
el apoyo para presentar demandas o reclamaciones delante de
autoridades públicas sobre temas que afectan la calidad y las
condiciones de vida de los individuos o de grupos representativos
de la población.
Cuando
ven sus necesidades más intimas o esenciales atendidas, los
oyentes demuestran que se sienten “acogidos afectivamente”
experimentando sensaciones las cuales definiríamos como de
“bienestar emocional”. Un concepto abstracto de difícil
definición dada la inmensa variedad de “necesidades
espirituales” que presenta
cada persona y que pueden ser atendidas por un presentador
cualquier. Lo cierto es que la idea contenida en muchas de las
manifestaciones de oyentes, nos hace suponer
que la sensación de “sentirse arropado”
por un presentador y, al mismo tiempo, percibir que él
también ampara a otros en sus necesidades, deseos o demandas, es
el elemento fundamental o al menos, uno de los que “estimula”
al radioescucha a se “vincular” a
un determinado programa y comunicador.
Ese
hecho parece ser un dos pilares para que se establezca otro de dos
elementos que también se muestra de esencial importancia para la
calidad de la relación entre oyente y comunicador: la empatía.
El “acercamiento” del oyente a un presentador y su programa
tiene mucho que ver con el hecho de este mostrarse abierto y
receptivo a él y a sus necesidades. Los mensajes analizados permítenos
deducir que la eficacia comunicativa de muchos comunicadores es
directamente proporcional a la capacidad de establecer una
“sintonía fina” con su audiencia. La empatía puede ser
definida, en términos generales, como la capacidad que uno tiene
de percibir los sentimientos y emociones de los demás como se
fueran las suyas (Clark, 1989). De ahí se deduce que la relación
comunicador y oyente es ante todo, una relación empática.
La
forma como se manifiestan los oyentes, las expectativas
depositadas en los programas y en sus profesionales, las
solicitudes presentadas, los sentimientos expresados por los
profesionales y las representaciones de personajes de la vida pública
y privada que el oyente construye, nos describe el tipo de
transformación en la cual la radio está inmersa repercutiendo así
en su propio discurso cuya extensión va mucho más allá de las
capacidades técnicas disponibles.
Esas
alcanzan los cambios que se han producidos en el interior de la
propia sociedad en la cual se inserta. Por ejemplo el desgaste de
las instituciones de representación política llevaron a los
medios, y de forma muy particular a la radio, a asumir en
distintos contextos sociales nuevos papeles de mediación y, en
muchos casos, de representación de aspiraciones y demandas que
eran anteriormente encaminadas y defendidas por otros actores de
la escena social y política. Esto representa el establecimiento
de nuevas condiciones de funcionamiento del propio “espacio público”,
que tiene su campo de acción reducido y pasa a tener en los
medios masivos una fuerte “competencia”.
La
extensiva presencia de los medios electrónicos en el interior de
nuestras casas dibujó un escenario innovador que permitió a la
gente participar de lo público desde sus propias casas. Con eso,
el funcionamiento de ese “nuevo espacio público”,
significativamente dislocado para lo “mediático”, generó un
nuevo contexto en el cual se alteraron significativamente los
procesos de formación de opinión pública, de participación
ciudadana y política, de formas de pertenencia y de estrategia de
inserción en la esfera de lo que se pasó a constituir como lo público.
La popularidad de los comunicadores de los magazines con un fuerte
acento en los temas sociales es, de muchas maneras, reflejo de
esos cambios que alcanzaron la radio y su entorno.
Las
manifestaciones de los oyentes recogidas en nuestro análisis,
demuestran que ya no es necesario ir a un determinado “lugar”
o participar de grupos, entidades o partidos para manifestar públicamente
el descontento o el apoyo a una determinada acción o política.
Dada la naturaleza de muchos de los pedidos encaminados a los
presentadores solicitando la intermediación para obtener
amistades o parejas, observase también que tampoco es necesario
salir de su propia casa para establecer relaciones afectivas o
solicitar apoyo emocional.
Nuestra
residencia se transformó en el lugar desde donde establecemos
distintos tipos de vínculos con el mundo. A través de cartas,
teléfonos y más recientemente, correos electrónicos,
podemos llamar a la radio y presentar una denuncia, una
solicitud, expresar nuestra opinión sobre determinado tema o
participar de alguna cadena solidaria en beneficio de una dada
causa promovida por el medio. Pero todas esas posibilidades de
manifestación que la audiencia viene “ganando” no significan
que en la relación comunicativa establecida a través de la
radio, el receptor haya adquirido un espacio de constitución del
discurso radiofónico que le acerque al poder detentado por el
emisor.
Todavía
esa relación esta muy alejada del equilibrio. Pero debemos
considerar que los mensajes analizados señalan que el receptor
actual, tiene delante de sí un contexto de participación más
favorable transformándolo en un personaje potencialmente más
activo y con capacidad para participar de algún modo, en el
discurso que la radio elabora del ambiente social en el cual está
inserido. De esa forma, comparten espacio y protagonismo con
“antiguos personajes" de la escena radiofónica: los
expertos. Estos, en muchos casos, eran referencias únicas para la
elaboración de los distintos discursos sobre los hechos del
acontecer social.
Ahora,
los propios oyentes expresan en sus mensajes la sensación que
poseen de sentirse “llamados” a participar, a dar sus
versiones, opiniones y críticas de los hechos acaecidos en el
mundo. Los contenidos de los mensajes indican que esa participación
expresa, en verdad, una evolución del propio discurso radiofónico
que deja el monólogo del pasado y se encamina para un contexto
donde el diálogo termina transformándose no sólo en una forma
de expresión del medio pero también, sirve como “alimento”
para los programas y los profesionales que los conducen.
Con
eso, observamos que la idea alrededor de la radio del pasado
anclada en una estructura vertical, cuyo acceso a sus escalones
– mediante la expresión - sólo los tenían las estrellas artísticas
de entonces y los “amigos del poder” establecido, viene
presentando transformaciones que acercan al medio a una postura
“más horizontal” donde se permite que a través de sus micrófonos,
otros actores de la
escena social también se hagan oír.
El
discurso que la radio construye en la actualidad guarda rasgos
dialógicos, de opinión y de fuerte interacción. Por detrás de
eso, se encuentra el incremento de la participación del público
que también parece estar cambiando en aquello que constituía su
finalidad. Antiguamente la audiencia buscaba a la radio para
manifestar admiración por un artista o animador dado, hacer
consultas sentimentales o participar de concursos entre otros.
Tales participaciones tenían una función eminentemente de
diversión y entretenimiento.
En
la actualidad, a esas funciones o objetivos, se añade uno
distinto que coloca el oyente en el papel de quien también ofrece
–y desea realmente ofrecer- una interpretación de las cosas que
pasan en el cotidiano de la gente. Con eso se estableció una idea
de radio participativa y abierta que es apropiada por distintas
emisoras como una marca delante del público. Tal concepto llega a
caracterizar en muchos países, un estilo o una banda de transmisión
como es la Amplitud Modulada.
Ese
conjunto de complejas transformaciones que está viviendo la
radio, también es consecuencia de un sin números de metamorfosis
políticas y culturales, por las cuales transita la sociedad y que
viene cambiando profundamente las instituciones, las formas de
organización y representación de la sociedad y el proceso político
entre tantas otras. En medio de esa “dinámica mutante”
encontramos la acción de los medios masivos que actuando en
sociedades cada vez más complejas, adquieren la capacidad de
abarcar para sí una serie de papeles que pasa a desempeñar en el
escenario público.
Una
de esas capacidades que se torna fuertemente evidente en las
manifestaciones de los oyentes es el establecimiento de
mediaciones. La radio y los comunicadores se tornan
respectivamente, espacio y promotores de mediaciones de distintas
naturalezas que transforma los programas en momentos en los cuales
se cruzan discursos y se confrontan argumentos que a lo largo del
tiempo conforman posturas, comportamientos, ideas o conceptos.
Estos generan significaciones y resignificaciones de cosas,
personajes, acciones y procesos que componen la vida social y
definen la actuación de los sujetos que las dinamizan.
El
análisis de los mensajes, indica claramente que la radio y muchos
de sus comunicadores terminaron incorporando en su actuación un
papel que es recurrente
de otro fenómeno social más amplio que envuelve la lucha por la
conquista de los derechos básicos que son inherentes a cualquier
ciudadano. Una lucha que se trasladó de los escenarios formales
de representación política a la arena de los medios de
comunicación y de su enorme poder de construir y tornar público
distintos imaginarios.
Imaginarios
que expresan la fragmentación del concepto de ciudadanía que
pasa a cubrir un amplio espectro de sentidos el cual abarca la
heterogeneidad de necesidades, luchas e identidades existentes en
un espacio social cada vez más complejo. En ese escenario, los
medios de comunicación y, particularmente la radio, se presentan
y también son llamados a mediar el ejercicio y las formas de
representación de la ciudadanía.
Para
eso, como demuestran los propios mensajes, se tornan canales por
donde circulan una amplia gama de asuntos que abarcan el ámbito
de lo público y temas de naturaleza estrictamente privada. Son
espacios donde se pueden discutir y debatir cuestiones tan
variadas como reivindicaciones raciales, comportamientos sexuales
o la eficacia de determinados órganos de la administración pública
en la tarea de prestar servicios a población.
De
ese modo, los mensajes demuestran que el universo popular es
retratado por los propios oyentes
como el espacio de la pobreza, de la exclusión y de la
falta de ciudadanía. Es el “mundo” de aquellos que no ven
contemplados sus intereses y necesidades en los juegos políticos
que conforman y dibujan la forma como se establece la hegemonía
de poder en el seno de las sociedades.
En
esa misma dirección observase, de forma muy clara, que las
audiencias de los programas demuestran tener una visión muy
negativa del ambiente político y de sus actores. Para los
oyentes, el descrédito que alcanzaron las instituciones del
“espacio político” y aquellos que en ellas actúan, ultrapasa
la frontera de los distintos ámbitos de representación popular y
alcanza, de forma más amplia, las instituciones gubernamentales
de las distintas esferas estatales.
En
su gran mayoría, son consideradas como estructuras donde
predomina la corrupción y, principalmente, la ineficacia en la
prestación de los servicios que necesita la población. Con eso
generan una gama de sentimientos en el ciudadano que sintiéndose
frustrado por no conseguir obtener lo que necesita y tiene
derecho, reemplaza la política como espacio de lucha e, incluso
de “esperanza” y redirige su “mirada” y “clamor” a
otras instancias de la vida social, entre ellas los propios medios
de comunicación.
Por
tanto, los oyentes expresan que el comunicador no solamente les
ofrece el respaldo que buscan a sus demandas, posturas y
pensamientos. Incentiva
que se manifiesten para exponer lo que piensan, sienten o
defienden delante de los temas planteados por el medio. El
significado que ese apoyo puede adquirir para cada oyente puede
llevarlos, a partir de la aceptación y incorporación por parte
del propio presentador radiofónico, a asignarle mucho más que imágenes
meramente simbólicas.
Sobrepasan el espacio de la relación abstracta, basada en
las producciones mentales que hacen del comunicador, y llegan a
“atribuir” una serie
de papeles y funciones que el comunicador empieza a desempeñar
mediante los micrófonos de la radio. En ciertos contextos
sociales y de distintas formas, estas acciones pueden llevar al
profesional de la radio a construir una imagen casi “heroica”
donde predomina una idea que le acerca a un “defensor del
pueblo”. En entornos sociales donde tal situación se agudiza,
algunos de los profesionales pueden asumir su “heroicidad” y
utilizar el “poder denunciador” de la radio, su naturaleza pública,
como instrumentos que sostienen acciones asistenciales o
justicieras, supuestamente, en beneficio de aquellos que necesiten
de algún tipo de ayuda o de
protección para hacer valer sus derechos.
Ese
tipo de actuación profesional llega, en muchos casos, y en
niveles distintos, a
dar un sentido “mesiánico” a las acciones que los
presentadores puedan emprender en favor de otras personas visando
ofrecerles algún nivel de bien estar. De hecho, lo que esos
profesionales terminan realizando a través de “sus” micrófonos,
es utilizar el carisma que poseen y el poder que deriva de ello,
para hablar o hacer aquello que otros no tienen condiciones de
hablar o hacer. Condiciones que son negadas por realidades que
presentan distintos tipos de injusticias, generadas por
desigualdades que ponen a muchos oyentes en una posición que os
caracteriza como “desprotegidos” o sea, aquellos que no tienen
voz ni fuerzas con las cuales pueden luchar por aquellos derechos
que les parecen justos y a los cuales deberían tener acceso.
En
ese amplio espectro de sentidos y de características que puede
adquirir la actuación del comunicador como un “vocero” de los
oyentes que se proponen discutir y luchar por derechos, él acaba
organizando y dirigiendo un determinado nivel de deseos y
expectativas que se expresan por medio de las solicitudes que
recibe. Así, al organizar alrededor de sí las reclamaciones e
insatisfacciones populares y al presentarlas a diversas instancias
de la sociedad, él desempeñaría un papel cercano al que Ortega define como
de un “intelectual mediático” “que no es solamente un líder
de opinión, sino que también es un líder carismático”
(Ortega y Gasett, 2000:40-48).
Es
menester considerar que la relación establecida por el oyente con
un presentador cuando lo convierte en portavoz o proyecta en su
acción un poder de solución para distintos problemas, también
tiene en su esencia, elementos derivados de otro fenómeno social:
la personalización. Desde la antigüedad hasta los días actuales
la historia de las sociedades está repleta de ejemplos de cómo
los gobernantes y aquellos que ejercen el poder, buscan incentivar
el culto a la imagen personal.
Sea
por medio de antiguas estatuas y monumentos erigidos en homenaje a
monarcas y reyes, por la utilización de imágenes de grandes líderes
en acuñaciones de monedas, o la promoción de los majestuosos
desfiles para la conmemoración de batallas victoriosas, la vida
social y, particularmente el ámbito político, registraron
distintos “métodos y técnicas” para promover e identificar
determinados aspectos de la personalidad y de la actuación de
aquellos que “encarnaban” el poder en el Antiguo Régimen.
Posteriormente
las transformaciones traídas por el Nuevo Régimen
no consiguieron alejar de los gobiernos de entonces, la
tentación de utilizar los “beneficios” populares promovidos
por la personalización. En ese sentido, ésta
siempre ha estado muy vinculada a las prácticas del
sistema político y la manutención y concentración del poder.
Sin embargo, con el desarrollo de los medios de comunicación se
presenta un nuevo contexto para el establecimiento de
identificaciones basadas, sobre todo, en las características de
personalidad de diferentes “personajes” presentados en el gran
mercado de lo “público”. Con el surgimiento de los medios
electrónicos y la “centralidad” que adquirieron en nuestro
cotidiano, las distintas prácticas sociales - incluida la política
- incorporan nuevos instrumentos que perfeccionaron e
incrementaron la personalización como protagonista de la sociedad
contemporánea.
Ese
protagonismo provoca que distintos campos de la vida social se guíen
o al menos, sean referencia en las acciones, pensamientos o ideas
plantadas - fundamentalmente en los medios de comunicación - por
algunos pocos individuos que alcanzan, por razones diversas, el
“estrellato” en los variados sectores de la escena pública.
La consecuencia de esto es que para los ciudadanos en general, los
distintos hechos que componen nuestras vidas pasan a ser
considerados y se reducen, en muchos casos, a lo que dicen o hacen
esos personajes que consiguen atrapar la atención popular y
ocupar un espacio en los medios de comunicación.
Las
manifestaciones de los oyentes recolectadas en los mensajes
analizados nos llevan a pensar que detrás de la personalización
mediada por los medias, hay una serie de complejos procesos de
identificación establecidos entre el público y aquellas personas
presentadas como exitosas en los diferentes ámbitos de la vida
social. Sea en la política, en los programas de televisión o de
radio, en las telenovelas o en los periódicos, el individuo ve
reflejado en los medios una serie de ambientes donde las
propuestas políticas, la belleza, la compañía y amistad, el
glamour de los famosos entre otros tantos “argumentos” que se
le presentan por el menú mediático, se confrontan con el
conjunto de sus experiencias.
En
ese enfrentamiento con el mundo construido por los medios, el
individuo termina admirando y deseando muchas de las cosas que
cree no poseer y que los medios le enseña a diario: la belleza de
los actores de televisión, la amistad de los comunicadores radiofónicos
o la sofisticación de las personalidades sociales. Además, los
mensajes estudiados demuestran que a partir de pautas elaboradas
por la comunicación mediática, identifica o no en los políticos
las habilidades que considera necesarias para llevar a buen término
un mandato de representación popular.
De la misma forma, verificamos en las cartas que a muchos
oyentes les agradaría que los comunicadores a quienes admiran,
“migrasen” de los micrófonos para las tribunas de las casas
de representación popular por identificar en ellos las calidades
las cuales consideran fundamentales para el ejercicio de la vida pública.
En
ese contexto, las actuaciones de los comunicadores hacen que se
personalicen en ellos propios una gama de discursos sobre
distintos temas o situaciones que pasan a constituirse como una
serie de referencias simbólicas. Estas confirman y renuevan las
perspectivas éticas, morales, políticas o emocionales que cada
miembro del público posee y cree más adecuado para enfrentar las
circunstancias de la vida cotidiana. Los oyentes demuestran que
este reconocimiento e identificación, en cierta medida ideológica,
que experimentan con relación a las personas de los
presentadores, se fundamentan en las ideas, valoraciones y
acciones emprendidas, criticadas o defendidas por el profesional.
Delante
de todo lo que expusimos hasta aquí, inferimos que la radio, por
medio de muchos de sus programas, se transformó en potenciales
espacios donde distintas dimensiones de la ciudadanía son creadas
y recreadas a través de la constitución de nuevos sentidos.
Significados que también se constituyen por la acción del medio
pero que tienen sus raíces en otros tantos procesos
desarrollados, de forma simultánea y paralela, en distintos
campos de la vida social.
La
popularidad que la radio y sus comunicadores alcanzan y los
sentidos que pueden emerger de sus actuaciones, están imbricados
en el contexto de otros tantos fenómenos de nuestra
contemporaneidad como son la transformación del espacio público,
la perdida de centralidad en ese espacio de la política, de sus
prácticas y de sus actores, la transformación de las condiciones
del debate público y los cambios que están ocurriendo en la
esfera de lo público y de lo privado.
Muchas
de las manifestaciones de los oyentes al procurar los
comunicadores en el cual creen, señalan, en cierta medida, la
individualización de acciones reivindicatorias en detrimento de
otras formas asociativas de reivindicación como los partidos políticos
y asociaciones de representación de la sociedad civil. Apuntan
también para una concentración de los individuos en movimientos
reivindicatorios puntuales por mejorías en la gestión de
servicios públicos y no en aquellos de mayor amplitud donde se
puede cuestionar las condiciones en las cuales se da la
participación popular y se llevan a cabo las practicas políticas
(Winocur, 2000).
Con
eso, la radio termina transformándose en un espacio donde se
busca individual o colectivamente alcanzar una participación, por
supuesto negociada, que garantice visibilidad a distintas
posiciones y demandas de naturaleza popular y así, obtener la
legitimidad y el respaldo que no obtienen por medio de la
participación en diferentes instituciones de la política formal.
La
actualidad demuestra que el “espacio público” se transformó
de forma muy acentuada con la acción de los medios. El
surgimiento y masificación de los medios electrónicos llevó al
“delineamiento” de un espacio comunicativo que pasó a tener
una profunda importancia en el establecimiento de prácticas y
experiencia que alcanzan distintos contexto de nuestras vidas. Los
tipos de contenidos recogidos en los mensajes analizados, dan
prueba del papel mediador - novedoso en muchos casos - que los
medios, y en nuestro caso la radio, ejercen al expresaren una
amplia gama de imaginarios sobre distintos temas, personajes o
hechos.
La
radio se transforma en la propia expresión de esa nueva esfera
publica diseñada a partir de los nuevos contextos perfilados por
la globalización y la consecuente desterritorialización de las
manifestaciones culturales y de las informaciones. No se trata de
una esfera única o uniforme, completamente separada de la
estructura estatal o de aquello que consideramos particular. Al
revés, es fragmentada visto que por medio de ella se superponen
una serie de discursos que expresan múltiples concepciones del
mundo anteponiendo de modo continuo, las distintas perspectivas
sobre el público y el privado que tienen los oyentes, las
instituciones, las autoridades y los propios comunicadores. Esa
“circularidad” alimenta la resignificación que sufren los
contenidos de los discursos en razón de los cambios que cobra la
realidad y dificulta una definición razonablemente exacta de los
rasgos los cuales caracterizan ambas esferas y definiendo los límites
de cada una. Bajo determinadas perspectivas aquello que se
considera público puede transmutarse en algo privado y así al
revés.
La
heterogeneidad de temas tabulados y la variedad de reacciones que
esos asuntos fomentan en sus autores, nos dan indicios de la
importancia que los canales de comunicación mediática
adquirieron en el establecimiento de significados
- y en su continua reconversión – de las cosas,
personas, prácticas, comportamientos y hechos que pueblan nuestra
realidad cotidiana.
En
esas nuevas condiciones, el sentido del público no se percibe
solamente como un espacio donde se establece el debate y la
confrontación de ideas pero también como un sitio donde se logra
tener visibilidad y se intenta alcanzar el reconocimiento y la
ilegitimidad para distintas demandas populares.
En ese espacio lo que se negocia son las condiciones de
participación y las cuotas de visibilidad, y ese contexto abre
unas importantes posibilidades para que la esfera pública se
expanda y genere un efecto democratizador independiente del nivel
de eficacia en la solución de las demandas, de la intencionalidad
de los actores o de cualquier filtro que sufra el proceso de
expresión del oyente (Winocur, 2000).
Cuando
por medio de los programas radiofónicos sus comunicadores ponen
en circulación una serie de temas de naturaleza pública o
privada, están cambiando el ámbito de referencia de muchos de
esos asuntos. Cuando están llevando y trayendo la información de
la escena pública al hogar y del hogar al dial terminan
reubicando aquellas cosas que pertenecen a esferas más lejanas a
la vida ordinaria del oyente - el global - y proyectando lo que es
más cercano - lo local - para mas allá de los espacios donde ese
transita y construye su vida.
En
este sentido el proceso de comunicación masiva en una sociedad
donde la información es globalizada,
reconstruye los conceptos de “local” y “global”. El
abordaje de hechos cercanos a la vida del oyente, elemento
fundamental en la oferta radiofónica, ya no respeta
necesariamente, la idea de proximidad física. Lo cercano ya no es
un concepto basado en la territorialidad. Ultrapasó esa esfera y
alcanza la experiencia humana y sus sentidos.
Ese
valor antropológico está directamente relacionado con el hecho
de que lo próximo, en realidad, es todo aquello que de alguna
manera, sentimos ligado a nosotros, a nuestra experiencia humana.
Por tanto, esa idea abarca tanto las relaciones o acontecimientos
inmediatamente cercanos a nosotros como un problema en la calle
donde vivimos o las situaciones acaecidas al otro lado del planeta
pero que partiendo de una identificación
generada, fomenta nuestra reacción y merecen atención.
Esa
capacidad que la radio - y los medios - poseen de transmutar
continua y circularmente la naturaleza de las cosas consideradas públicas
o privadas, locales o globales es una de las claves que nos
permite comprender mejor ese nuevo espacio público con soporte
mediático. Significa que los medios no cambian el sentido que se
atribuye a cada uno de los ámbitos en cuestión.
De
hecho, lo que consiguieron fue someterlos a un constante
movimiento donde los distintos temas sufren una continua circulación
y resignificación de aquellos sentidos tradicionales que les
caracterizan. Por tanto es muy común en los mensajes de los
oyentes observar que una determinada situación tiene un carácter
dual, pudiendo ser al mismo tiempo pública y privada y otras que
son privadas pasan a tener interés colectivo o al revés.
De
esa forma, podríamos considerar dentro de la perspectiva de ese
trabajo, que el acercamiento que los oyentes o grupos
intentan establecer con
el comunicador por medio de las cartas, correos electrónicos o
mismo, de la participación directa por teléfono no es
simplemente un acto que tiene por motivación poner a publico, en
muchas ocasiones, cosas de sus vidas privadas. De hecho, lo que
esas personas terminan haciendo es reconstruir imaginariamente la
idea de intimidad a través de una acción - exposición de
aspectos de sus vidas particulares - que privatiza, en alguna
medida, el espacio público generado por los programas.
Por
tanto, esa participación de la audiencia en los programas radiofónicos
exponiendo y compartiendo su propia intimidad, construyendo nuevos
códigos simbólicos y afectivos o sintiéndose parte de una serie
de colectividades imaginarias - la familia del programa tal, el
club de oyentes tal -, nos indica la capacidad que los medios
tienen de redefinir lo que es público y privado y de generar
nuevas formas de sociabilidad. Relaciones imaginarias que se
establecen sin conocimientos personales y basados en la
identificación y en el sentido de pertenencia que la radio
genera.
La
divulgación de los contenidos de cartas, las llamadas de teléfonos
o la presencia directa de oyentes en los programas, hace que
muchas de las cuestiones personales presentadas, ganen una dimensión
pública y se tornen de interés colectivo. Un interés surgido de
la suposición de que la audiencia, de alguna manera, se
constituye en una comunidad imaginaria. Comunidad no más basada
en los elementos que tradicionalmente podría considerarse como
característico en la conformación de lazos comunitarios o sea,
la existencia de un espacio físico común donde las personas
comparten hechos y experiencias de sus vidas cotidianas en un
determinado periodo del tiempo.
Los
oyentes demuestran que la radio proporciona una experiencia de
interacción promovida debido a las relaciones imaginarias que
establecen vínculos de pertenencia con otros oyentes quienes
supuestamente están viviendo circunstancias similares sin que,
necesariamente, haya cualquier conocimiento o acercamiento
personal. Son “relaciones” en las cuales no hace falta tener
alguna historia previa que de sentido a ese vinculo ni
expectativas que la proyecten en el futuro.
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[3]
Tal
perspectiva esta basada en la consecución de tres objetivos
esenciales: a) describir e interpretar los diversos sentidos
elaborados por los hombres en el proceso de su relación
mutua; b) estudiar cómo los individuos y los grupos forman
los sentidos y el significados social y cómo lo negocian
socialmente y para eso debe orientarse hacia el análisis de
los procesos dinámicos que generan el sentido de lo social;
c) analizar cómo los individuos tienen expectativas respecto
del comportamiento de los otros individuos y cómo desarrollan
sus actividades respecto de estas expectativas (Mead, 1982
y Saperas, 1998).
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